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HOMILÍA EN EL TE DEUM DEL 25 DE MAYO DE 2006
EN LA CATEDRAL DE ROSARIO

A CARGO DE MONSEÑOR JOSÉ LUIS MOLLAGHAN,
ARZOBISPO DE ROSARIO
 

Desde nuestra fe en Dios, fuente de toda razón y justicia anhelamos justicia y  solidaridad 


  
 
                        

Acción de gracias a Dios

En este primer Te Deum, que celebro  en la Ciudad y Arquidiócesis de Rosario, elevo junto a ustedes la acción de gracias a Dios, reconociendo con fervor  la mano de Dios en nuestras vidas y en la historia de nuestra  Nación Argentina, cuya gesta de mayo cumple sus 196 aniversario, en camino hacia su bicentenario. A la celebración de la Patria, se suma en esta ocasión mi acción de gracias personal, por encontrarme en esta Ciudad, que Dios dotó no sólo con riquezas naturales, como su ríos y sus tierras; sino con hombres y mujeres bendecidos por El, con ideales de convivencia,  cuya acción se hace visible en variadas obras materiales y culturales.

 

Las palabras del salmo 137, que acabamos de proclamar, nos invitan a agradecer a Dios por su amor, pidiéndole que no abandone la obra de sus manos. Nuestro agradecimiento se eleva sobre todo por el bienestar y la paz, que al mismo tiempo nos hacen tener presente y pedir por aquellos más necesitados que todavía no comparten plenamente estos dones.

 

Agradecemos a Dios por la Patria en que nacimos o vivimos, por la fe en la que está enraizada desde sus orígenes, por el respeto a otras confesiones religiosas, por su vasta cultura y por el crisol de razas, que nos dieron singularidad en estos doscientos años de vida.

 

Nuestros próceres al luchar y trabajar por  la grandeza de la Nación buscaban también consolidar la paz y el bienestar de sus habitantes. Queremos, como ellos construir la Patria en paz. A la consecución de la paz va unida la búsqueda de la justicia,  afianzada por la certeza de la dimensión espiritual del hombre, que le permite reconocerse como hijo de Dios.

 

La justicia

El bienestar verdadero y la paz, como nos enseña el Concilio Vaticano II, no es una mera ausencia de guerra, ni se reduce al solo equilibrio de las fuerzas adversarias, ni surge de una hegemonía despótica, sino que, con toda exactitud a la paz se la llama obra de la justicia (cfr.Gaudium et Spes, nº 28).   

 

Sabemos que la construcción de una sociedad justa en la cual se da a cada uno lo que le corresponde, es una tarea  fundamental, que debe afrontar de nuevo cada generación; pero a la vez alcanzar el orden justo en la sociedad debe ser la tarea principal que le corresponde a quienes  nos gobiernan, a sus legisladores, y a quienes se les confía esta noble aspiración.

 

En la historia de nuestra Patria  hemos compartido como Iglesia el deseo de “una vida justa ” (CEA,  Iglesia y comunidad nacional,

nº 201). Y si bien Ella no es quien debe emprender por cuenta propia la empresa política de realizar la sociedad más justa posible…tampoco debe quedarse al margen en la lucha por la justicia” (Benedicto XVI,  Dios es amor, nº 28).

 

Nuestra misma Constitución invoca a Dios fuente de toda razón y justicia, a quien hace referencia todo lo razonable y lo justo. Esta referencia a Dios también reafirma nuestras raíces más hondas y da sentido a nuestro ser de Nación.

 

Al mismo tiempo la justicia está en estrecha relación con las leyes. Ellas son verdaderamente leyes cuando promueven y tienen como fin  el Bien Común,  en cuya creación y promulgación se debe poner en evidencia su contenido ético, así como la óptica y grandeza de sus legisladores, su libertad y la confiabilidad de los representantes del pueblo.

 

Desde la óptica de nuestra fe  cristiana deseo pedir a Dios que trabajemos por la justicia esforzándonos por abrir la inteligencia y la voluntad a las exigencias del bien, y reavivar las fuerzas morales, sin las cuales no se  instauran estructuras justas, ni éstas pueden ser operativas a  largo plazo. Que podamos  ahondar los argumentos racionales y despertar las fuerzas espirituales, para que la justicia – que siempre exige también renuncias -,  pueda afirmarse y prosperar.

 

La aplicación de la justicia debe llevarnos a comprender, desde la educación más temprana, que somos personas, que debemos vivir con dignidad y rectitud, con derechos, pero también con deberes, y tener la convicción de que no son los más débiles ni los más pobres quienes deben soportar en la sociedad las cargas más pesadas. Pienso en este momento  en muchos jóvenes que necesitan  ideales, capacitación y contención; pienso también en los que están desocupados y necesitando nuevas fuentes de trabajo.

 

En la precariedad del mundo actual  es más que nunca necesario unir nuestros esfuerzos para construir un mundo más humano y más justo. Es necesario educar para la justicia, particularmente la justicia social. La Doctrina social de la Iglesia también nos ayuda para ello, y nos ofrece   una visión del hombre y de la sociedad, que  nos permite contar con  motivaciones trascendentes que refuerzan la convivencia y la vida en paz.

 

 

Solidaridad

Al mismo tiempo, queridos hermanos, necesitamos superar aún la misma justicia mediante la solidaridad y el amor (ibidem , nº 202). El amor siempre será necesario, incluso en la sociedad más justa para alcanzar el bien de todos y la convivencia en paz.

 

“Quien intenta desentenderse del amor se dispone a desentenderse del hombre en cuanto hombre. Siempre habrá sufrimiento que necesite consuelo y ayuda. Siempre habrá soledad. Siempre se darán también situaciones de necesidad material en las que es indispensable una ayuda que muestre un amor concreto al prójimo” (Benedicto XVI, DCE, nº 28). No hay orden estatal, por justo que sea, que pueda desentenderse del amor.

 

En nuestra vida y a través de la permanente intercomunicación, estamos expuestos a  situaciones y dificultades nuevas. Vemos cada día lo mucho que se sufre alrededor nuestro, a causa de tantas necesidades de pobreza material o espiritual. Por eso, para alcanzar un mundo mejor solo se contribuye  haciendo el bien ahora y en primera persona, con pasión y donde sea posible…

 

Como nos muestra el buen samaritano del Evangelio, él fue tocado por la compasión, y se conmueve al ver en el camino al hombre asaltado y herido. Por eso, el programa del cristiano, el programa del buen samaritano , el programa de Jesús – es un corazón que ve. Este corazón ve donde se necesita amor y actúa en consecuencia (cfr. Ibidem).

   

Necesitamos una nueva disponibilidad para socorrer al prójimo y hacernos prójimo.

Debemos estar al servicio del hombre, del hombre necesitado y enfermo, del hombre que pasa hambre, del hombre que aún no tiene su techo, del hombre sin educación, del hombre que se siente humillado y excluido por cualquier debilidad. En esta dirección, tenemos mucho por hacer en la Patria que amamos.

 

Que en ella se arraigue el derecho y la justicia, y se promulguen leyes justas; se promueva la confianza; se recuerde la necesidad del respeto mutuo; se superen los prejuicios y antagonismos;  se consoliden nuevas fuentes de trabajo y una auténtica solidaridad en favor de los más débiles. Y todos los argentinos elevemos nuestra oración a  Dios, Señor de la historia a quien siempre necesitamos.

 

Miremos a la Santísima Virgen del Rosario; A Ella se le confiaron muchos destinos de nuestra Patria, a Ella también le confiamos nuestros deseos de paz, de justicia, de leyes justas, y de solidaridad.

 

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