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Mensaje de monseñor José María Arancibia, arzobispo de Mendoza,
para la  Navidad 2005:

¿Qué nos falta descubrir en el pesebre y en el árbol de Navidad?
 

1. La Navidad forma parte de nuestra vida. Incluso si no tenemos una práctica religiosa asidua, el clima navideño nos alcanza a todos. Me parece que nuestras costumbres familiares y sociales han ido asumiendo la fiesta de Navidad como algo propio; con libre corazón, sin imposición alguna. Por todo ello doy sinceramente gracias a Dios. Creo además que todos, más o menos explícitamente, esperamos mucho de estas celebraciones. Es verdad que hay también muchas personas que llegan a estas fiestas con un peso grande en el alma. No es raro encontrar personas tristes, solas y desilusionadas.

No puedo dejar de manifestar una inquietud, a mi criterio, importante. Reflexiono ahora como pastor de almas. Vivimos cambios muy profundos que nos afectan a todos. De modo especial está cambiando nuestro modo de mirarnos a nosotros mismos, nuestro mundo de valores y relaciones. Cosas que hasta hace un par de generaciones parecían inamovibles, hoy son valoradas de modo muy diverso. En general, estos cambios culturales, no rechazan Navidad. Casi diría que la aprovechan: aumenta el consumo, se programan fiestas y visitas, regalos y vacaciones. No es que me oponga de plano a esto, pero temo que se corre el serio riesgo de despojar a la Navidad de su principal sentido. ¡Cuánto quisiera ayudar a los cristianos a volver a mirar Navidad con los ojos y el corazón de gente realmente creyente!

 

2. Al reflexionar sobre esta preocupación me preguntaba: ¿No será necesario descubrir algo más en el pesebre, tan conocido? La figura del “Belén”, como se llama también al pesebre, se ha divulgado mucho. La tenemos representada de mil formas y colores en pinturas, tallas y dibujos. Nos parece bastante conocida. Quizás muy pocos consideran necesario preguntarse de qué se trata. Pocos también los que tienen tiempo para detenerse a contemplarlo. No obstante, contiene y esconde un misterio revelador, capaz de provocar una inmensa alegría, que nunca terminamos de descubrir, ni de gozar en plenitud. En la piedad cristiana, el nacimiento de Cristo es un misterio de gozo.

Siempre me ha gustado observar con curiosidad las formas de los pesebres, como también las poesías y canciones que éste ha inspirado. En una antigua y bella narración simbólica, retomada una y otra vez, se cuenta que al pesebre llega una mujer anciana, de cabellos grises, encorvada y triste, llevando algo en la mano. Se acerca al Niño y a la Virgen, no puede contener el llanto, se inclina ante ellos, y les muestra lo que lleva consigo. Después se levanta y parece mucho más joven. Hasta hermosa. La Virgen al reconocerla, le dice: “¡Madre!”. Ella le responde con gozo diciendo: “¡Bendita!” De sus manos cae entonces una manzana mordida. La anciana es Eva, la mujer de los orígenes, primicia de toda la humanidad. Así se plasma una convicción de fe, profunda y transformadora. La vieja condición humana, herida por el primer pecado, ha encontrado en Jesús al Salvador del mundo, nacido de su Madre Bendita. ¿Quién puede mirar detenidamente el pesebre, sin sentir que de alguna manera comparte las condiciones de aquella vieja mujer? Todos somos Adán. Todos, Eva. Su triste figura y la fruta mordida representan el reconocimiento de tantos delitos, faltas y omisiones, que arruinan al ser humano, hecho a imagen y semejanza de Dios. Aquella mujer, reconoce en el pesebre al Salvador prometido y esperado. En nombre de la humanidad, abre el corazón a su gracia redentora, que sana y transforma; que devuelve la esperanza a un mundo agobiado y maltrecho, por descuido y arrogancia de la misma humanidad. El pesebre adquiere entonces una fuerza extraordinaria, para devolver el ánimo a los más desalentados. Así se hace muy hermosa esta experiencia de creer y de anunciar, que Jesús ha nacido en Navidad. La fe en Dios es portadora de una profunda alegría, que cala hondo. Ante el misterio de la pobreza de Dios en Belén, los ángeles del cielo prorrumpen en canto de alabanza. Para la fe cristiana, cantar es natural. Todo lo decrépito y estropeado de cada persona, se renueva y rejuvenece en el pesebre de Belén.

