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CARTA PASTORAL DE MONS. OSCAR D. SARLINGA,
 OBISPO DE ZÁRATE-CAMPANA,
CON MOTIVO DE LA
PASCUA DE RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

 

A los sacerdotes, religiosos, religiosas, seminaristas,

A los fieles laicos, hermanos y hermanas tan queridos en el Señor,

A los cristianos de distintas confesiones y a todas las personas de buena voluntad de esta diócesis de Zárate-Campana:

 

I. LA TUMBA VACÍA

 

Hoy nosotros, en el espíritu, levantamos también los ojos para mirar a Jesús, al que podemos creer yacente. Y sin embargo, en lugar de ello, hallamos removida la piedra del sepulcro. A Jesús no lo encontramos más en la tumba, ya no está muerto, Él es el Resucitado por los siglos. La piedra tumbal ya no cuenta. Así nos lo refiere el Evangelio de la Vigilia Pascual: “Y levantando los ojos ven que la piedra estaba ya retirada; y eso que era muy grande”. Las mujeres, primeras testigos del Resurgir de Jesús, estaban espantadas ante lo que veían. Las consuela la visión de un joven, sentado en el lado derecho de la tumba, que les asegura: “No se asusten. Ustedes buscan a Jesús de Nazaret, el Crucificado; ha resucitado, no está aquí”.

 

Quizá también nosotros, muchas veces temerosos ante tentadores signos de desesperanza, que llevan a hacer dudar de si Jesús y su Iglesia yacen en la tumba, también nosotros, decía, elevamos los ojos en busca de una luminosa y alentadora respuesta. Y la respuesta, la única, la eterna por excelencia es la que el joven dio a las mujeres: No se asusten, el Crucificado no está en el sepulcro, ha resucitado. Él es el Resucitado glorioso por la eternidad, El que Es, el que vendrá. Éste es el centro y quicio de nuestra fe. La respuesta de la fe surge del corazón humano y a la vez lo transforma, dándonos valentía, fuerza, dinamismo espiritual e interior, pues la fe es «puerta» de la esperanza y del Amor que todo lo puede.

 

En verdad, la virtud de la fe, lejos de esclavizarnos, nos da «alas de libertad» para ser testigos de Cristo y artífices de la «civilización del Amor». No tengamos miedo de los signos que intentan hacernos ver un Cristo y un cristianismo como muertos o semi-muertos. Cristo está vivo, su Iglesia también está viva, pues la vivifica constantemente el Espíritu Santo, «resucitador».     

 

II. «ALAS DE LIBERTAD»

 

Dijimos que la fe nos da «alas de libertad», porque en primer lugar la fe en Jesucristo es un «don», un regalo divino que nos ayuda a permanecer con Cristo, «el Libre» por excelencia. El conocimiento interior que nos da la fe, al mismo tiempo, nos ayuda a entender a Dios, a nosotros mismos como seres humanos y al mundo. La fe no quita la libertad, antes bien, supone una respuesta «desde y en la libertad». Más aun, esto es lo específico del camino de vida cristiano, del seguimiento a Cristo, es la «forma de andar» ese camino cristiano, en la libertad. Esta última caracteriza el camino moral que Jesús propone. En esto se basa la llamada «ética de la fe» que nos da «alas de libertad», esto es, un camino moral que nace del encuentro gozoso con Jesús, un encuentro que se transforma en realidad humana significativa en sentido pleno, «llena de sentido».

 

Y, ¿a qué libertad nos referimos los cristianos?. A la libertad en sentido pleno. Principalmente a la libertad del “(…) don de uno mismo en el servicio a Dios y a los hermanos[1], esa libertad que adquiere su fuerza en la respuesta espontánea que damos al «llamado» del hermano y de la hermana, al llamado del servicio del prójimo[2].  Jesús mismo dio una respuesta libre, pues tuvo la libertad de entregarse: “Tengo el poder de entregar mi vida…” (Jn 10, 18c). Es la libertad de darse enteramente, que Jesús ejerció no guardándose nada para sí (Cf. Fil 2,6) sino dándolo todo a la humanidad.  El Cristo Resucitado es y será siempre «Aquel que sale a nuestro encuentro», para quedarse «con nosotros», cual «Emmanuel» («Dios-con-nosotros») que resurgió para siempre de entre los muertos. Nada puede ya interponerse entre nosotros y Su humanidad resucitada; la piedra fue «echada a rodar», fue removida para siempre por el Espíritu.

