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HOMILÍA DE MONS. LUIS T. STÖCKLER

Vigilia pascual 2006

 

"ORIGEN Y FIN"

 

Los textos sagrados de esta noche nos hablan del origen y fin de nuestra existencia. El relato de la creación no  pregunta de dónde venían el abismo y las tinieblas, el vacío y el caos, símbolos de la nada, de la cual Dios formó el universo. Lo que se afirma, sin el más mínimo atisbo de duda, es que Dios estaba desde el principio. En realidad, lo que asombra no es la existencia de Dios, sino que exista algo que no sea Él. Sin la fe en un creador, la existencia del mundo no tendría explicación. Al contemplar el cosmos en sus increíbles dimensiones y su variedad inconmensurable, al observarlo tanto en la materia aparentemente inerte como en la naturaleza animada, desde las manifestaciones más primitivas de la vida, en la variada vegetación y el reino animal hasta la aparición del ser humano, el intelecto y la intuición perciben la presencia de alguien que está más allá y por encima de todas las cosas. Él es el origen de todo. El relato bíblico que presenta la creación en seis estrofas con el estribillo: “Y Dios vio que esto era bueno”, mantiene su encanto; un encanto que las ciencias no desvirtúan sino potencian aún más, cuando nos descubren la evolución en miles de millones de años. Sobre todo queda el séptimo día que todas las semanas nos invita a parar con las actividades, para adorar al Señor por quien y para quien fueron hechas todas las cosas, y asombrarnos con nosotros mismos que fuimos hechos según su imagen y llamados a vivir en plenitud.

 

El libro del Éxodo nos trae a la memoria el origen de la Pascua y nuestra raíz en el antiguo pueblo elegido de Dios. Pertenecer a este pueblo, significa comprendernos como peregrinos en la búsqueda de la libertad y de la tierra prometida. Significa no conformarse con la esclavitud aunque las ollas estén llenas y no aceptar la idolatría de los faraones que presentan los falsos dioses del dinero, la fama y el placer efímero como las metas de nuestra existencia. Significa adentrarse en el desierto y afirmar la alianza con nuestro Dios quien es el Señor de la historia.

 

El profeta Ezequiel, como visionario del futuro, anticipó que Dios iba a convocarnos de todas las naciones para unirnos en un solo pueblo. La alianza con Él ya no será un contrato basado en leyes escritas en tablas, sino una relación de corazón a corazón, donde el mismo Espíritu de Dios crea la sintonía: “Ustedes serán mi Pueblo, y yo seré su Dios”.

 

Esta nueva relación se estableció en Cristo. “Por el bautismo fuimos sepultados con Él en la muerte, para que así como Cristo resucitó por la gloria del Padre, también nosotros llevemos una vida nueva”, nos dice San Pablo. Comenzó así lo que seremos, cuando se manifieste en nosotros lo que primero se dio en Cristo.

 

En la resurrección de Cristo se completó lo que se había  iniciado con su encarnación. En Belén todavía no se podía apreciar lo que iba a suceder con el género humano. Recién en Pascua se manifestó con claridad el hombre nuevo. El Resucitado es el primogénito de los hijos de Dios. Nosotros seremos semejantes a Él.  Nuestra transformación ya comenzó en nuestro bautismo. Las apariencias de la muerte física no nos deben despistar. Nos aguarda la resurrección plena. Cristo lo dijo: “Yo voy a prepararles un lugar,... a fin de que donde yo esté, estén también ustedes” (Jn 14, 2-3).

 

Es esto lo que afirmamos y celebramos en esta noche.

 

Luis T. Stöckler

Obispo de Quilmes

 

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