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Homilía de Mons. Oscar Sarlinga ,Obispo de Zarate Campana, en las ordenaciones sacerdotales en Escobar

 

            -Queridos sacerdotes, diáconos, seminaristas, religiosos, religiosas, queridos hermanos y hermanas en el Señor-Queridos hermanos e hijos, Hernán y Albino, que hoy serán ordenados sacerdotes por imposición de las manos del Obispo y oración consagratoria, que infundirá en ustedes el Espíritu sacerdotal. -Manifiesto mi cordial saludo al Cura párroco de este lugar, Pbro. Atilio Rossate, y por supuesto a los integrantes de las familias Chávez y Cabral, de donde el Señor eligió a estos dos hermanos nuestros. Tener un hijo sacerdote constituye para la familia un  gran signo de bendición y de paz. -Un saludo y especial gesto de gratitud para con el Sr. Rector del Seminario de Gualeguaychú, donde han sido enviados a formarse nuestros seminaristas desde el año 2001, y a los formadores de dicho Seminario, donde Hernán y Albino han hecho sus estudios eclesiásticos.

I.                   LA IGLESIA CUERPO DE RECONCILIADOS Estamos aquí como Pueblo de Dios y como Cuerpo de Cristo, Iglesia congregada en Él, que es "el Salvador de su cuerpo", como nos refiere el Apóstol Pablo (Ef 5,23). Esta iglesia de Belén de Escobar, hoy colmada para la ordenación sacerdotal de estos hermanos nuestros, está llena de fieles cristianos, que adhieren por la fe, y quieren contribuir a mantener la Iglesia en su naturaleza originaria de «comunidad de reconciliados», con la reconciliación que deriva del mismo Jesucristo, el cual, también según el Apóstol Pablo, es «nuestra paz» (cf. Ef 2,14). Es Jesucristo quien nos pacifica interiormente[1] con el Padre, creando así un «impulso de vida de gracia» que transforma al reconciliado en operador y transmisor de reconciliación.  En este mundo, y en el medio en que nos movemos cotidianamente hay mucho bien en obra, y mucha, muchísima gente buena y recta. Como hasta el fin de los tiempos se darán juntos «el trigo y la cizaña», tampoco faltan incomprensiones, divisiones, resentimientos, peleas, discordias, odios, envidias, injusticias. El tema es estos últimos no prevalezcan.  Por eso, el «certificado de autenticidad» de la obra de la Iglesia en pro de la paz verdadera, ha de ser esa regla que nos legó al respecto el gran Obispo San Ambrosio: "Inicia la paz desde ti mismo, para que, cuanto tú mismo estés pacificado, puedas llevar la paz a los otros"[2]. Paz en las personas, en las comunidades, en las naciones.   ¿Qué tiene que ver esto con una ordenación sacerdotal?. También mucho. La imposición de las manos del Obispo, Sucesor de los Apóstoles, y la oración consecratoria pronunciada por él, harán de estos hermanos nuestros sacerdotes de Cristo por la eternidad. Es verdad que todo el Pueblo de Dios es «sacerdotal» con el Sacerdocio común de los fieles, pero el presbítero, el sacerdote ordenado, ha recibido con su ministerio un sello imborrable (el llamado «carácter indeleble») en su ser más íntimo, que lo hace obrar en la Persona de Cristo, para celebrar el Sacrificio y Banquete de la Eucaristía, asimismo como el sacramento del perdón de Dios y todo lo propio sacerdotal.  Es la reconciliación con el Padre y con los hermanos la que edifica la Iglesia. El Señor Jesús confirió a los apóstoles y a los pastores de la Iglesia, sus sucesores, ese mismo ministerio (Cf 2 Cor 5,18). Ellos, obrando in Persona Christi, están consagrados y enviados para "edificar la propia grey en la verdad y en la santidad"[3], como nos dice el Concilio Vaticano II. Si bien el texto conciliar citado se dirige en primer lugar a los Obispos, es verdad que los presbíteros, en y con su Obispo, poseen el mismo mandato. Es en esta comunión, en esta concordia (palabra que significa «unión de corazones») como, al contrario de toda destructiva división, se aumenta la fuerza del testimonio, se clarifica la razón de la existencia misma del ministerio ordenado, y se ilumina y fortalece incluso la credibilidad eclesial[4], a veces oscurecida, ya por el vituperio, o bien, desgraciadamente, por dolorosas acciones, las cuales en el fondo están como marcadas por un sentido de la autodemolición, característica ésta propia del pecado. Si amamos a la Iglesia, nosotros todos, sus miembros, hemos de querer aportar con alma y vida a su continua construcción en el Espíritu que la guía y la fortalece.   