 

3. Se me ocurre que algo parecido pasa con el conocido arbolito de Navidad. No son muchos los que saben de dónde viene esta costumbre, y por qué se ha hecho tradicional como símbolo de Navidad. Dejo por ahora detalles de historia y cultura. Pero con la misma inquietud antes mencionada, me pregunto: ¿Qué nos falta descubrir quizás en el árbol de Navidad?

En este símbolo navideño se destaca sobre todo el color. Es bien verde, porque está lleno de vida. De él cuelgan esferas de múltiples colores, luces brillantes, y adornos variados, que lo hacen muy lindo. Árbol florecido, entonces, cargado de ricos frutos, que superan a la misma naturaleza. El creyente, recuerda que hubo al comienzo otro árbol, donde las primeras personas creadas se rebelaron contra Dios, porque no quisieron aceptar de Él límites ni prescripciones. Y más tarde, otro árbol, donde Jesús entregó su vida por amor, a fin de que los rebeldes fueran perdonados, y pudieran volver a ser amigos de Dios, que es la mejor de las vidas. Este segundo árbol, era hermoso también, decorado con perlas rojas de sangre, derramada por amor. Los frutos vistosos y sabrosos son signo de buenas obras y sentimientos nobles. Frutos que salen de adentro, que el Espíritu hace brotar: “amor, alegría y paz, magnanimidad, afabilidad, bondad y confianza...” (Gal 5,22). Jesús también había usado la imagen del árbol, para que nadie se engañe: los frutos buenos, provienen del buen árbol. “Cada árbol se reconoce por su fruto. No se recogen higos de los espinos ni se cosechan uvas de las zarzas. El hombre bueno saca el bien del tesoro de bondad que tiene en su corazón. El malo saca el mal de maldad, porque de la abundancia del corazón habla la boca” (Lc 6, 43-45).

El arbolito de Navidad, entonces, cargado de luces y colores, representa la vida nueva que proviene de la esperanza puesta en Cristo, nacido para morir por los hombres en el árbol de la cruz. Confiar en el Señor que salva y renueva, aceptar su Palabra como regla de vida, es reverdecer por la fuerza de una savia nueva y desbordante, que enriquece como nadie la existencia de hombres y mujeres, de familias y pueblos. ¿No necesita nuestra sociedad, tan orgullosa de sus logros como apocada frente a sus contradicciones, este vigor interior que proviene de la fe? Cuando repasamos el cúmulo de desafíos que tenemos los mendocinos, en los distintos órdenes de nuestra vida, no podemos dejar de preguntarnos con qué fuerza espiritual y moral hemos de emprender la tarea cotidiana de construir nuestra vida social. Lo reclaman de modo particular nuestros niños y adolescentes. Lo necesitan los más pobres, dolientes y abandonados. ¡Ojalá sean muchos los que quieran descubrir este tesoro de bondad que es la Navidad, y que puede brotar desde dentro, como fruto precioso!

 

4. De todo corazón quiero desear Feliz Navidad a todos los mendocinos, de cualquier condición, edad y creencia. Me complace ser de alguna manera padre y pastor de todos. Mi saludo y augurio de felicidad, está cargado del sentido antes recordado. Les conceda Jesús encontrar en Él: la fuerza que sana, rejuvenece y alegra; el vigor interior suficiente para llevar una vida recta, honesta, comprometida con los demás. Esa es la felicidad que pido para ustedes. ¡Dios los bendiga!

 

Mons. José María Arancibia, arzobispo de Mendoza
25 de diciembre del 2005

 

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