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Homilía del cardenal Jorge Mario Bergoglio S.J.,
arzobispo de Buenos Aires y Primado de la Argentina,

e
n la misa de Nochebuena

25 de diciembre de 2005

 

Nació de noche, fue anunciado de noche a “unos pastores que vigilaban por turno sus rebaños” (Lc. 2: 8), se encolumnó con “el pueblo que caminaba en las tinieblas...” con “los que habitaban en el país de la oscuridad”  (Is. 9: 1). Y fue luz, “una gran luz” (Is. 9: 1) que se vuelca sobre la densa tiniebla, luz que lo envuelve todo: “y la gloria del Señor los envolvió con su luz” (Lc. 2: 9). Así nos presenta la liturgia de hoy el nacimiento del Salvador: como luz que rodea, penetra, toda oscuridad. Es la presencia del Señor en medio de su pueblo, presencia que destruye el peso de la derrota, la tristeza de la esclavitud y planta la alegría. “No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor”. (Lc. 2: 10-11). “Les ha nacido”: sí nace para todo el pueblo, nace para toda la historia en camino, nace para cada uno de nosotros. No es un aviso en “Notas Sociales”. Se trata de un anuncio que toca el núcleo mismo de la historia y pone en marcha otro modo de andar, otro modo de comprender, otro modo de existir: andar, comprender, y existir junto a “Dios con nosotros”.

Pasaron muchos siglos desde que la humanidad comenzó a oscurecerse. Pienso en aquella tarde en que se cometió el primer crimen y el cuchillo de Caín segó la vida de su hermano (Gen. 4: 8). Pasaron muchos siglos de crímenes, guerras, esclavitud, odio. Y aquel Dios que había sembrado su ilusión en la carne del hombre, hecho a su imagen y semejanza, seguía esperando. ¡Las ilusiones de Dios! Motivo tenían para desaparecer. Pero Él no podía: estaba “esclavizado”, por decirlo así, a su fidelidad, no podía negarse a sí mismo el Dios fiel (2 Tim. 2: 13). Y ese Dios seguía esperando. Sus ilusiones, enraizadas en su fidelidad, eran custodiadas por la paciencia. ¡La paciencia de Dios frente a la corrupción de pueblos y hombres! Sólo un pequeño resto “pobre y humilde, que se refugiaba en el nombre del Señor” (Sof. 3: 12) acompañaba su paciencia en medio de las tinieblas, compartía sus ilusiones primeras.

 Y, en este andar histórico, esta noche de eclosión de luz en medio de las tinieblas nos dice que Dios es Padre y no se decepciona nunca. Las tinieblas del pecado y de la corrupción de siglos no le bastan para decepcionarlo. Aquí está el anuncio de esta noche: Dios tiene corazón de Padre y no reniega de sus ilusiones para con sus hijos. Nuestro Dios no se decepciona, no se lo permite. No conoce el desplante y la impaciencia; simplemente espera, espera siempre como el padre de la parábola (Lc. 15:20) porque a cada momento sube a la terraza de la historia para vislumbrar de lejos el regreso de los hijos.

Esta noche, en medio de la quietud y silencio de ese pequeño resto de justos, los hijos comienzan a regresar y lo hacen en el Hijo que aceptó ser hermano para acompañarlos en el camino. Ese Hijo, del cual el Ángel le había dicho a San José que “salvaría a su pueblo de todos sus pecados” (Mt. 1: 21). Todo es tierno, pequeño, silencioso: “Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado” (Is. 9: 5); “esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (Lc. 2: 12). El reino de la apariencia, el autosuficiente y fugaz, el reino del pecado y la corrupción; las guerras y el odio de siglos y de hoy se estrellan en la mansedumbre de esta noche silenciosa, en la ternura de un niño que concentra en sí todo el amor, toda la paciencia de Dios que no se otorga a sí mismo el derecho de decepcionarse. Y, junto al niño, cobijando las ilusiones de Dios, está la Madre; su Madre y nuestra Madre que, entre caricias y sonrisas, nos sigue diciendo a lo largo de la historia: “Hagan todo lo que Él les diga” (Ju. 2:5).

 Esto es lo que quisiera compartir hoy en la paz de esta noche santa: nuestro Dios es Padre, no se decepciona. Espera hasta el final. Nos ha dado a su Hijo como hermano para que caminase con nosotros, para que fuese luz en medio de la oscuridad y nos acompañara en el aguardar “la feliz esperanza” definitiva (Tit. 2:13). Nuestro Dios, el mismo que sembró sus ilusiones en nosotros, el mismo que no se concede decepcionarse de su obra, es nuestra esperanza. Como los Ángeles a los pastores quisiera decirles hoy: “No tengan miedo”. No le tengan miedo a nadie. Dejen que vengan las lluvias, los terremotos, los vientos, la corrupción, las persecuciones al “resto” de los justos... (cfr. Mt. 7: 24-25). No tengan miedo siempre que nuestra casa esté cimentada sobre la roca de esta convicción: el Padre aguarda, tiene paciencia, nos ama, nos manda a su Hijo para que camine con nosotros; no tengan miedo mientras estemos cimentados sobre la convicción de que nuestro Dios no se decepciona y nos espera. Esta es la luz que brilla esta noche. Con estos sentimientos quiero desearles feliz Navidad.


Buenos Aires, 25 de diciembre de 2005.
Card. Jorge Mario Bergoglio s.j., arzobispo de Buenos Aires

 

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