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Homilía de Monseñor Luis Stöckler, Obispo de Quilmes,
en el 2º Domingo de Pascua

-23 de abril de 2006-

 

EFECTOS DE PASCUA


No hemos visto nunca a Jesús, y sin embargo hemos afirmado en la noche de Pascua nuestra fe en él, y cada domingo la manifestamos de nuevo en el Credo. Jesús alababa a los que creyeran en él sin haberlo visto. La fe es un don que Dios mismo nos da, pero tiene su correlato en la necesidad y el deseo nuestro de comprender la cosas que él nos revela. La fe y la razón no están opuestas. Hay razones para creer.

Cuando contemplamos el efecto que causó el testimonio de los apóstoles en la iglesia primitiva, no  podemos dejar de asombrarnos. Gente que no se conocía antes, de repente comienzan una vida comunitaria y ponían lo suyo en común; vendían sus bienes y propiedades, y repartían el dinero según las necesidades de cada uno. Se reunían asiduamente y creaban la costumbre de participar el primer día de la semana, que entre los judíos no era feriado, en la Eucaristía y para escuchar la enseñanza de los apóstoles. El atractivo de este estilo de vida novedoso era tan grande que cada día se acrecentaba la comunidad.

Esta forma de vivir, los apóstoles la habían conocido y practicado con Jesús en los tres años de su misión pública. Ellos entendieron que el mandato del Resucitado: "Como el Padre me envió a mí, Yo también los envío a ustedes", significaba ahora enseñar con signos y palabras lo que al lado del Maestro habían aprendido. El santo temor que ellos habían sentido en aquellos años, cuando presenciaban los prodigios de Jesús, se producía ahora entre los primeros cristianos frente a los signos de los apóstoles. La contundencia del testimonio de los apóstoles ciertamente se debía al impacto que había causado en ellos el encuentro con el Señor resucitado.

Después de haber pasado por la duda y el desaliento por la muerte de Jesús, habían recibido una fuerza mayor, cuando el Resucitado les trasmitió el Espíritu y les dio su propio poder de perdonar pecados y reconciliar a los hombres con Dios. Ellos se dieron cuenta, que no podían actuar así por su propia iniciativa, sino que eran instrumentos del Señor que se manifestaba en ellos. "No tengo plata ni oro", decía Pedro a un paralítico, "pero te doy lo que tengo: en el nombre de Jesús el Nazareno, levántate y camina", y tomándolo de mano lo levantó (Hch 3, 6). "Ya no vivo yo", decía San Pablo, "Cristo vive en mí". Esta presencia del Señor en ellos se manifestó sobre todo, cuando a ejemplo de su Maestro, entregaron su vida como mártires.

Hoy nos toca a nosotros dar testimonio de que Cristo está vivo. Es cierto que no lo hemos visto, pero sí somos herederos de una nube de testigos que desde los apóstoles hasta nuestros días han manifestado en su vida terrena y más allá de la muerte que el Señor ha estado y está con ellos. Ellos son nuestros modelos e intercesores para ser nosotros hoy testigos de Cristo con nuestras vidas. Vale para nosotros lo que San Pedro decía en su carta a una generación  que ya no había conocido al Señor, igual que nosotros: "Porque ustedes lo aman sin haberlo visto, y creyendo en Él sin verlo todavía, se alegran con un gozo indecible y lleno de gloria". El gozo se da, cuando nos encontramos con Cristo, como los primeros cristianos, al escuchar la Palabra, al partir el pan y al vivir el amor entre nosotros.

El Señor nos llena con su gloria, aunque las circunstancias dificulten la vivencia de la fe. La misión siempre estuvo enfrentada con dificultades, tanto en la misma comunidad cuanto con el ambiente que nos rodea. "Si me han perseguido a mí, también los perseguirán a ustedes", decía Jesús; "el discípulo no es mayor que el Maestro". Pero las dificultades y las pruebas no anulan el poder del testimonio sino, por lo contrario, lo aumentan. "Por eso, ustedes se regocijan", dice San Pedro, "a pesar de las diversas pruebas que deben sufrir momentáneamente: así la fe de ustedes, una vez puesta a prueba, será mucho más valiosa y se convertirá en motivo de alabanza".

En estos días pude sentir este gozo al presenciar en la Basílica de Luján las promesas de consagración de 59 jóvenes, de las cuales algunas viven en nuestra diócesis y trabajan especialmente en el ambiente de la juventud universitaria. Viven en comunidad como tantos hombres y mujeres que se han inspirado en los Hechos de los Apóstoles. Testimonios como éstos son una bocanada de aire fresco y tocan los corazones de los que diariamente están acosados por el descreimiento y el vilipendio, cuando se presentan los consejos evangélicos de la pobreza, la castidad y la obediencia. Por la alegría los consagrados dan la prueba que se han encontrado con el Cristo vivo. Porque donde hay dos o tres que se reúnen en su nombre, ahí el Señor se hace presente. Algo de esta experiencia debería notarse también en nosotros que estamos aquí, donde el Señor se hará presente en el pan y el vino. La felicidad de los que creen en Él aunque no lo puedan ver, irradia y alentará  a los que se encuentren con nosotros.

Luis T. Stöckler
Obispo de Quilmes

Quilmes, 23 de abril de 2006.

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