Oficina de Prensa

prensa@cea.org.ar

Todas las Noticias

HOME PRENSA

HOME CEA

La voz de los pastores

Documentos

Agenda CEA

Otras oficinas de Prensa

Vínculos

Contacto

 

HOMILÍA DE CORPUS CHRISTI

  

                                   Hoy nuestra mirada se concentra en la Eucaristía, donde Cristo renueva su entrega de de amor y se ofrece  totalmente a nosotros: su cuerpo y sangre, su alma y divinidad. Por esto hoy lo proclamamos como el más santo, el Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo que se ofrece y nos ama.

                                  Tomen, esto es mi Cuerpo. Esta es mi sangre, la sangre de la Alianza, que se derrama por muchos. Con estas palabras del Evangelio de San Marcos, que recién escuchamos, recordamos el momento en que Jesús mismo nos dejó el don de la Eucaristía. La verdadera comida que nos alimenta y nos libera del mal.

                                  Como en cada Misa, también recordamos y revivimos el primer sentimiento expresado por Jesús en el momento de partir el pan; el de dar gracias al Padre. De allí, que la acción de gracias, está en el centro mismo de cada celebración.

                                  Y cuando recibimos el Cuerpo de Jesús,  decimos también Amen, de lo profundo del corazón, afirmando con nuestra fe y con nuestra palabra, que efectivamente recibimos al Señor vivo, en medio nuestro.

 

Eucaristía y unidad                         

                                     Jesús es el Cordero de Dios; su sangre , como leímos en la segunda lectura, se derrama por cada uno de nosotros, para  unirnos como hijos a Dios, y fraternalmente entre nosotros.

                                     El Cuerpo y la Sangre de Jesús, que hoy adoramos nos unen en el único Pueblo de Dios. Por medio de la Eucaristía somos uno, y se hace realidad la comunión de un solo pan, de un solo cuerpo, de un solo amor.  “Todos nosotros formamos un solo cuerpo, porque participamos de ese único pan”.

                                        Por esto el Señor está en medio nuestro, y cada domingo principalmente celebramos y renovamos su presencia; ya que el domingo reanima nuestra vida y nuestra esperanza; y nos alienta en el camino.

 

La Eucaristía, la fe  y el Domingo, día del Señor

                                        Cada domingo, para nosotros cristianos, es el día del Señor, y está iluminado por el sol que es Cristo, y por su presencia salvadora.

                                         El domingo es el día de la fe, en el que Jesús nos dice de nuevo, como a Tomás, “ …mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo , sino creyente” (Juan 20,27). Cada domingo, escuchando su Palabra y recibiendo su Cuerpo, renovamos nuestra fe en El,  presente como esta tarde, a quien podemos decirle con todos los cristianos “Señor mío y Dios mío” (Juan 20,28). 

                                       Como los primeros mártires, deberíamos poder decir con convicción “sin el domingo no podemos vivir”; ya que cada domingo  renovamos y proclamamos su entrega de amor. Por eso, no basta con nuestra oración privada; es necesario  que vivamos y anunciemos públicamente que Jesús venció a la muerte y nos hizo partícipes de su vida inmortal, para expresar así la identidad de nuestra fe y de nuestra Iglesia creyente.

                                      Jesús está presente en la Iglesia de muchas maneras. Pero en la Eucaristía está presente de una manera viva, real  y verdadera; está con nosotros, entero e íntegro, verdadero Dios y verdadero hombre (cfr. Pablo VI, Mysterium fidei, AAS 57 (1965), 764).

                                       De ahí que la celebración de la Eucaristía cada domingo, y cada día que la celebramos,  debe ser gozosa y animada;  enriquecida por la Palabra de Dios y por nuestra participación, nos invita a rezar y a cantar, alabando a Dios con nuestro corazón. Es un día de fe y de alegría, en el que  la sencillez de los signos nos invitan a contemplar la santidad de Dios,  profundamente adoradores de su grandeza infinita.

                                       Solo con la humildad del centurión del Evangelio, reconciliados con Dios, podemos acercarnos a recibirla, repitiendo con piedad sus palabras: “Señor no soy digno que entres en mi casa” (Mateo 8,8); sin olvidar  que El es Dios, y que el banquete es también un sacrificio de amor (cfr. Juan Pablo II, Ecclesia De Eucharistia, nº48).