II.                  II. EL BUEN PASTOR «Yo soy el Buen Pastor» dice Jesucristo de Sí mismo. El sacerdote, ministro de Dios, está hecho, por la ordenación, a imagen del Buen Pastor, el que «da la vida por sus ovejas», el que las conduce «a los pastos abundantes que son vida», que son los de la iluminadora fe, los de la esperanza que no defrauda y nos impulsa a emprender proyectos trascendentes, los de la caridad auténtica en todas sus vertientes, también la social, esto es, también ésa que se manifiesta en este inicio del tercer Milenio como la «nueva imaginación de la caridad» (que nos legara como programa pastoral Juan Pablo II), para construir la anhelada civilización del amor, la civilización que espera una concreción de nuestra parte.  El sacerdote a imagen del Buen Pastor cuida de todas sus ovejas, pero busca especialmente la oveja perdida, figura simbólica que, de hecho, hoy día constituye la masa de los cristianos que lo son porque recibieron, sí, el bautismo, pero están alejados, o enojados con Dios y con la Iglesia, y de aquellos que han sido ganados por el secularismo, o que viven como si Dios no existiera, sin olvidar alguno que pudiera haber sido escandalizado. El sacerdote que actúa a imagen de Jesús Buen Pastor no busca solamente a aquellas ovejas del rebaño con las que a él le gusta estar, con la que se siente más cuidado, o retribuido en el afecto (y no porque esto último esté mal, sino simplemente porque no debe constituir un condicionamiento). No sea que, ganado tal vez por el desencanto o el desgano de extender la evangelización, el pastor sea remiso en sus deberes, lento o poco proclive a pastorear el rebaño pero pronto a esquilarlo, dicho sea esto en un sentido amplio. Como el ministerio sacerdotal que recibimos viene de Dios, nunca podríamos considerarnos exentos del deber de «gastarnos y desgastarnos» por la misión eclesial, que es Su obra para la salvación del mundo. De hecho, el mandato evangelizador que el Señor nos dio es para distribuir a manos llenas. Si pretendiéramos guardarlo egoísticamente, sea por autorreferencia, comodidad o autocomplacencia, haría como una implosión «contra natura» en nuestro espíritu e incluso en nuestro psiquismo, pudiendo hasta convertirse en un peligroso «boomerang existencial». Lo esencial es la unión del sacerdote con Cristo en la oración, en la sacramentalidad de su ministerio y en la autodonación. Es lo que nos mueve a actuar en su Nombre, en el Nombre de Jesús. Por otra parte, ha podido verse a lo largo de los años que no pocas crisis sacerdotales comienzan a manifestarse con el disgusto de la oración, el desgano por la pastoral, el desengaño (a veces injusto y a veces algo justificado) del resto o parte del presbiterio, y del abandono de la generosidad en la entrega que ha de caracterizarnos. Cuidémonos sobre todo, hermanos, de no escandalizarnos los unos a los otros, dicho esto en sentido bíblico más pleno; antes bien, edifiquémonos en Cristo con la amistad y la fraternidad, dentro de la justicia.  Dentro del ámbito pastoral que el Obispo le haya confiado, y desde la perspectiva de fe que la unidad primera de Iglesia es siempre la diócesis, el sacerdote, respetando, considerando y alentando las vocaciones específicas que se dan en todo el Pueblo fiel, sirve a éste último, «presidiéndolo en la caridad», no como dueño, o «dominador», sino como servidor auténtico y modelo del rebaño. Así, en comunión con su Pueblo, evangeliza, administra los sacramentos, predica, misiona, promueve la catequesis y la caridad social, quiere, de última, pastorear, lo cual incluye –no podemos soslayarlo- el ejercicio lúcido y sacrificado del gobierno pastoral o pastoreo. El equilibrio es difícil, es cierto. La tentación del autoritarismo siempre permanece latente en el corazón humano (tentación no pocas veces manifestada en la manipulación de los demás, incluso sutilmente). Pero también existe una difusa mentalidad contraria, también riesgosa, de «no querer quedar mal con nadie», de no querer saber de ningún tipo de problemas ni de afrontarlos, de tener como un cierto miedo de todo y en especial de tomar decisiones. El pastoreo exige amar a todos con guía amorosa y recta, ni autoritaria ni fláccida, ni manipulable ni manipuladora, sino en el Espíritu y según el Evangelio y la enseñanza de la Iglesia. Esa guía por parte del Pastor requiere primero de la escucha interior de la voz de Dios y del Evangelio, expresada en la conciencia sacerdotal y también en los legítimos Superiores, y, por supuesto, en la escucha atenta y respetuosa del Pueblo del Señor, de sus necesidades, de su clamor.    En este orden, la promoción eclesial del laicado es esencial, dentro de la misión que los laicos recibieron por el bautismo. No olviden, por favor, el impulso, aliento y crecimiento del apostolado laical, de ese laicado que primero tiene que ser evangelizado, y luego, como natural consecuencia, evangelizador. No queramos hacerlo esto último si antes no es lo primero. El despertar del laicado en la comunión orgánica es para nosotros una gran esperanza. En este sentido, recordemos también, como pidió en su momento el Papa Benedicto XVI a los sacerdotes de Roma, en 2006, el prestar una «atención especial a la situación de las familias, en defensa de la vida» y el dedicarse «al servicio de los demás, sobre todo de los pobres y los enfermos,  (…) con el "sentido último de la Cruz"[5]. Una última cosa que les encomiendo, como fuente de bendición, queridos hermanos e hijos, es la fraternidad sacerdotal –la real, la basada en la verdad y en la fe compartida. Cuando es bien vivida, constituye un aliciente de sanación y elevación, como una especial transmisión de la Gracia. Los ayudará incluso grandemente a que su celibato dé mucho fruto. En cambio, los pactos o intereses de línea, o incluso de tal o cual orientación u estilo, cuando son excluyentes, no generan fraternidad sino más bien la sospecha y la discordia. El sacerdote cabal tiene que poder dar la mano franca, a todos, y en especial, diría, al otro sacerdote. Me refiero a la mano amiga al hermano que lo necesita, con el cual me une una comunión sacramental. Y este otro tiene que procurar merecerlo, cambiando incluso actitudes que fueren incorrectas. Hay que hacer lo bastante por resucitar la antigua praxis espiritual de la corrección fraterna. Sepamos que los laicos son sensibles al tema del buen entendimiento y armonía entre los sacerdotes, y lo captan con prodigiosa capacidad. De más estaría decir que todo esto forma parte nada pequeña del testimonio evangelizador.

