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Homilía de Monseñor Luis Stöckler

La Transfiguración de Jesús

Mis queridos hermanos y hermanas en Cristo:

Los cuarenta días que estamos viviendo en preparación del Triduo Pascual no dejan dudas de lo que significa seguir a Jesucristo. Sobre todo cuando leemos el Evangelio de la transfiguración del Señor en su contexto. Jesús había anunciado con toda claridad a los apóstoles por primera vez que el Hijo del Hombre tenía que sufrir mucho y ser rechazado por las autoridades y que debía ser condenado a muerte y resucitar después de tres días.

Pedro entonces empezó a increparlo a Jesús, para que desistiera del enfrentamiento con el poder político. Lo que provocó a Jesús el reprenderlo fuertemente diciendo "Retírate de mí Satanás, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino de los hombres". Los apóstoles tenían miedo. Ellos percibían que acompañar al maestro se hacía peligroso. Cristo conocía sus miedos como conoce los nuestros, y para alentarlos a ellos y también a nosotros llevó a tres de ellos (que posteriormente fueron considerados las columnas de la Iglesia) al Monte Tabor donde en un acto místico lo vieron transfigurado frente a Moisés y al profeta Elías. Para comprender esta escena la liturgia nos lleva hoy a otra montaña donde Abraham tenía que sacrificar a Isaac. Dios había puesto a prueba al patriarca para saber si estaba dispuesto a no retener nada para sí, ni siquiera a su único hijo. Cuando Abraham manifestó su absoluta confianza en la promesa de Dios, que él sería padre de un pueblo numeroso, el hijo Isaac fue reemplazado por un carnero.

Esta Fe en la palabra de Dios y sobre todo en la promesa de la resurrección hizo que Jesús alentara a los tres apóstoles y les hizo ver como testigos oculares por un instante la Gloria que residía en Él. Pero a diferencia de Isaac Dios no perdonó a su propio hijo. Jesús sí, tenía que morir para derrotar al que esclaviza a los hombres por el miedo a la muerte. Es decir el demonio. Para abrir el camino de nuestra transformación, Él tenía que matar a la muerte en la cruz asumiéndola en nuestro lugar. En aquel momento los apóstoles no entendían que significaría resucitar de entre los muertos, pero lo que habían visto y oído quedó imborrablemente en su memoria. Después de muchos años Pedro dice en una de sus cartas "No les hicimos conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo basados en fábulas ingeniosamente inventadas sino como testigos oculares de su Gloria. En efecto el recibió de Dios Padre el honor y la Gloria cuando le dirigiera estas palabras: Este es mi hijo muy querido en quien tengo puesta mi predilección. Nosotros oímos esta voz que venía del cielo mientras estábamos con él en la montaña Santa"

Nosotros hoy, mis queridos hermanos podemos entender lo que los apóstoles no entendían cuando bajaban de la montaña para seguir a Jesús en el camino a Jerusalén.  Sabemos que la muerte no es una puerta cerrada si le seguimos al Señor, sino que es el tránsito hacia la Gloria que transforma. Contamos con el testimonio de muchos hermanos que nos han precedido y cuya vida fue confirmada por Dios aún después de su muerte. San Pablo hoy nos dice. "Él, que no escatimó a su propio hijo, sino que lo entregó por todos nosotros ¿no nos concederá  toda clase de favores? Vivir la cuaresma es contar con estos favores del resucitado ya, ahora y permitir que su Gloria transformadora se manifieste en nosotros y a través nuestro a los demás. La orden que dio Jesús en aquel entonces a los tres de no contar lo que habían visto, YA NO VALE.

Por el contrario como estos mismos apóstoles que después de la resurrección del Señor decían en el Sanedrín "Nosotros no podemos callar lo que hemos visto y oído", estamos nosotros urgidos a ser testigos de la Esperanza. El que contiene la promesa de Dios, como Abraham, el que cree en la presencia de Cristo en nosotros desde el bautismo, el que recibe con fe al Señor en la eucaristía, vence los miedos  que  en las circunstancias de la vida le pueden pasar  y sobre todo el de la muerte .

Despojémonos con los ejercicios cuaresmales (que supongo cada uno ya se ha propuesto) de las seguridades ficticias y pongamos la confianza totalmente en Cristo, porque su Gloria ya reside en nosotros.

Luis T. Stöckler
Obispo de Quilmes
Quilmes, 12 de marzo de 2006.
 

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