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Homilía de Monseñor Luis Stöckler,
Obispo de Quilmes,
en el Domingo de Ramos
 

"POR NOSOTROS"


La lectura de la Pasión de nuestro Señor según San Marcos es uno de los textos más antiguos del Nuevo Testamento y refleja la tradición oral y escrita de la comunidad primitiva sobre el final de la vida terrenal de su Maestro. En su sobriedad y sinceridad que no oculta la cobardía y traición de los mismos discípulos, el relato nos cuestiona frente a Cristo.

Nos impresiona la serenidad con que Jesús prepara y  celebra la última cena con sus discípulos, anticipándoles con este gesto su muerte. Nos eriza la piel que uno de los Doce estuviera buscando cómo entregar al Maestro por dinero y que lo haga con un beso. Nos duele y desconcierta que justo aquel apóstol al que Cristo había designado como fundamento de la Iglesia, lo niegue en el momento, cuando Jesús más necesitaba del apoyo humano. Nos indigna el cinismo del gobernador romano quien, para ganarse la aprobación de los judíos, deja en libertad a un homicida  y condena a un inocente. Nos estremece la burla de los soldados, cuando le colocan al Señor una corona de espinas y le escupen en el rostro. Nos espanta la crucifixión y la agonía de Cristo, y nos conmueve al fin la profesión de fe del centurión al pie de la cruz, quien se hace vocero de todos los creyentes de todos los tiempos, cuando exclama: "Verdaderamente, este hombre era Hijo de Dios". Ninguna persona que no ha perdido su sensibilidad natural, puede sustraerse al impacto de la Pasión de Cristo. Y no nos extraña que los artistas en todos los tiempos hayan sentido la necesidad de plasmar lo que este relato despertaba en sus oídos y sus ojos.

Pero, si nos quedáramos solamente con el aspecto sensible y emocional del sufrimiento del Señor, Él nos diría lo mismo  que dijo a las mujeres  en el vía crucis: "No lloren por mí; lloren más  bien por ustedes y por sus hijos". La humillación de Cristo y su muerte no la podemos entender como un malentendido de los responsables religiosos y políticos en la Palestina de entonces, o el desenlace trágico de un hombre incomprendido, como lo fue el caso de un Sócrates o de un Ghandi, cuyos discípulos lloraron también la muerte de su maestro.

Jesús sabía lo que le aguardaba, cuando  con libertad soberana profesó delante del Sumo Sacerdote que Él era el Hijo de Dios. Voluntariamente "se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte, y muerte de cruz". Se identificó concientemente con el designio del Siervo de Yahvé, e hizo suyas las palabras del profeta Isaías: "No me resistí ni me volví atrás. Ofrecí mi espalda a los que me golpeaban y mis mejillas, a los que me arrancaban la barba; no retiré mi rostro cuando me ultrajaban y escupían". Detrás de la pasión de Cristo estaba la voluntad del mismo Dios. Por obediencia el Señor bajó a la desolación total, y experimentó hasta la ausencia de su Padre,  cuando exclamó en alta voz: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?"

¿Por qué la muerte de Cristo forma parte del designio de Dios?  Esta pregunta y la respuesta va a centro del mensaje cristiano. El Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, que está redactado justamente en forma de preguntas y respuestas, responde: "A fin de reconciliar consigo todos los hombres, destinados a la muerte a causa del pecado, Dios tomó la amorosa iniciativa de enviar a su Hijo para que se entregara a la muerte por los pecadores."  La muerte de Cristo, que era Dios mismo, revela la perdición del hombre que a causa del pecado está destinado a morir, y que es incapaz de alcanzar por sus propios medios la plenitud de vida anhelada. Lo que nos abre el acceso a la vida plena y eterna, es el humilde reconocimiento del amor de Cristo, quien se entregó por nosotros, es decir, en nuestro lugar. La salvación es pura gracia, un don inmerecido. Lo único que nos garantiza la vida es sumergirse en el amor de Cristo.

Este misterio de nuestra salvación se esconde y manifiesta, cuando celebramos la santa Misa. Aquí se anuncia la muerte y la resurrección del Señor hasta que Él vuelva. Aquí, al adherirnos a su entrega, damos ya ahora el paso a la vida eterna.

Luis T. Stöckler
Obispo de Quilmes

Quilmes, 09 de abril de 2006.
 

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