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Alocución radial del Arzobispo de Corrientes

Mons. DOMINGO S. CASTAGNA

MENSAJE DE NAVIDAD

25 de diciembre de 2005


1.- Navidad y vida.  Humildemente postrados junto al Pesebre de Belén saquemos de nuestro silencio interior una reflexión para esta Navidad. Durante el Adviento hemos intentado extraer de cada imagen evangélica el contenido de verdad que necesitábamos. Hoy se produce una síntesis para la celebración y la vida. Me he preguntado: ¿cómo podré expresarla para que interese a esta complicada sociedad? Únicamente haciéndola profesión de fe y norma de vida. Necesitamos testigos de la Verdad que proponemos en nombre de la Iglesia. La Navidad es el comienzo de un desarrollo que logra su síntesis en la Resurrección. En cada Eucaristía se actualiza esa síntesis y, en ella, logramos que cada Navidad encuentre su referencia. Así lo hacemos esta noche. Este silencioso recogimiento de Belén importa más que la fortuna, la popularidad y el bienestar. Pero, ¿quiénes se hacen eco de este Misterio en el que el amor de Dios se manifiesta y se hace perdón?: los pobres y los pequeños. El clima espiritual de la Navidad se conforma a la pobreza del corazón de los hombres buenos. El bullicio y la frivolidad de las fiestas sin sentido están a kilómetros luz de esta celebración. Desde la fe me corresponde abrir los tesoros de la gracia y formular un llamado a quienes, siendo cristianos, y profesándose tales, han cedido a la distorsión y - la Navidad - les está significando una fiesta sin más sentido que el superficial de las demás fiestas.

 

2.-   ¿Quién es el Niño?  No está mal atribuir a la Navidad rasgos de encuentro familiar, de solidaridad con los marginados, de reclamos fuertes por la justicia y por la auténtica fraternidad; pero, su verdadera virtud proviene de ser un acontecimiento religioso. El Niño que adoramos es el Dios encarnado, solidario con nuestras más profundas necesidades, creador de la auténtica unidad y, por lo mismo, reconciliador y artífice de la paz. Es el Salvador. Su gracia nos es absolutamente necesaria para lograr lo que hemos intentado por caminos - a veces contradictorios - que desembocaron en una sucesión de fracasos. Si aprovechamos su misteriosa presencia será posible lo que hasta el momento pareció imposible. La constancia en celebrar anualmente la Navidad es signo innegable de su trascendente importancia histórica. Hasta quienes se confiesan increyentes la celebran. El límite que separa la celebración popular de la fe es muy tenue. Dios quiera que muchos lo transpongan. Para ello será preciso que la celebración se mantenga, al menos como frontera y puerta hacia la fe. Los creyentes, que son más de los que aparecen, deberán esforzarse en celebrar la Navidad como corresponde. Los miembros de una comunidad, que se desean mutuamente y con sinceridad: “Feliz Navidad”, cambiarán eficazmente su hábitat social. ¿No será acaso que el surgimiento de nuevos artífices de la paz corresponde a que hay gente buena que celebra la Navidad? Nos arriesgamos a ser tildados de “ingenuos píos” por los “sabios y prudentes de este mundo” (Evangelio).

 

3.- Desafortunado vaciamiento.  El Mensaje navideño del Pastor no puede más que destacar el carácter religioso de la celebración. Sabe muy bien que el sosiego de la Noche Santa favorece el reencuentro y el gozo festivo que lo acompaña. Es la ocasión para recordar el contenido cristiano que innegablemente posee. Es la oportunidad de confesar públicamente la presencia de Cristo – Dios y hombre – y su misión como Mesías Salvador. Sería lamentable que no reaccionáramos ante su progresivo y desafortunado vaciamiento. Dejar las cosas así es un grave pecado de omisión que originará males manifiestos y ocultos que terminarán destruyendo el sentido sagrado de la vida personal y social.  Recuperar el valor de lo sagrado es la meta de la Navidad. Allí Dios se introduce en el hombre, lo eleva a Sí y lo recupera definitivamente sin enajenarlo, al contrario, haciéndolo esencialmente más humano. La perfección de la humanidad de Cristo abre el capítulo final de la vuelta del hombre a su original inocencia. El Niño de Belén nos permite conocer esa etapa final y descorre el velo que oculta la Verdad necesaria. La ruptura del velo del templo, en la hora nona del viernes de la Pasión, significó la terminación del Antiguo Testamento y el avance sobre su síntesis final: la era cristiana. Al celebrar la Navidad contemplamos la aparición de Quien es el cumplimiento de las promesas proféticas. En Cristo debiera darse por terminada la búsqueda ansiosa de la humanidad. Con ese fin la palabra evangélica ofrece los elementos necesarios para el conocimiento pleno de la Verdad.

 

4.- Falsos profetas.  Contrariamente a lo que debiera darse nos encontramos con una multitud desorientada, “como ovejas sin pastor”, que sigue confundiendo cualquier simulación de la Verdad con la misma Verdad. Ya Jesús lo había advertido: “aparecerán falsos profetas”. Es decir: la mentira parecerá verdad y los mentirosos personas honestas. Es preciso distinguir y recorrer la senda acertada. El pequeño Niño es la Verdad y el Camino a la Verdad. Festejar su nacimiento equivale a iniciar su seguimiento, a ir en pos de sus pasos, a aprender la verdad que brota de sus labios inocentes. Lo demás es oropel sin contenido, frase romántica sin núcleo de verdad, fuego artificial. Estamos en la época del ruido, de los estruendos ensordecedores, del corazón vacío de alegría y de las muecas tristes de bufones en soledad. Es preciso esconderse en el templo silencioso de una conciencia purificada por la conversión y el perdón. A eso intentó llevarnos pedagógicamente el Adviento concluido. Nuestra vida – si quiere andar en el bien – tendrá que alternar entre el Adviento y la Navidad, entre la penitencia y la fiesta. Cuando cambiemos el lenguaje – y sus contenidos – hasta formular una respuesta de amor al Dios que nos ama, se podrá iniciar una era nueva que nos conduzca a la Verdad e incluya a todos quienes se decidan por ella. 

 

5.- Navidad, una esperanza.  La Navidad se ha metido en la carne de nuestra cultura; no podrá ser desalojada aunque tenga que convivir con agresores que intenten eliminarla. Advertimos que algunos conciudadanos libran un combate atroz contra sus tradiciones cristianas, atribuyéndoles un influjo presuntamente dañino. En sistemas aparentemente indestructibles, como el marxismo en Rusia, se ha producido su destrucción en forma de espontáneo desmoronamiento. La presencia de la tradición cristiana, en solemnidades como ésta, es muy fuerte. Es bueno que se celebre, aún sin la plena conciencia de su significado religioso. El camino está despejado. Al producirse una saludable desilusión de las frustraciones de vieja identificación, ése camino será retomado provechosamente. La Navidad es una esperanza. Habrá que atreverse a tender hacia ella con un compromiso de fe renovado y eficaz. El deseo de FELIZ NAVIDAD incluye dejarse envolver por su religioso sentido.

 

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