Mensaje de Cuaresma de Monseñor
José Luis Mollaghan,
Arzobispo de Rosario
CUARESMA: CONVERSIÓN Y
MISIÓN
A los sacerdotes, religiosas, religiosos y fieles de la Arquidiócesis
de Rosario.
Queridos hermanos y hermanas:
La resurrección de Cristo y la adhesión de nuestro corazón a Jesús muerto
y Resucitado, son el fundamento de nuestra vida de fe, y nos animan a
preparar la Cuaresma 2007. Los misterios que vamos a celebrar en la Semana
Santa son el centro de nuestra identidad cristiana y de la vida de
discípulos, y al mismo tiempo son el motivo de nuestra esperanza.
La Cuaresma nos invita a seguir a Jesús
La Cuaresma es un tiempo propicio para acercarse a Dios, como nos dice el
Apóstol Santiago: “Acérquense a Dios y El se acercará a ustedes” (Santiago
4,8), y ahondar el seguimiento de Jesús, que al dar su vida consumó el
sacrificio supremo para toda la humanidad (cfr. Juan 19,25). El nos
redimió por amor, tal como lo expuso el Santo Padre Benedicto XVI en su
Mensaje de Cuaresma “Mirarán al que traspasaron” (Juan 19,37): “En el
misterio de la Cruz se revela enteramente el poder irrefrenable de la
misericordia del Padre celeste. Para reconquistar el amor de su criatura,
Él aceptó pagar un precio muy alto: la sangre de su Hijo Unigénito” (ibidem).
El tiempo cuaresmal nos ofrece la posibilidad de recorrer espiritualmente
el mismo camino del Señor, que llamó a todos los hombres a la conversión y
a proclamar el Reino de Dios, a través de la oración, del ejercicio del
Via Crucis, del ayuno y la limosna. Por esto, la Cuaresma debe ser
fundamentalmente un tiempo de penitencia y sacrificio, para acercarnos más
a la cruz redentora, y a la Resurrección que transforma nuestra vida.
Esto significa ante todo una invitación a unirnos al Padre por medio de su
Hijo, a través de un diálogo sincero y constante, mediante la acción del
Espíritu Santo, fuerza y potencia interior que armoniza nuestro corazón
con el corazón de Cristo. A la vez, nos mueve a amarnos como El nos ha
amado, cuando se puso a lavar los pies a los discípulos (Juan 13, 1-13), y
sobre todo cuando entregó la vida por todos (cfr. Juan 13, 1; 15; 13;
Benedicto XVI, Dios es amor, nº 19).
Asimismo, su ejemplo nos mueve, especialmente durante este tiempo, a un
ejercicio mayor de olvido de uno mismo, a través de la privación y la
mortificación, para abrir los ojos a las necesidades sobre todo de los
enfermos y necesitados, y reconocer a los más olvidados que quizás ya no
recordamos.
Así, como dice San Agustín, podrás ver la Trinidad si ves el amor (cfr. De
Trinitate, VIII, 8,12) y podremos fijar nuestra mirada en El; toda la
Cuaresma debe ser una expresión profunda de amor: primero a Dios, Padre,
Hijo y Espíritu Santo; que nos llama y transforma por la gracia. Asimismo
la Cuaresma nos mueve a amar a nuestros hermanos, especialmente por medio
del “servicio que presta la Iglesia para atender constantemente los
sufrimientos y las necesidades, incluso materiales, de los hombres”
(Benedicto XVI, Dios es amor, nº 19 ).
Desde la conversión a la misión
También la Cuaresma, por medio de la conversión interior de nuestra vida
nos prepara para la misión, que deseamos afianzar siempre más en nuestras
parroquias y decanatos. Es la Palabra de Dios la que nos llama una y otra
vez, y despierta nuestros corazones para que en comunión con Jesucristo y
con su Iglesia anunciemos su Reino.
La misión que anuncia a Cristo muerto y resucitado tiene varias
exigencias, que coinciden con las que nos propone la Cuaresma: centralidad
de la oración, invitación a la penitencia y conversión, vida de caridad y
comunión, para hacer creíble el Evangelio.
Si crecemos personalmente y en familia, en las parroquias y comunidades en
la vida de oración, si nos acercamos a reconciliarnos con Dios, si
participamos vivamente en la Eucaristía y adoramos el Cuerpo y la Sangre
de Jesús; si afianzamos la vida de penitencia y caridad como un camino
cuaresmal de conversión; y si vivimos en la comunión de la vida de la
Iglesia; ya estamos de algún modo preparando y contribuyendo a la misión,
como ”discípulos y misioneros de Jesucristo, para que nuestros pueblos en
Él tengan vida”.
Para profundizar este camino, queridos hermanos, podemos preguntarnos:
I . ¿Estamos dispuestos a vivir esta Cuaresma y seguir el camino de la
conversión?
¿Cómo crecer en la oración personal y comunitaria?
¿Qué signos de penitencia y de olvido de mí mismo voy a tener en mi
vida, comenzando durante este tiempo, para amar más a Dios y a los
hermanos?
II. ¿cuál va a ser mi determinación diaria para vivir la caridad?
¿Cuáles van a ser los signos de mi cercanía y amor a los enfermos, a los
más desposeídos y carenciados?
¿Cómo voy a responder a la invitación a vivir en la Iglesia la vida de
comunión?
III. ¿Sabiendo que la misión depende ante todo de la gracia de Dios, pido
a
Dios acrecentar el espíritu misionero?
¿Qué aspectos de mi vida debo renovar y fortalecer, para ser discípulo
y misionero ?
¿en qué comunidad estoy dispuesto a misionar?
Al comenzar la Cuaresma, y acercarse el Encuentro de los Obispos en el
Santuario de Aparecida, con la presencia del Santo Padre Benedicto XVI, y
con la herencia recibida de nuestras anteriores Asambleas arquidiocesanas
y de “Navega mar Adentro” (CEA, 2003), nos disponemos a renovar el
espíritu misionero, particularmente en nuestras Parroquias, con más
intensidad y esperanza.
Confiemos a Nuestra Madre del Rosario este tiempo de Cuaresma y la misión
que hemos recibido por pura gracia de Dios. Vivamos principalmente la
caridad, como un camino para encontrar también a Dios, ya que “cerrar los
ojos ante el prójimo es también cerrar los ojos ante Dios” (Benedicto XVI,
ibidem, n º 16).
Me encomiendo a sus oraciones, y los bendigo en Cristo, esperanza de la
gloria.
Monseñor José Luis
Mollaghan
Arzobispo de Rosario