III.                 III. RECOMENDACIÓN FINAL Queridos Hernán y Albino. Si alguna vez se sienten cansados, agobiados, no se cansen. Parece una paradoja. Pero constituirá una gran verdad si dejan que la fuerza del Espíritu los anime siempre por dentro. La Cruz y la Resurrección de Cristo van a quedar impresas en sus almas para siempre (¡Recuerden siempre las palabras del Obispo al momento de la entrega del cáliz y la patena!). Van a ser configurados con Cristo de manera que de modo eminente y visible lo representen y «hagan sus veces»[6]. Imiten, se lo pido de corazón una vez más, el Amor con el cual Cristo se inmoló por su Pueblo, Él, que "amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella", como reza la carta a los Efesios (Ef 5,25). Oren siempre a Dios con fervor y confianza, poniendo todo en el Corazón de Jesús, el Misericordioso.  En fin, sean fieles a la Gracia recibida. El que es fiel, quiere seguir siendo fiel, aunque alguna vez, dolorosamente, caiga. Con la Fuerza del Señor y su gracia, se levanta y quiere no volver a caer. El que ya de movida no quiere ser fiel, aunque todavía se mantenga en pie, se caerá, y, si no se convierte, no se levantará. Lo verdaderamente malo es no tener la intención recta de ser fiel. En cambio, Dios siempre es Fiel, con mayúscula, y siempre está dispuesto a recibirnos, como al hijo pródigo, con los abiertos brazos paternales.   La Virgen Madre de Dios y de la Iglesia, Reina de los Apóstoles, en la Argentina venerada como Patrona bajo la advocación de Nuestra Señora de Luján, a quien hoy le pedimos su intercesión por el aumento, perseverancia y santificación de las vocaciones sacerdotales y religiosas, los guarde y acompañe siempre, teniéndolos de la mano, especialmente en los momentos de mayor necesidad. Amén. 

 

+ Oscar D. Sarlinga

                                               Obispo de Zárate-Campana


[1] Cf SAN JERÓNIMO, In Epist. ad Eph. 1, 2, en PL 26, 504

[2] SAN AMBROSIO, In Luc. 5, 58, en PL 15, 1737

[3] CONC. ECUM. VAT. II, Const. dogm. Lumen Gentium, 27.

[4] Cf PABLO VI, Exh. apost. Paterna cum benevolentia, II. La Iglesia, sacramento de unidad.

[5] Cf  BENEDICTO XVI, Encuentro tradicional al principio de la Cuaresma con el clero de la diócesis de Roma, 2 de marzo de 2006. 

[6] Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. dogm. Lumen Gentium, 21.

                                               

 

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