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Carta pastoral de monseñor Joaquín Piña,

obispo emérito de Puerto Iguazú
 
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12 de noviembre de 2006 -


 

SANTOS MÁRTIRES DE LAS MISIONES

 

 

Hermanos y amigos:

El próximo viernes es la Fiesta de los Santos Mártires de las Misiones, Roque Gonzáles de Santa Cruz, Alonso Rodríguez y Juan del Castillo.

Cuando en 1988 visitó el Paraguay  el Papa Juan Pablo II, los “Canonizó”. Que quiere decir que nos los propuso como modelo e intercesores delante de Dios.

En aquel entonces, les escribí una Carta Pastoral, en la que señalaba  algunos puntos que nos podrían llevar a la reflexión. Hoy  me quiero fijar sólo en un aspecto, el de su martirio. El sacrificio, la entrega total de su vida, su sangre derramada, unida a la de Cristo. Porque los años me han ido enseñando, cada vez más, lo que ya decía San Pablo, que “sin sangre derramada, no hay redención”.

Es decir que, no vamos a ser auténticos cristianos, discípulos de Jesús, sin recorrer, al menos un poco, el camino que Él recorrió. Es lo que decimos el “misterio pascual”, que resume toda la vida de Jesús: Su muerte y su resurrección.

Claro que se puede morir de diferentes maneras. A los mártires les quitaron la vida, (para abrirles las puertas de la celestial), con un solo golpe de “itatizá”, (un acha de piedra que usaban los indios. Hoy sería con un tiro, o con un accidente provocado, como el caso Angellelli)

Otras veces nos la quitarán de a poco. Puede ser un martirio prolongado. Hay distintas formas de dar la vida, pero todas incluyen esto tan esencial, y que nos identifica con Cristo, que es el dolor.

 Yo les puedo decir que he sido muy feliz en mi vida. Jamás me arrepentí de mi vocación. Nuestro Señor me ha hecho muchos regalos; y he recibido de la gente mucha comprensión y cariño. Estoy seguro de que me han valorado en mucho más de lo que soy. (Me refiero, en particular, a lo que ha ocurrido  al final de mi ministerio, al dejar mi cargo al frente de la Diócesis de Yguazú)

Pero, como dicen en mi tierra, “la procesión va por dentro”.

Feliz, pero sufriendo, en todas las etapas de mi vida... Aunque no me quejo, ni me arrepiento, porque esto es lo que más me acercó a Jesús. No podemos seguir coronados de rosas, como decía una Santa, a un Señor que murió coronado de espinas.

Claro que no somos doloristas. Porque somos hombres de fe, y sabemos que la vida de Cristo, -¡y de los cristianos!-, no termina con la muerte, sino en la resurrección.

Como ha sido con todos nuestros grandes modelos. Por esto he querido empezar evocando a nuestros Mártires  de las Misiones. Pero no son los únicos. En la Capilla San Roque Gonzáles, en Asunción, (donde se conserva su corazón incorrupto), hay una  lápida de mármol blanco, en la que están  grabados los nombres  de otros 30 mártires jesuitas de las Misiones.

Yo he conocido a otros muchos. –jesuitas y no jesuitas-, que fueron modelos para mí. Uno de ellos, Lucho Espinal, en Bolivia. Pienso en el que fue nuestro Superior General, Pedro Arrupe,  (¡y lo que sufrió!) Y en nuestro Obispo Mártir, Enrique Angellelli,  y Monseñor Romero, el Arzobispo del Salvador, (asesinado al pie del altar) y los Sacerdotes  Jesuitas asesinados en el Salvador.  Y estos otros grandes Obispos a quienes admiro. Algunos viven todavía, como Samuel Ruiz, el emérito de Chiapas, o Pedro Casaldáliga, de Sao Felix de Araguaia. Otros se fueron ya con el Señor, como Zaspe, Devoto, D. Jaime De Nevares,  Jorge Novak y Jorge Kémerer, aquí en Misiones.

Para ninguno de ellos las cosas fueron fáciles. Pero felices ellos que nos dejaron este ejemplo. Realmente que la vida vale la pena cuando se puede dejar alguna huella. Y es muy triste si uno pasa por este mundo  sin dejar nada para los demás.

Demos gracias a Dios que nos ha concedido conocer a estos modelos. Y pidámosle que nos siga enviando nuevos evangelizadores que puedan seguir sembrando como lo hicieron  Roque y sus compañeros. Que el Dueño de la mies haga que aumente y se multiplique su número, y sobre todo su celo apostólico. Que, como aquellos que nos precedieron, seamos valientes y eficaces, hasta dar la vida. Del modo que sea. Como Dios quiera.

Un saludo cariñoso de su Padre Obispo  

 

 
Mons. Joaquín Piña Batllevell

 

Obispo emérito de Puerto Iguazú

 

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