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Homilía de Navidad de Mons. Luis Stöckler, Obispo de Quilmes

Domingo 25/12/05
 

Mis queridos hermanos y hermanas en Cristo:

Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que crea en Él no muera, sino tenga vida eterna. Hoy en la memoria del nacimiento de Jesucristo, celebramos la manifestación de ese amor insondable del Padre. Conociendo el desenlace de la vida de Jesús en la cruz y la resurrección, apreciamos tanto más su amor que toca nuestro corazón cuando lo vemos como niño inerme y frágil en el pesebre. El vino para traer la paz a los hombres, a todos los hombres, en toda la tierra. Porque todos son amados por Él.

El relato del nacimiento de Jesús en Belén, no puede ser mas sencillo. Hay que mirar y escuchar nomás,... y Creer. No se da ninguna explicación, ninguna reflexión. Simplemente se cuenta lo que ha sucedido. José y su esposa María salieron de su ciudad de Nazaret por el decreto del César que había mandado un censo en todo el imperio y llegan a Belén, ciudad de origen de José, para empadronarse allí. Mientras se encontraban en esta ciudad donde había nacido David, le llegó la hora a María y así nació en el mismo lugar, Jesús. Realzado en las escrituras como el Hijo de David y el Mesías, nace en la pobreza de un refugio para animales, y la madre lo recuesta en un pesebre. Los primeros que son avisados de este nacimiento son pastores que pernoctaban al aire libre junto a su rebaño; una luz los envuelve y un ángel les anuncia que les ha nacido el Mesías, el Salvador. Y junto al ángel escuchan una multitud de ángeles que alababan a Dios diciendo "Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres amados por Él".

El modo más simple para comprender lo que ha pasado en Belén, es representarlo con un pesebre viviente. Esta costumbre se inició con el ingenioso Francisco de Asís. Allí en Greccio, tres años antes de su muerte. Esto dio origen a los belenes que se arman hoy en nuestras casas. Hay que estar delante del pesebre y contemplarlo. Como si uno mismo fuera uno de los pastores, o uno de los magos que vinieron de lejos para adorarlo. Contemplar al niño y asombrarse con que Dios Eterno se halla hecho uno de nosotros, pobre, frágil, sin defensa, necesitado de nuestra protección, nos hace sentir que son pocas las cosas que necesitamos y lo que cuenta es el amor. El Dios eterno e invisible se ha hecho presente, se encarnó. Lo podemos ver y tocar. Y San Ignacio dice en sus ejercicios en esta contemplación "Y todo esto por mí". "Todo esto por Ti hermano y hermana".

El amor de Dios lo sentimos sobre todo cuando nos identificamos con el mismo niño en el pesebre. Por lo pronto descubrimos con asombro la gratuidad de nuestra existencia. No hicimos nada para venir al mundo. Fuimos llamados a la vida por la voluntad del que nos ha pensado y amado desde toda la eternidad. Nos procuró una familia para que nos cuidara, y nos regaló amigos que nos sienten parte de sí mismos. Nos dio la Iglesia que nos cobija y nos hace sentir la familia grande que comienza ahora y nos prepara para la comunión eterna de los santos. La necesidad del amor la sentimos desde el inicio de nuestra vida y va en aumento con el correr del tiempo. Ser amado y amar es la razón de nuestra existencia. Es esto lo que nos hace comprender al Niño en el pesebre.

El asombro por la sencillez de nuestro Dios, que se ha encarnado, es superado solamente por la sencillez mayor de su encarnación en el pan y el vino en la Eucaristía. La misa, sacrificio perenne de Cristo es también Navidad permanente y nosotros el pesebre.

Lo decía un antiguo poeta:
"Si Cristo hubiera nacido mil veces,
 pero no en ti,
 mil veces estarías perdido".
Es este mi deseo, que seamos pesebre para que tengamos una feliz Navidad.
 

Luis T. Stöckler
Obispo de Quilmes

Quilmes, 25 de diciembre de 2005.

 

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