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HOMILÍA DE MONS. OSCAR D. SARLINGA
EN LA NOCHEBUENA DE 2005

Parroquia de San José Obrero
Ciudad de Mercedes

 

Querido Cura párroco y sacerdotes, queridos jóvenes que tan numerosos han venido a esta Misa de Nochebuena, hermanos y hermanas todos en el Señor Jesús, que hoy nace en nuestros corazones:

 Podemos aplicarnos plenamente, en Cristo, las palabras de la Escritura: "El Señor me ha dicho: Tu eres mi hijo, yo te he engendrado hoy". En verdad somos hijos en el Hijo, Nuestro Señor Jesucristo. Y hoy esa gracia se reactualiza en nosotros de una manera especial.

El «Soberano», aquél sobre el cual nadie está, el Omnipotente, se hizo uno de nosotros, habiendo sido concebido por obra del Espíritu Santo en el seno de una Virgen, para darnos salvación. Es un misterio de fe. Y por eso estamos nosotros hoy aquí, para celebrarlo, porque somos creyentes y sabemos que la Iglesia está viva, esa Iglesia que es Cuerpo y Pueblo de Aquél cuyo nacimiento hoy celebramos.  

Con frecuencia recuerdo a los fieles en las homilías que la Liturgia cristiana no es una «sucesión de fechas» o de meros recordatorios. En y por la gracia del Espíritu Santo, que hace viviente en nuestro interior todo lo que Jesús dijo e hizo, y que hace presentes las obras de Cristo en nosotros, en verdad se reactualiza la gracia obrada en la Redención. Y en esta santa Noche de Navidad recibimos esa Gracia del renacimiento, porque Jesús, que ya vino en la carne –y que retornará glorioso- nace hoy para nosotros, en nosotros, en la Iglesia universal y aquí hoy en nuestra comunidad.

Claro está que para recibirlo, hace falta la fe. Como para ver las cosas de Dios, hacen falta los ojos de la fe.

Muchas veces cuesta definir la fe, o ver sus trazos esenciales. Tanta gente concibe a la fe como un mero sentimiento. La fe, claro, involucra también a los sentimientos, puesto que involucra a todo el ser humano, que es un ser bio-psico-espiritual-social. Pero en sí no es un sentimiento. Si lo fuera, quedaría a nivel de la subjetividad, y así, si las cosas toman el rumbo que se quiere, y se está con los sentimientos en alza, florece la fe. En cambio, desde que hay una contradicción, algo que no resulta según el querer o el sentir, la fe se pierde. Esta «fe», puramente subjetiva y condicionada, no es la verdadera.

La fe, nos dice el Concilio Vaticano II, en la Constitución Dei Verbum, es «la adhesión de toda la inteligencia y de todo el corazón a Dios que se revela», esto es, a su Palabra, a Cristo, Revelador y Epifanía del Padre, en suma. La fe es adhesión de Jesucristo, respuesta generosa de la inteligencia y de la voluntad a la llamada de Amor que Dios nos hace.

Hoy miramos a Jesús, naciente, con María su Madre y con San José, padre putativo de Jesús y castísimo esposo de la Virgen, con ojos de fe.

En la noche de Belén, el  cuadro de ese Niño, contemplado por estas santas criaturas del Señor y por los pastores, implica la más grande esperanza para la humanidad, que hoy adquiere renovado significado para nosotros. El Niño del pesebre es verdaderamente el Hijo de Dios, el Dios hecho-hombre. Por eso el Padre le dice con toda verdad: "Tu eres mi hijo". El Dios eterno descendió a nuestro mundo, maravilloso y dramático, para llenarlo de su Gracia y de su Paz. Tan poderoso y tan indefenso, tan fuerte y tan débil. Para que de su humildad todos recibamos gracia tras gracia.

En y desde la gracia del Espíritu Santo, en esto consiste el misterio de Navidad: en que Jesús el el Hijo del Padre, a quien Él ha engendrado. En que Dios se abajó a nosotros, haciéndose uno de nosotros para que nosotros llegáramos a Él, siendo semejantes a Él, como el Niño en el pesebre.

No otra es la Luz que el Señor nos había prometido: «Sobre los que vivían en tierra de sombras, una luz brilló sobre ellos» (Is 9,1). En el mundo, que salió bueno creado de las manos de Dios, hay mucha tiniebla, por el pecado y la maldad humanos. Pero nada rebate la luz divina, porque "Dios es luz, en Él no hay tiniebla alguna"(1 Jn 1,5), y esta es la luz verdadera que da vida, la fuerza de la Verdad.

Estas son épocas difíciles, a nivel universal para la Iglesia. Pero siempre lo han sido. Pensemos en los primeros siglos, con las persecuciones del Imperio Romano; luego el aparecimiento de las herejías, las luchas intestinas, la pugna con los poderes imperiales, las guerras llamadas religiosas, el Iluminismo, y así en adelante hasta los totalitarismos del siglo XX, que dejaron millares de mártires. Pareciera que la oscuridad gana, que gana el odio, la envidia, la indiferencia, la cobardía, la hipocresía. Pareciera que ganan todas las «obras de la carne» como las llama san Pablo. Pero la luz de Belén la que gana, la luz del Niño que nos ha nacido, la que nunca se ha extinguido, porque «ha envuelto» a todos los que llevan la marca de Jesús, sus testigos, aquéllos que iluminados por la fe viven la esperanza que no defrauda y la caridad que hace que el mundo crea. Ninguna crisis de la humanidad puede opacar esa luz.

Si conociéramos el Don de Dios, y la luz que nos ilumina. Veámosla con ojos de fe, dejémonos guiar dócilmente por ella, para obrar la transformación del mundo, su transfiguración, cada uno según su vocación y elección, y según el mandato recibido del Señor.

Ayudemos a cambiar las familias, las comunidades, la parroquia, el trabajo, la escuela, la fábrica, la oficina, todos los ambientes, con la luz del Niño de Belén. Hay que orar mucho, aceptar la Cruz, vivir la resurrección, vivir el amor, porque el Niño ya nació y retornará glorioso, no sólo en nuestros corazones sino en espíritu y en verdad, cuando el Señor restaure todas las cosas.

            La Virgen Santísima de la Navidad nos ayude e ilumine en nuestro caminar.

Mons. Oscar D. Sarlinga
Obispo Auxiliar de Mercedes - Luján


24 de diciembre de 2005

 

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