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HOMILÍA DE MONS. LUIS STÖCKLER,
OBISPO DE QUILMES

"PURIFICAR LA MEMORIA"

4° Domingo Cuaresma - 26-03-06


El autor de las Crónicas, cuya última parte hemos escuchado en la primera lectura, evalúa la historia del pueblo judío, desde los comienzos de la humanidad hasta la liberación del cautiverio en Babilonia. El resultado es para nada alentador en cuanto a la conducta de sus gobernantes, sacerdotes y del pueblo. Tanto más resalta el cronista la solicitud constante  con que Dios les llama la atención a través de sus mensajeros, los profetas; "hasta que la ira del Señor contra su pueblo subió a tal punto, que ya no hubo más remedio". El ejército de Babilonia destruyó Jerusalén con su templo y deportó a sus habitantes al exilio.

Esta visión de la historia judía nos puede ayudar a comprender nuestra propia historia. En estos días, en la Argentina estamos llamados a hacer memoria de las atrocidades que se han cometido en nuestro país, hace 30 años. Sentimos que la paz no es posible, mientras se acallen los reclamos por los crímenes cometidos. Si queremos la paz social, debemos comenzar por reconocer la verdad de los hechos que han asolado nuestra nación en aquellos años. Como cristianos nos toca hacer este examen de conciencia con mayor premura, por cuanto se ha invocado el evangelio para justificar tanto la violencia facciosa como el terror del estado en nombre de la así llamada seguridad nacional.  Han pasado ya 23 años que estamos viviendo en democracia. Sin embargo, muchas heridas quedan todavía abiertas.

La purificación de la memoria, que nos enseño de manera magistral el Papa Juan Pablo II durante el Gran Jubileo, necesariamente es el paso previo de la verdadera pacificación. Los obispos argentinos expresaron lo mismo ya en el año 1982, cuando llamaron a la reconciliación nacional. "Para lograrla", decían, "es preciso que cada uno apacigüe su propio espíritu deponiendo el odio, tenga la valentía de realizar una autocrítica sincera reconociendo los propios yerros, formule con hechos la voluntad de no excluir arbitraria e injustamente a nadie el derecho de participación en la conducción de la cosa pública. La reconciliación necesita de la verdad, aunque a veces sea dolorosa, porque ocultarla impediría la curación y la salud de la Patria."

Hace cinco años, decía Mons. Jorge Novak: "Auspiciamos la cicatrización de las heridas abiertas hace 25 años sobre los indeclinables principios de la verdad y la justicia. Sin estos valores toda reconciliación será aparente". En estos días, la Conferencia Episcopal a través de la Comisión Permanente, continuó esta reflexión y dice: "Debe ser este espíritu de reconciliación el que nos anime en el presente, alejándonos tanto de la impunidad, que debilita el valor de la justicia, como de rencores y resentimientos que pueden dividirnos y enfrentarnos. Una fructífera mirada al pasado debe ayudarnos a todos a crecer en nuestra dignidad de hijos de Dios y a comprometernos responsablemente en la construcción de una patria de hermanos".

Los libros de las Crónicas no terminan con la deportación de los judíos a Babilonia. Dios despertó, después de un largo cautiverio, el espíritu del rey de Persia para que se encargara de liberar a su pueblo, y devolverlo a su tierra, donde incluso ordenó la reedificación del templo. El autor interpreta los sufrimientos de su pueblo como tiempo de purificación  que lo preparaba para la renovación de la alianza con el Señor; y no duda en afirmar que en toda la historia "Dios tenía compasión de su pueblo y de su Morada".  

Lo que muestra la experiencia de nuestros antepasados en la fe, con más razón lo creemos nosotros, porque en Cristo se ha dado el nuevo comienzo. "Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único". Él cargó sobre sí el sufrimiento de todos los hombres. También las injusticias cometidos entre nosotros han sido asumidos por Cristo, y él derribó los muros que nos separan. "Dios ha querido demostrar a los tiempos futuros", que son también los nuestros, "la inmensa riqueza de su gracia por el amor que nos tiene en Cristo Jesús", nos dice hoy el apóstol.

Pidamos a Dios que nos dé la valentía de la fe que traslada montañas y que allana los caminos para la comprensión mutua en nuestro pueblo.

Luis T. Stöckler
Obispo de Quilmes

Quilmes, 26 de marzo de 2006.

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