 

Eucaristía y  solidaridad

                                     Si el domingo es día de fe y de alegría, también es un día de solidaridad, porque la Eucaristía es el pan de los pobres.

                                     Las enseñanzas de los Apóstoles encontraron eco desde los primeros siglos de la Iglesia, y por ello también la Eucaristía es un llamado  a vivir una exigente cultura del compartir.

                                    San Juan Crisóstomo ya hace siglos nos decía: si deseas honrar el cuerpo de Cristo, no lo desprecies cuando lo encuentres desnudo en los pobres, ni lo honres solo aquí en el templo, si al salir lo abandonas en el frío y en la desnudez. Porque el mismo Señor, que dijo “Esto es mi cuerpo”, afirmó también “Tuve hambre y no me disteis de comer” y “siempre que dejasteis de hacerlo a uno de estos pequeños, a mi en persona me lo dejasteis de hacer”(cfr. San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de Mateo 50, 3-4:PG 58,508.509).

                                  Estas palabras nos recuerdan, el deber de hacer de la Eucaristía la ocasión donde la fraternidad se convierta también en solidaridad, donde los últimos sean los primeros por el aprecio y el afecto, y se pueda continuar así de alguna manera el milagro de la multiplicación de los panes (cfr. Juan Pablo II, Día del Señor, nº71). Si tenemos más, ayudemos y compartamos más; Si Dios nos ha dado más talentos y dones, compartámoslos con nuestros hermanos, poniendo en juego toda la creatividad de la vida.

                                Teniendo así una actitud de entrega y de servicio, porqué no visitar durante el domingo a un enfermo, porqué no dedicar alguna hora a sentir que estamos al servicio de nuestro hermano, porqué no  ofrecernos como voluntarios, porqué no invitar a comer a alguna persona sola, a veces aún de nuestra propia familia. Así la caridad de Jesús vivo en la Eucaristía se extenderá a la vida, y podremos decir que hasta el sacerdote, que vive de su amor a la Eucaristía, experimentará  que su parroquia y su comunidad de creyentes, crecen en fervor y solidaridad.

                  

Eucaristía y evangelización

                              Al descubrir que el domingo es un día de alegría y de gozo para el cristiano, también podemos experimentar que la Eucaristía es un llamado a trasmitir y anunciar el mensaje del Evangelio. La Eucaristía es la fuente y la culminación de la misión.

                              Por esto produce en nosotros una profunda transformación; nos invita  a salir, a visitar las casas, a misionar, y a anunciar a Cristo vivo, esperanza de la gloria.

                              Atraigamos hacia Jesús a otros hermanos nuestros. A la luz de la Eucaristía, aprendamos a vivir en la unidad y a valorar toda chispa del Evangelio que brilla entre nosotros. No esperemos tanto que sea una llama perfecta, sino que se pueda avivar e impulsar,  renovando y encauzando lo que tenemos, y sobre todo sirviendo; para unir y vivir  personalmente y en nuestras comunidades los carismas y los dones que vienen del Señor.

 

Eucaristía y la Madre de Dios

                            Hoy queremos agradecer a nuestros sacerdotes la celebración diaria y dominical de la Eucaristía, así como la dedicación para que los fieles puedan reconciliarse con Dios. Queremos agradecer también por todas las parroquias de nuestra Arquidiócesis en las que se adora a Jesús permanentemente, invitando a hacerlo siempre con renovado fervor.

                           Como el discípulo predilecto, que estaba junto a Jesús en la última Cena, hoy queremos poder contemplar el amor infinito de su corazón, y llegar también al manantial mismo de su gracia.

                          Virgen Santísima del Rosario, que nos acompañas en cada Eucaristía, por ser la Madre del Señor y de  la Iglesia, enséñanos a adorar a tu Divino Hijo,  a quien siempre podemos recurrir confiados, porque está vivo en medio de nosotros.     

 

Monseñor José Luis Mollaghan

                                                                           Arzobispo de Rosario  

 

          Si desea recibir nuestro servicio de noticias, envíenos un mail a :

prensa@cea.org.ar