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Homilía para la Misa de la Noche de Navidad
de Mons. Rubén H. Di Monte

24 de diciembre de 2005

 

El Evangelio de S. Lucas ubica el nacimiento de Jesús en un marco histórico mundial:

·        Era emperador del mundo César Augusto.

·        Palestina había perdido su libertad: dependía de Siria, donde estaba el gobernador Quirino.

·        Tenían un rey casi como figura decorativa: Herodes, el Grande, que en todo dependía de Quirino.

·        El emperador manda un censo universal que afectaba a todas las personas y a sus posesiones (para poder cobrarle los impuestos).

José va con su esposa María (ambos descendientes del rey David), a inscribirse en Belén, que era la ciudad de David. María y José obedecen.

«María dio a luz a su hijo primogénito»

Queda clara la maternidad de María: lo que nace es su hijo. Esto es sumamente importante para entender, que si luego se prueba, que Jesús es el Hijo de Dios (por su resurrección), María es Madre de Dios.

También en esta expresión encontramos una referencia importante: de Isabel su prima, de quien nació el Bautista, se dice que dio a luz “un hijo” (1, 57), de María se dice “su hijo” (como para hacer ver que no había compartido su embarazo con ninguna criatura humana).

Jesús fue “primogénito” porque Él abrió la descendencia de María, no porque después haya habido más hijos. Decir “primogénito” era decir que tenía los derechos y deberes del “primogénito”, aunque como en este caso fuera el “unigénito”.

«Lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre»

Es una figura muy tierna, es lo que cada madre hace por sí o por medio de otras personas.

«Porque no había lugar para ellos en el albergue»

Los albergues de aquel tiempo eran casonas, con un corredor en el que dormían todos juntos: personas y animales. Era evidente que no había, en ellos, ninguna intimidad para un parto. José y María sabían que Jesús iba a nacer en cualquier momento, y prefirieron la soledad del campo y de una cueva.

Los pastores son hoy para nosotros simpáticas figuras que cuidan el ganado. En aquellos tiempos, eran tenidos por ladrones: pocos cuidadosos de “lo mío” o “lo tuyo”. A ellos (tan mal aparecidos socialmente), es a quienes primero les llega el anuncio del nacimiento de Jesús, a ellos:

«Se les apareció el Ángel del Señor y la gloria del Señor los envolvió con su luz.»

«Ellos sintieron un gran temor...»

«No temáis...»

«Os traigo una gran alegría para todo el pueblo...»

El Ángel invita a la alegría, a los pastores y a todo el pueblo. Pero, ¿qué es la alegría? ¿Es posible que si invite a la alegría, en un mundo con gran parte de sus habitantes como esclavos? ¿En un mundo donde la vida dependía de muy pocos señores? ¿En un mundo donde la mitad de sus habitantes (las mujeres) no eran consideradas personas sino “cosas”?

Hoy también vivimos en un mundo de injusticias, de hipocresía, de importante grado de corrupción.

¿Qué es la alegría? Santo Tomás dice: «El reposo perfecto en el bien sumo».

Vivimos en un mundo triste.

¿Qué es la tristeza?: «El dolor, la pena, por un bien ausente»

¡Cuántos bienes reales o imaginarios por los cuales los hombres penamos! Por ejemplo:

·        Falta de algunos bienes materiales.

·        Ausencia de afectos.

·        Soledad

·        Falta de salud.

·        Límites de nuestras capacidades.

Todas cosas que los hombres hemos convertido en un fin en nuestras vidas... Por las cuales nos movemos.

Dentro del pan de Dios son medios para la vida o la felicidad, y nosotros los hemos convertido en fines de la vida.

Los sociólogos, psiquiatras nos previenen contra todas esas frustraciones, pero no contra la ausencia de Dios. Olvidan decirnos que tenemos un sello de fábrica: somos imagen y semejanza de Dios, de ese Dios que nació en Belén, de ese Dios cuyo nacimiento recordamos hoy.

Sólo reconociendo ese sello, podremos vivir nuestra identidad. Es la Sagrada Biblia (Palabra de Dios), la que nos dice: «vosotros sois dioses»

Aquí radica,  en la encarnación y nacimiento de Cristo, el valor de nuestro prójimo y hermano.

Es preciso que el hombre sea Dios, para que tengamos un motivo suficiente de amarlo, para que tengamos una razón proporcionada, a los sacrificios inauditos, que semejante amor entraña y a las decepciones que inflige. El único medio para amar a nuestro prójimo es creer que Dios es hombre.

Cristo encarnado y nacido en Belén, revela aquí su permanente riqueza, que nunca será bastante explicada ni suficientemente comprendida.

La encarnación de Jesús no concluyó con su subida a los cielos. Jesús en el cielo sigue siendo hombre, un hombre que está sentado a la derecha del Padre todopoderoso.

Después de Cristo, no existen ya en la vida, dos amores realmente distintos: el amor al prójimo es amor de Dios.

Mt. 22, 37: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: amarás a tu prójimo como a ti mismo.»

¿Hemos observado en el Evangelio que Cristo, nunca nos pide que le amemos a Él, sino que nos recomienda que nos amemos los unos a los otros?

Cristo es el que ama en nosotros.

En el juicio final no será de grandes catástrofes, la verdadera catástrofe, la gran sacudida, será el descubrimiento de la verdadera identidad de Cristo y de nuestros hermanos:

«Venid benditos de mi Padre, porque tuve hambre y....»

(yo tuve, no el de la villa, del barrio, marginado... “yo tuve...”)

La oración, los sacramentos (la confesión de hoy, la comunión de esta noche, el recuerdo vivo del nacimiento de Jesús) nos tienen que servir para aprender a amar como Dios ama. Nos tienen que conducir al apostolado, al servicio a los demás. También la Virgen, cuando recibió a Cristo, en ella (por el Espíritu Santo), no se fue a hacer un retiro espiritual, se fue a servir a su prima Isabel, que por estar embarazada, necesitaba su servicio.

La obra maestra de Dios es la Iglesia, definida como “misión”.

La obra maestra de la Iglesia son los santos, servidores de Dios y de los hombres.

La obra maestra de Cristo es la Virgen María, que hoy nos lo entrega en Belén. Recibámoslo, como los pastores, a ellos primero que a todos se les dijo: “alegraos” por este nacimiento. Hoy se nos dice a nosotros: “alegraos”, Jesús vuelve a nacer en el corazón de quienes lo esperamos.

 

 

+Mons. Rubén H. Di Monte

Arzobispo de Mercedes-Luján

 

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