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Homilía de Monseñor Luis Stöckler, Obispo de Quilmes

Domingo 27/11/05

 

Mis Queridos hermanos y hermanas:
Comenzamos el año de la Iglesia. El adviento, tiempo de preparación para la Navidad.
Repetimos la historia de Jesucristo desde su nacimiento hasta la fiesta de Cristo Rey que celebraremos dentro de un año. Sin embargo no será igual al año que acabamos, porque la celebración litúrgica no es un simple recuerdo sino memoria de los hechos salvíficos que se actualizan en el presente. El año litúrgico es como la rueda de un automóvil que no cambia en sí al dar vueltas pero sí lleva a los viajeros a descubrir nuevos paisajes a medida que adelanta en el camino.

¿Qué esperamos del adviento?. El tiempo antes de Cristo y después de Cristo parecería que no marca ninguna diferencia. El anhelo de la paz mesiánica prometida en el Antiguo Testamento no se ha cumplido todavía. Cristo anuncia el Reino y sin embargo la violencia y las discordias entre los pueblos no han desaparecido. No podemos ver grandes diferencias entre países de tradición cristiana y otras culturas. Las injusticias las observamos en todas partes incluso debemos admitir que los genocidios monstruosos del siglo pasado se dieron justamente en países que alguna vez habían sido evangelizados, y los cristianos no han podido impedirlo. Los hechos nos enseñan que la oración del profeta Isaías que hemos escuchado en la primera lectura expresa hoy como en aquel entonces nuestra realidad.

"Tú estás irritado y nosotros hemos pecado, desde siempre fuimos rebeldes contra ti. Nos hemos convertido en una cosa impura y  toda nuestra justicia es como un trapo sucio".
¿Que significa entonces celebrar el adviento? Los textos que vamos a leer en estos domingos preparan a la vez para la venida definitiva de Cristo y a su primera venida en Belén.  Hablan de la manifestación de  su gloria, de su epifanía en la debilidad . Hay que entenderlo como una afirmación que la Fe en el Niño del pesebre es la fuente de esperanza del Cristo que está por venir sobre las nubes. La grandeza del Señor del Universo se prepara con la humildad del que vino a servir y no a ser servido. Jesús nos lo advirtió "Seremos juzgados por haberlo atendido en los pequeños, en los que tienen hambre y sed, en los presos y en los enfermos, en los sin techo y sin ropa". Nos puso sobre aviso y nos dice que perseveremos en vela, para que la rendición de cuentas no nos tome de sorpresa.

La Biblia nos exhorta a no dejarnos engañar por falsos profetas que se presentan con signos llamativos y prometen en nombre de Cristo la solución de los problemas económicos y condicionan el éxito en los negocios como una prueba que uno no es un elegido de Dios. El adviento nos enseña como en aquel entonces a los pastores y magos en Belén a descubrir que la presencia de Cristo está en las pequeñas. Como el portero de la casa debemos estar en vigilante espera y darnos cuenta del Dios escondido que llama a nuestra puerta. En este sentido es importante la asamblea dominical donde la palabra de Dios permanentemente nos despierta del sueño de la comodidad  y de la conformidad con el mundo que ignora a Cristo.
Es esencial que la celebración eucarística y especialmente la liturgia de la palabra sean el terreno de una iniciación permanente de la vigilancia en la Fe. Es aquí donde este Dios del universo se manifiesta siempre de nuevo bajo los signos humildes del pan. No se impone sino que nos invita. La aclamación después de la consagración será así sincera y fuerte, cuando lo invocamos a Cristo con el grito de la Iglesia primitiva: MARANATHA . Ven Señor Jesús.

Luis T. Stöckler
Obispo de Quilmes

Quilmes, 27 de noviembre de 2005.

 

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