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Homilía de Monseñor Luis Stöckler

Segundo Domingo de Adviento 2005

Mis Queridos hermanos :

Prestamos hoy atención a la lectura de la carta de San Pedro. Nos habla de la espera escatológica. Es decir el fin de los tiempos. Cuando esta carta fue redactada ya habían pasado varias décadas después de la muerte y resurrección de Cristo. La convicción de los cristianos sobre que el Señor volvería pronto para el juicio final, empezaba a flaquear. Había muchos cristianos que no lo habían conocido a Cristo cuando estaba en la tierra, y sólo sabían de Él como nosotros hoy, por el testimonio de los apóstoles. Al no sentir la urgencia de la llegada del Señor la conducta de los miembros de las comunidades cambiaba, y con el agravante que las autoridades del Estado no los veían con buenos ojos a los cristianos, y se avecinaban ya las persecuciones en las cuales el mismo Pedro muere violentamente.

Debía haber buenas razones para seguir fieles a la enseñanza exigente de Cristo, y para estar dispuesto a dar la vida por Él. En esta situación la carta reafirma la Fe que el Señor cumplirá lo que había prometido. Su tardanza es un signo de su paciencia. Porque no quiere que nadie perezca y si que todos se conviertan. San Pablo explica esta tardanza con el endurecimiento de una parte de Israel que durará como dice: "hasta que hubiese entrado la totalidad de los regalos y entonces sí Israel será salvado".

Si aplicamos este criterio hoy debemos decir con Juan Pablo II que estamos recién en la primavera de la evangelización y que tres cuartas partes de la humanidad todavía no ha recibido el mensaje de Cristo. El Papa no dijo esto para que nos quedáramos tranquilos sino todo lo contrario, para que tomemos conciencia de la necesidad de la misión. Si bien los paganos podrán salvarse por caminos que solo Dios conoce como dice el Concilio, sin embargo quedaría la pregunta si nosotros nos podremos salvar, y si por negligencia, por miedo, por vergüenza o por ideas falsas omitimos anunciar el Evangelio. Esto lo dijo Pablo VI.

Pedro nos advierte con las palabras del mismo Jesús que el día del Señor llegará como un ladrón, y ese día los cielos desaparecerán estrepitosamente, los elementos serán desintegrados por el fuego y la tierra con todo lo que hay en ella será consumida. Pero nosotros esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva donde habitará la justicia.

El hombre en el cual en cierto modo se encuentra resumida la creación entera en sus diversas manifestaciones, lo inerte , lo vital, lo sensitivo, lo emocional, lo intelectual; no está solo en la espera de su perfección. En efecto San Pablo dice "Toda la creación espera ansiosamente esta revelación porque también la creación será liberada de la esclavitud, de la corrupción, para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios". No sabemos como va a ser esta transformación final, como tampoco ningún científico puede explicar lo que ha sido el comienzo del Cosmos.

El cumplimiento de ese anhelo de un mundo nuevo dice San Pedro deberíamos entenderlo como una exhortación propia del tiempo del Adviento. Ya que todas las cosas se desintegrarán de esa manera, que santa y piadosa debe ser la conducta de ustedes esperando y acelerando la venida del Señor y agrega: "mientras esperen esto, procuren vivir de tal manera que Él los encuentre en paz". Es esto lo que Juan el Bautista llama: preparar los caminos del Señor y allanar sus senderos.

Cada uno debería preguntarse si con su conciencia está en paz, y si vive en paz con los demás. Preparar el camino del Señor significa hacer todo lo que está a nuestro alcance para que la paz reine en este mundo tan conflictuado. El mundo nuevo comenzó con el hombre nuevo que era Jesús. El mundo nuevo se hace presente en la Eucaristía en la cual un pequeño pedazo de la creación obedece ciegamente a la palabra del consagrante. El mundo nuevo se extiende a medida que nosotros permitimos que Jesús en la Eucaristía nos pueda transformar y ser signos de su presencia ahora y durante la semana, en los ambientes en los que se desarrolla nuestra vida.

Mis hermanos para terminar quisiera hacer alusión a una carta que se ha repartido y que ustedes pueden llevar y leer. La Carta dirigida a ustedes por los Obispos de la Argentina. Una carta que habla del sostenimiento de la Iglesia y sobre todo, que respondan con generosidad, para aprender a identificarnos con esta Iglesia, con todo lo que somos y con todo lo que tenemos. Si nosotros pretendemos que la Iglesia pueda vivir con autonomía debemos entender que nosotros somos la Iglesia y solamente con el aporte de todos sus integrantes será posible que la Iglesia tenga siempre esta libertad para trabajar en la Evangelización sin condicionamientos ajenos.

Mons. Luis T. Stöckler
Obispo de Quilmes

Quilmes, 04 de diciembre de 2005


 

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