 

 

III. LA COMUNIDAD CRISTIANA CONSTRUIDA «EN Y CON EL RESUCITADO»

 

No podemos construir comunidad cristiana, ni «humanidad nueva», esto es, renovada en el Amor, sin la presencia del Resucitado. Y a esa misión fuimos llamados. Los mismos valores, que en sí son constructores de comunidad y sociedad, se verían vaciados sin una dimensión «trascendente«, esto es, sin un contenido religioso. Es lo que la gran filósofa del siglo XX, Santa Benedicta de la Cruz (Edith Stein) llama «la incorporación a Dios de los valores» como principios de unidad que conducen a la constitución de una comunidad: “La fuerza unitiva de los valores: el universo de los valores (incorporados en Dios) actúa constantemente de modo actual y constituye objetivamente la comunidad humana[3].

 

Estamos llamados a una misión. Hoy la Iglesia está llamada a afrontar desafíos nuevos, y está dispuesta a dialogar con culturas y religiones diversas, tratando de construir con toda persona de buena voluntad una humanidad renovada, dentro de la convivencia pacífica de los pueblos y de las culturas. Así, el mismo campo de la misión «ad gentes» se ha ampliado notablemente, y no se puede definir sólo basándose en consideraciones de tipo geográfico o jurídico. Existen hoy nuevos «areópagos» (ámbitos de la cultura contemporánea que esperan la evangelización), nuevas «zonas de humanidad» (como las llamaba Pablo VI en la Evangelii nuntiandi), nuevos destinatarios de la actividad misional, en nuevos ámbitos socioculturales. Pero sobre todo la misión quiere llegar a los corazones humanos, en el cumplimiento de un mandato cuya fiel realización exige humildad, valentía, paciencia, prudencia (esta última no en el pseudo-sentido de «restringirse de obrar» sino en el sentido de «obrar efectivamente, y obrar bien»), todo ello con una escucha atenta de la voluntad de Dios y el discernimiento de los «signos de los tiempos».

 

La Iglesia está llamada a poner todas sus fuerzas para servir a la comunidad humana según el Reino de Paz y Justicia del Señor, confiando en el Resucitado, que no la abandonará. En ese sentido se ha expresado recientemente Benedicto XVI: “Sí, la Iglesia está llamada a servir a la humanidad de nuestro tiempo, confiando únicamente en Jesús, dejándose iluminar por su Palabra e imitándolo en su entrega generosa a los hermanos. Ella es instrumento en sus manos, y por eso hace lo que puede, consciente de que es siempre el Señor quien realiza todo[4]

 

Quiera Dios que renazca en nosotros en esta Pascua el deseo ferviente de ponernos enteramente al servicio de la Causa de Jesús, de su Reino de Amor y Justicia. Que florezca la paz, que renazca la confianza en la Iglesia, que aprendamos cada día más a «servir» a la comunidad cristiana y humana y a no «servirnos de» ella. En un servicio desinteresado y mancomunado, en especial a favor de los más pobres, de los enfermos, de los que sufren, de los que necesitan de una nueva evangelización, allí estará nuestro tesoro espiritual.

 

Este año, el 21 de abril, nuestra diócesis de Zárate-Campana cumple 30 años desde que fuera erigida por el Papa Pablo VI. Pidamos sobre la entera comunidad diocesana la Luz del Resucitado y la intercesión de la Virgen Madre (nuestra Patrona bajo la advocación de Nuestra Señora de Luján), a quien Él nos confió desde la Cruz. Si me permiten el decirlo, en el día de la primera misa crismal que como Obispo de esta diócesis celebro, cumplo también tres años desde que el venerado Papa Juan Pablo II me eligiera para el episcopado, un 12 de abril de 2003. Les pido que recen por el ministerio episcopal que el Señor Jesús me ha encomendado y por la misión pastoral que el Santo Padre Benedicto XVI me ha confiado entre ustedes.  

 

Feliz y Santa Pascua de Resurrección, queridos hermanos y hermanas, de parte de su Obispo, quien los quiere y bendice, también a quienes tomen contacto con esta carta a través de los medios de comunicación social.

 

¡Paz a ustedes y a toda su familia!.

 

 +Oscar D. Sarlinga

                                                     Obispo de Zárate-Campana

                                                          11 de abril, Zárate-Campana

 


 

[1] JUAN PABLO II, Enc. Veritatis splendor, n. 87.

[2] Así se lo puede ver en distintos textos del Nuevo Testamento, como V.gr. lo refiere tanto un texto joánico (Cf. Jn 8, 31 ss) como uno paulino (Cf. Gal 5,1).

[3] STEIN, EDITH, La pasión por la verdad, Buenos Aires, 2003, p. 152.

[4] BENEDICTO XVI, Discurso del 11 de marzo de 2006 a los participantes en un congreso con ocasión del cuadragésimo aniversario del decreto del Concilio Vaticano II «Ad Gentes», convocado en Roma por la Congregación para la Evangelización de los Pueblos.

 

 

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