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Homilía de Mons. José Luis Mollaghan
Arzobispo de Rosario


Cristo, Rey del Universo -

Culminación del Jubileo del

LXXV aniversario de la Acción Católica

  

 

1.      Cristo Rey y Jubileo de la Acción Católica. Deseo expresar mi gran alegría al culminar, en la Fiesta de Cristo Rey, el año jubilar de la Acción  Católica, que ya nos permitió celebrarlo en Rosario al comenzar el año, y que ahora finaliza en  este encuentro de hoy.

Doy gracias al Consejo Arquidiocesano y a todas las parroquias que se unen a este acontecimiento eclesial, en el que además, se llevarán a cabo las oficializaciones de nuevos miembros de la Acción Católica.

La Fiesta de Cristo Rey es una de las celebraciones centrales del tiempo litúrgico, que da  fin a todo el año iniciado en el Adviento pasado. Hemos  seguido de cerca los misterios de la Historia de la Salvación; y celebrar este día, es seguramente uno de los más apropiados, también por la tradición de la Acción Católica, para asumir el deber de nuestra respuesta y testimonio, con pasión y servicio, como dice el lema de este año jubilar.

 

 2. Lecturas Bíblicas de la Liturgia. La Palabra de Dios, que acabamos de escuchar nos introduce en la profundidad del misterio de Cristo Rey. De El hablan todas las lecturas: “A él se le dio honor, poder y reino” nos dice el libro de Daniel (Daniel 7,14); y el libro del Apocalipsis nos revela a “Cristo Jesús…el rey de los reyes de la tierra… “(Apocalipsis1,5).

También podemos centrar nuestra atención de modo particular en las palabras del Evangelio de San Juan, que recién escuchamos, y que manifiestan el único momento de la vida pública de Jesús en el que reconoce que El es Rey:” Tu lo dices: Yo soy rey” (Juan 18, 37). Pero también  a continuación agrega: “mi realeza no es de este mundo… mi realeza no es de aquí” (Juan 18,36). Mi poder no es de aquí, es el poder de Dios.

 El Reino de Cristo es un Reino de la verdad y de la vida; de la santidad y de la gracia; de la justicia, del amor y de la paz (Pref. Misa Cristo Rey). Esta Fiesta mira de un modo particular al más allá, ya que celebramos a Cristo, Rey de todo el universo, que reinara definitivamente sobre todos los hombres cuando vuelva con su gloria al final de los tiempos.

 

 3. En Reino en nuestros corazones. En la Fiesta de Cristo Rey también celebramos que Cristo ya reina en nuestros corazones, desde el momento en que se hace presente en nuestra vida, y lo recibimos con fe, extendiendo su Reino a través nuestro.

Precisamente, las parábolas del Reino que encontramos  en el Evangelio nos enseñan que debemos buscarlo y encontrarlo; que vivir en el Reino de Dios vale más que todos los tesoros de la tierra, y que su crecimiento será silencioso,  escondido, y a la vez eficaz.

  El poder del Señor, y la obra del Reino de Dios ya comenzado se debe entender con la clave del Evangelio y de su venida salvadora. Cristo es Rey, ante todo en la Pasión, Cristo es Rey  en la cruz, y en la plenitud de la Pascua, salvando a todos los hombres y salvándonos a nosotros.

 Por eso, el Reino de Dios, de verdad, de justicia, de amor y de paz no se puede alcanzar  sin la pasión, ni tampoco sin una entrega de la vida, ni sin el servicio desinteresado que nos enseña el Evangelio.    

 

4. Servir a Dios quiere decir reinar. Es la actitud del mismo Señor y de sus seguidores, la que nos enseña que en nuestra vida a la vez que abrimos el corazón hacia Dios y se destruye la herencia del pecado, crece misteriosamente  su Reino.

  Cristo, el nuevo Adán, es quien entra en la historia del hombre “para servir”. “El Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir, y a dar su vida” (Mt 20, 28). Por esto  aquí de algún modo encontramos la definición de su reino.  

