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HOMILÍA DE MONS. LUIS T. STÖCKLER

Misa Crismal 2006

 

"COMUNIÓN Y ADORACIÓN"

   

Mis queridos hermanos y hermanas en Cristo:

La misa crismal, entre las celebraciones litúrgicas del año, es la más significativa vivencia como Iglesia particular. Junto al obispo estamos todos: presbíteros, diáconos, consagrados y laicos de todas las comunidades. Quiero expresarles mi satisfacción y alegría de estar aquí. Donde hay  riquezas espirituales y apostólicas, como Dios las ha regalado a nuestra iglesia, es fácil sentirse en casa; más todavía, cuando uno tiene el apoyo de tantas personas  capaces y generosas, que comparten la dicha de evangelizar.

 

Pronto nuestra diócesis cumplirá sus 30 años de vida. Esto será motivo para recordar y reafirmar la herencia que hemos recibido. Lo haremos de manera expresa en la Fiesta Diocesana en septiembre; lo que seguramente nos ayudará a mantener la buena senda. Pero sentimos, junto a las otras iglesias en nuestro país y en nuestro continente, que con el nuevo milenio se están presentando nuevos desafíos, a los cuales debemos dar respuestas claras. En nuestro país, con el documento “Navega mar adentro”, se han marcado criterios y señalado ya algunas acciones; y ahora, en la misma línea, el Consejo Episcopal Latinoamericano nos invita a participar en la preparación de la 5ª Conferencia, que se celebrará el próximo año en Brasil y que quiere proponer una Gran Misión en el continente.

 

Ante la tarea que nos aguarda, pienso en  lo que Juan Pablo II nos advertía, cuando en su carta apostólica al comienzo del nuevo milenio nos hablaba de la espiritualidad de comunión (N° 43): “Hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión: éste es el gran desafío que tenemos ante nosotros en el milenio que comienza, si queremos ser fieles al designio de Dios y responder también a las profundas esperanzas del mundo. ¿Qué significa esto en concreto?  Aquí la reflexión podría hacerse en seguida operativa, pero sería equivocado dejarse llevar por este primer impulso. Antes de programar iniciativas concretas, hace falta promover una espiritualidad de comunión. Espiritualidad de comunión significa ante todo una mirada del corazón hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros,  y cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado. Espiritualidad de comunión es la capacidad de acoger al otro como una “don para mí”, rechazando las tentaciones egoistas que continuamente nos asechan. No nos hagamos ilusiones: sin este camino espiritual, de poco servirían los instrumentos externos de la comunión. Se convertirían en medios sin alma, máscaras de comunión más que sus modos de expresión y crecimiento.”    Juan Pablo nos dice en la misma carta (N° 32): “Es necesario un cristianismo que se distinga ante todo en el arte de la oración. En la plegaria se desarrolla ese diálogo con Cristo que nos convierte en sus íntimos: “Permanezcan en mí, como yo en ustedes”. Esta reciprocidad es el fundamento mismo, el alma de la vida cristiana y una condición para toda vida pastoral auténtica”.  Por eso, para promover la espiritualidad de comunión, debemos recurrir al Señor, quien es la fuente de la comunión. Las inspiraciones valederas para la pastoral en nuestra diócesis vienen de Él, pastor y cabeza de la Iglesia. Hemos de aprender con María y Marta, que  primero debemos escuchar al Maestro, para que después nuestra acción ayude realmente a hacer de nuestra iglesia una casa y escuela de comunión.

 

Esta misa de la comunidad diocesana considero oportuna para hacerles ahora una invitación y un pedido que, creo, va a ser importante para nuestra pastoral. Lo hago a propósito en el Jueves Santo - que estamos anticipando con esta celebración - porque en este día el Señor nos ha dejado el sacramento de su presencia real, en el cual Él se acerca a nosotros sensiblemente. Como fruto del Año Eucarístico que, como último legado del hoy ya Siervo de Dios Juan Pablo II, hemos  celebrado recientemente, nuestra iglesia Catedral ofrece ahora un lugar privilegiado para honrar a Jesucristo en el Santísimo Sacramento. Desde el Concilio Vaticano II las sugerencias para el reordenamiento del templo, donde está la sede del obispo, disponen que el sagrario sea colocado en una capilla apta para la adoración y la oración privada de los fieles; que esté armoniosamente unida a la iglesia y sea visible a los fieles cristianos. Al comenzar la Cuaresma hemos inaugurado esta capilla del Santísimo, que por la frecuentación espontánea y permanente evidenció en seguida su necesidad. Pero quiero hacer una invitación a toda la diócesis en el nombre de Jesús.  A partir de este Domingo de Pascua, todos los días del año, para siempre, queremos iniciar la Adoración Diaria en nuestra iglesia Catedral.  En horas de la tarde, quisiera que todas las comunidades de los 80 templos parroquiales, de las más de 200 capillas, de las congregaciones religiosas, de las Asociaciones y Movimientos, y de los Colegios católicos, una vez al año, vengan a la capilla del Santísimo en la iglesia Madre de nuestra diócesis, que es la casa de todos, para orar junto a nuestro Señor.  En aquella primera Pascua los once discípulos, al ver al Resucitado, se postraron delante de Él. Es esto lo que propongo y pido a partir de esta Pascua: que en adelante, todos los días, algunos hermanos y hermanas estén delante del Señor, en nombre de todo el pueblo de Dios; en las intenciones del Papa y en las intenciones de nuestra diócesis. La comunión con el Señor y entre nosotros como Iglesia particular dará fuerza a las comunidades en la evangelización y despertará también las vocaciones para el servicio. Si no adoramos lo que recibimos, decía Santo Tomás de Aquino, perdemos de vista el valor y aprecio de lo que consumimos. La comunión y la adoración se condicionan mutuamente.

 

Cuando la Madre Teresa de Calcuta en los comienzos de su llamado al servicio de los abandonados y moribundos tenía solamente pocas hermanas junto a ella, se preguntaban qué hacer para atender a todos aquellos necesitados. La madre y las hermanas oraron a fin de saber qué hacer. La respuesta fue sorprendente. Dios quería algo especial además de sus oraciones regulares. Aún cuando no alcanzaban las horas del día, Dios quería algo más. Él quería que la comunidad reservara una hora extra cada día para que todas juntas estuvieran en la presencia de su Hijo en el Santísimo Sacramento. La Madre Teresa declaraba que esta hora santa diaria era la causa y la razón por la que su comunidad se multiplicó y ahora está presente en todo el mundo. Carlos de Foucauld, quien no tuvo la satisfacción de tener ni un solo hermano, no dudó por eso de seguir exponiendo y adorando al Señor en la custodia, en medio del desierto, y  rogarlo, como hermano universal, por la conversión de los musulmanes que lo rodeaban.

 

Que estos contemporáneos nuestros, hoy beatos, y los innumerables santos del pasado milenio, desde Clara y Francisco de Asís, Pascual Baylón, Martín de Porres, Margarita María y tantos más hasta Maximiliano Kolbe, nos animen a creer como ellos en el poder de Cristo-Eucaristía. Porque la fe traslada montañas, y todo lo podemos en aquel que nos reconforta.

 

Luis T. Stöckler

Obispo de Quilmes

 

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