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Homilía en la Solemnidad del
Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

 

Queridas hermanas y hermanos:

Preside nuestro ánimo la íntima y profunda certeza de que Dios es Amor.
Acabamos de escuchar de labios de Jesús, a través del Evangelio de Marcos:
«Tomen, esto es mi cuerpo»
«Esta es mi sangre, la sangre de la Alianza, que se derrama por muchos».

La institución de la Eucaristía es culminación de la existencia terrena de Jesús. En la cena de la víspera, su última cena, anticipó incruentamente lo que consumó de un modo dramático y estremecedoramente cruento, pocas horas más tarde, al entregar su cuerpo y su sangre, toda su vida, en el árbol de la cruz como don y obediencia al Padre por amor a nosotros. Y al tercer día el Padre lo resucitó en el poder del Espíritu. Misterio de la fe. Misterio de Dios Amor.

Entre esos «por muchos», queridos hermanos y hermanas, estamos cada una y cada uno de nosotros. De un modo muy personal, de forma muy concreta y directa somos salvados, redimidos, rescatados, liberados del mal, del pecado y de la muerte eterna, gracias al sacrificio amoroso en el que Jesús entrega su vida. Somos conquistados por Dios Amor a precio de toda la sangre de Jesús. Murió exangüe: de su costado abierto manó sangre y agua. Dejémonos tocar, transformar y convertir por el amoroso fuego de esta sangre.

 

El sacrificio pascual

Sabemos que la Pascua de Cristo incluye su pasión, muerte y resurrección. Mediante esta experiencia tremenda, dolorosa y gloriosa, Jesús concreta el misterio pascual que establece la alianza nueva, definitiva y eterna, de Dios Amor con nosotros.

En cada Misa “anunciamos su muerte y proclamamos su resurrección hasta que vuelva”. En cada celebración Eucarística se renueva y actualiza por entero, completamente, el misterio pascual. Al participar de la Misa ofrecemos a Jesús, víctima divina, y con Él, por Él y en Él, nos ofrecemos también nosotros con la totalidad de nuestras vidas. Es el culto agradable a Dios. Es la fuente y la cumbre de nuestra existencia personal como cristianos.

 

Imperiosa necesidad vital

Tan incomparable es su centralidad y su importancia para nuestra vida concreta y cotidiana, que los hijos e hijas de la Iglesia por precepto hemos de participar de la Santa Misa, al menos todos los domingos y fiestas de guardar. El precepto dominical es una ayuda pedagógica cargada de sabiduría: cuanto con mayor asiduidad y fidelidad participamos de la Eucaristía, más y más nos vamos compenetrando de la misteriosa fecundidad de este misterio de la fe y del amor.

Lo que pudo haber comenzado siendo una obligación se nos transforma en una gozosa e imperiosa necesidad vital. Nos deslumbra el asombro y comenzamos a comprender interiormente la hondura de verdad que nos comunica Jesús con estas sus palabras: “Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán vida en ustedes... mi carne es la verdadera comida y mi sangre la verdadera bebida... El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna y yo lo resucitaré en el último día... El que come mi carme y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él” (cf. Jn 6, 53-56).  

En esta tarde de fiesta celebramos la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, como Iglesia particular de San Martín, que peregrina en ese partido y en este de Tres de Febrero.

 

Camino pastoral diocesano 

Iglesia diocesana, que como parte viva del Cuerpo de Cristo, desde hace ya casi cinco años es impulsada a ser casa y escuela de comunión para la nueva evangelización y la solidaridad.  

Al comenzar el nuevo milenio que transitamos, el papa Juan Pablo II propuso como un gran desafío: hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión. Muchos de ustedes al participar activamente de las Asambleas de Decanato y de las dos últimas Asambleas Diocesanas asumieron el hacer propio este desafío, especificando como finalidad: para la nueva evangelización y la solidaridad.