 Servir al Padre, en la obediencia a su voluntad divina; servir a sus hermanos ofreciendo la vida por nosotros.

 La identidad del hombre que sigue al primer  Adán  es la de la desobediencia y del egoísmo:”no serviré”, dice; y busca permanentemente que lo sirvan.

 Precisamente ese “no serviré”, no pertenece al Reino de Dios, ni lo hace crecer, ni hace visible a Cristo. Lo que parece aparentemente una señal  de independencia, e impulsa al hombre a medirse con el mismo Dios, es fuente de dependencia y esclavitud; y borra de su vida el signo de la trascendencia y de su dignidad.

 En cambio la identidad del hombre que sigue al nuevo Adán, Cristo, el Señor y Rey, es la de quien aprende a servir.

 En el servicio que imita al de Cristo, encontramos la clave de su Reino.  El hombre vuelve a encontrar  de este modo su maravillosa vocación, y la fuente de su realeza. Como nos dice la Constitución “Lumen Gentium, hablando de los laicos en la Iglesia y de su apostolado: “Jesucristo, queriendo continuar también su testimonio y su servicio por medio de los laicos, los vivifica con su Espíritu y los impulsa sin cesar a toda obra buena y perfecta…De este modo también los laicos, como adoradores que en todo lugar actúan santamente, consagran el mundo mismo a Dios’ (Lumen Gentium, 34).

 

 5. Creyentes y discípulos que den testimonio. En este momento de la historia tenemos necesidad de creyentes y discípulos, hombres y mujeres, que a través de una verdadera fe, den testimonio válido de Cristo y de su Reino. 

 Si el servicio es un signo de esta etapa del Reino;  el fin de la historia, cuando El venga definitivamente en su gloria, será la etapa definitiva del Reino. El verdadero sentido de la primera etapa se hace comprensible a través del significado de la segunda.

 Antes de que el Señor se presente para separar “las ovejas de los cabritos”, quiere  que su servicio sea nuestro servicio, quiere que la cruz de su Reino, también sea compartida por nosotros.

 Como nos dice el Santo Padre Benedicto XVI, ”Siempre habrá sufrimiento que necesite consuelo y ayuda. Siempre habrá soledad” (Benedicto XVI, Dios es caridad, nº 28). Por esto  El nos dirá al final de los tiempos: “Tuve hambre..., tuve sed…, fui forastero..., estaba desnudo..., enfermo..., encarcelado..., perseguido, ignorante, abandonado, amenazado en mi vida, inclusive en el seno materno, y tu me serviste, sabiendo que “todas las veces que hicieron esto a uno de mis hermanos pequeños, a mí me lo hicieron” (Mt 25, 40).

 

 6. La vocación de la Acción Católica. Quiero expresar mi satisfacción por esta Jornada de la Acción Católica. Vivan esta vocación unida a Cristo Rey con pasión y servicio. Que el llamado al apostolado y a dar testimonio vuelva a convocarlos en sus familias, en las comunidades parroquiales y en la vida social; como ciudadanos responsables y  en el trabajo; como obreros y  profesionales, y en el campo de la política… Anuncien y vivan allí la vocación de discípulos y testigos.

 

 Que todos, adultos, jóvenes y niños, que forman parte de la Acción Católica, vivan  llenos de esperanza por pertenecer a la Iglesia, capaces de comunicar razones de fe y de vida a nuestra sociedad,  sembrando el Reino de Dios.

 

       En este Reino, ya iniciado, y que todavía no llegó a su plenitud, la Santísima Virgen  es nuestra Madre y Reina.   Recuerden una y otra vez lo que su Madre le dijo a los servidores en Cana: ‘Hagan lo que El les diga (Jn 2, 5). Volvamos los ojos a María; de este modo renace en nosotros la esperanza. Renovemos la vocación a ser testigos y seguidores de Cristo, con pasión y servicio, servidores en la construcción del Reino de Dios.

 

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