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Homilía de Mons. Luis Stöckler,
 Obispo de Quilmes

LA HORA


5° domingo de Cuaresma - 02-04-06


Con este último domingo antes de la Semana Santa, los textos litúrgicos nos introducen en los acontecimientos previos a la Pascua de Jesús en Jerusalén. Se acerca lo que Jesús llama "mi hora". Se le turba el alma y le invade una gran angustia. No era solamente un miedo como cualquier criatura lo tiene frente a la muerte, sino el espanto de tener que cargar con las angustias y los sufrimientos y las miserias físicas, emocionales y espirituales de todos los hombres. Era a la vez la hora del Príncipe de las tinieblas, quien con la amenaza de la muerte trató de desviar la voluntad de Cristo del plan de Dios. Jesús sentía la tentación fuerte de pedirle al Padre que lo libere de esta hora, que deje pasar este cáliz. Pero con soberana libertad le suplica: "Padre, ¡glorifica tu nombre!", "que no se haga mi voluntad, sino la tuya". "Con fuertes gritos y lágrimas" dirigió esta plegaria a Dios y "aprendió por medio de sus propios sufrimientos qué significa obedecer". El grano de trigo de su humanidad tenía que morir para que diera fruto. Sólo así podía dar participación en su gloria a los hombres y engendrar la iglesia de comunión. "Cuando yo sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí". Jesús sabía que para esto había llegado a esta hora.

"El que quiera servirme que me siga", es su invitación. Lo que desde el comienzo de la Cuaresma estamos repitiendo en las oraciones de la misa, que "cuanto más se aproxima la fiesta de nuestra salvación, con tanta mayor fe nos preparemos a celebrar el Misterio Pascual"; no es simplemente una dramatización litúrgica del desenlace terrenal de Cristo, sino debe ser entendido como una exhortación a encaminarnos hacia nuestra propia Pascua. Esta invitación puede causarnos tristeza y angustia como la sentía Jesús. Pero tenemos una ventaja: el Príncipe de este mundo ya ha sido arrojado afuera. Basta que confesemos con confianza que "Jesucristo es el Señor", y el Maligno no puede resistir al ímpetu del Espíritu que nos impulsa a seguir a Jesús y estar con Él.

Desde lo alto Cristo permanentemente nos atrae. El que quiere servirle, lo encuentra donde se esconde y manifiesta: en su Palabra, en la Eucaristía, en los hermanos; especialmente en los débiles, pobres y enfermos, que son como un sacramento de su presencia. Nos ayudan a tomar conciencia de nuestra propia fragilidad, y nos preparan para el día en que nosotros mismos necesitemos del servicio samaritano. Al estar con Él y sentir su cercanía, nos vamos familiarizando con la hora, nuestra "hora", en que nos tocará dar el último paso. La intensidad del amor que sentimos cuando estamos delante de Él, a veces nos puede hacer perder la noción del tiempo, y darnos ya ahora una experiencia de la vida eterna. El apego a la vida en este mundo se debilita y la entrega al Señor y a los demás se afirma.

Cada eucaristía es un paso en esta dirección. Pidamos al Señor que nos quite los miedos a nuestra propia Pascua, para poder alcanzarlo después de haber sido alcanzado por Él.

Luis T. Stöckler
Obispo de Quilmes


Quilmes, 02 de abril de 2006.
 

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