 

Vivir la espiritualidad de comunión 

Juan Pablo II también nos indicó que antes de programar iniciativas concretas, es necesario promover una espiritualidad de la comunión. Espiritualidad de la comunión que significa, ante todo, contemplar el misterio de Dios Trinidad que habita en nosotros y cuya luz hemos de reconocer en el rostro de los hermanos. Espiritualidad de la comunión significa, además, capacidad de sentir al hermano en la fe en la unidad profunda del Cuerpo místico y, por tanto, como uno que me pertenece, para saber compartir sus alegrías y sus sufrimientos, para intuir sus deseos y atender a sus necesidades, ofreciéndole una verdadera y profunda amistad.  

Espiritualidad de la comunión es, asimismo, capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios; es capacidad para reconocerlo diferente y respetarlo como tal sin pretender hacer de él una fotocopia nuestra. Espiritualidad de la comunión es, en fin, saber dar  espacio al otro y hacer siempre un lugar para el hermano excluido, llevando mutuamente la carga de los demás y rechazando las tentaciones egoístas o soberbias que nos asechan (cf. Novo millennio ineunte 43). 

El Santo Padre Benedicto XVI nos enseña que la espiritualidad de la comunión tiene que concretarse en un darme a mi mismo: para que haya amor no sólo he de compartir mi dinero y mis cosas hasta que duela, también yo he ser parte del don como persona. Para tener este íntegro y verdadero amor por el otro, aún por el enemigo, necesitamos amor de caridad que se alimenta del encuentro con Cristo. (cf. Deus caritas est 34). La comunión con el Cuerpo y Sangre de Cristo en la Eucaristía es la que realiza el encuentro más real, total y pleno con Cristo Jesús. 

Sabemos que cuando el cristiano tiene conciencia de pecado grave necesita recurrir al sacramento de la Reconciliación, para luego poder participar plenamente del Sacrificio eucarístico en la Sagrada comunión (Catecismo de la Iglesia Católica 1385).  

 

Decididos apóstoles: discípulos y misioneros 

La Eucaristía y la Penitencia son dos sacramentos estrechamente vinculados entre sí. Aunque no tengamos conciencia de pecado grave, la confesión frecuente de los pecados veniales hace que nos encontremos con la gracia del Señor. Confesarse es permitir y aceptar que sea Cristo quien con su mirada, misericordiosa y tierna, llegue hasta el fondo de nuestro ser arrepentido y vaya restañando heridas, borrando aquellas cicatrices de la sensibilidad o del corazón, que aún nos traban o dificultan el poder amar con un amor sin medida, mediante actos cada vez más certeros, generosos y concretos.  

Además, el hecho de dejarnos lavar por Jesús –de poco en poco tiempo: cada dos o tres semanas, cada mes– mediante el Sacramento de la Reconciliación, nos fortalece para rechazar con mayor prontitud y lucidez las tentaciones inevitables; también nos educa en la humildad imprescindible para asimilar mejor la totalidad del Evangelio y adorar más ardientemente el inefable don eucarístico.  

Queridas hermanas y hermanos: 

Para que nuestra Iglesia diocesana crezca eficazmente, de día en día, como casa y escuela de comunión para la nueva evangelización y la solidaridad, hagámonos –cada uno de nosotros y, a la vez, todos juntos– decididos apóstoles de la Misa dominical y de la confesión frecuente.  

Para que lo guarden muy bien en la memoria y el Espíritu Santo se los grabe en lo más hondo del ser, les repito: hagámonos decididos apóstoles de la Misa dominical y de la confesión frecuente. Y santa María virgen, madre de Cristo y de la Iglesia, señora de Lourdes, sonriente y feliz a causa de nuestra mayor docilidad en el ser discípulos y de nuestra audaz valentía en el vivir como misioneros de Jesús, nos guardará bajo su manto. Amén.

 

+ Guillermo Rodríguez–Melgarejo

 Obispo de San Martín

Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo

  17 de junio de 2006

 

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