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Homilía de Monseñor Luis Stöckler,
Obispo de Quilmes
 
4º domingo de Pascua y Jornada Mundial
 de Oración por las Vocaciones, 07 de abril de 2006



"Vocación de Pastor"
 

Este domingo, Jornada Mundial de la Oración por las Vocaciones, nos invita a reflexionar sobre el llamado personal de cada uno en el seguimiento de Jesús. Nadie vino al mundo por casualidad, sino entró en la vida por designio de Dios, quien ha pensado en cada uno desde toda la eternidad y nos adjudicó a cada uno un lugar único e insustituible en sus planes. Estamos llamados a vivir como hermanos y hermanas en Jesús, a sentirnos hijos e hijas del mismo Padre y aportar a la comunidad lo que cada uno con exclusividad puede y debe dar. Nuestra semejanza con Dios consiste justamente en nuestra condición de criaturas que no pueden vivir solos, sino que se encuentran a sí mismos recién al relacionarse con los demás, dando y recibiendo lo que cada uno ha recibido. Como en Dios, el Padre y el Hijo se entregan uno al otro por el Espíritu, así estamos invitados a participar en la vida íntima de la Santísima Trinidad en una auténtica relación con los demás en el amor.

El ejemplo más claro de esta  entrega es el mismo Jesús. Uno podría pensar que él no necesitaba de nadie, ya que era perfecto, y que nadie podía darle nada que él no ya tuviera, por ser Dios mismo. Sin embargo, no fue así. Por ser verdaderamente hombre, necesitaba de una madre y de un padre que lo criaran, necesitaba protección y enseñanza, y así "iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia delante de Dios y de los hombres" (Lc 2, 52). El hombre necesita de la guía y del apoyo de los otros, y los otros necesitan a su vez de la ayuda de uno. Jesús nos hace entender esta ley de la vida, cuando comenzó a predicar el Reino de Dios. Desde el inicio de su misión pública llamó a algunos de los discípulos, para que convivieran con él y aprendieran a su lado a trasmitir el mensaje de dos en dos, es decir en la aceptación mutua. Porque Dios quiere comunicarse con los hombres a través de los hombres. La intimidad con él no es una experiencia en exclusividad, entre él y mi alma, sino de comunión expansiva. Dios me urge a entregarme y a formar comunidad con los otros. Esto vale para todos, sin excepción.

Pero en la comunidad debe haber personas que asuman de manera especial  la misión de procurar la integración de los miembros, como Jesús lo hacía. Jesús se adjudicó a sí mismo el título de pastor, que en la Escritura se usaba para los jefes del pueblo. El pastoreo de Jesús es modelo para todos los que tienen vocación y misión de guiar a otros: los padres de familia en primer lugar; los patrones en las empresas; los funcionarios públicos, los maestros en el aula; los delegados gremiales; los dirigentes de clubes;  los gobernantes en los diversos niveles del Estado. Conducir exige procurar que la gente tenga vida. De lo contrario, el que dirige es, como dice Jesús, un ladrón que vino para robar, matar y destruir. El verdadero pastor, en cambio, está dispuesto a dar la vida por su pueblo.

Estas exigencias valen de un modo particular para aquellos que son llamados a conducir en la Iglesia. En una sociedad que es seducida por la frivolidad, amenazada por la violencia y desviada por el afán de llenarse de cosas que nos dejan vacíos, se necesitan sacerdotes y personas de la vida consagrada que propongan al mundo el proyecto del Reino. Pidamos a Dios nos envíe pastores según su corazón, y que a nuestro pueblo no falten los que enseñen por su palabra y  ejemplo lo que Jesús nos ha dejado. Aún los que se han alejado de Dios se dan cuenta, que no es lo mismo una Teresa de Calcuta que un ídolo de la farándula. En el fondo hay un anhelo de grandeza. Pero para salir de la mediocridad en un mundo confundido y perplejo, necesitamos testigos claros del evangelio que no tengan miedo de vivir el amor con generosidad.

Quiero concluir esta reflexión con una oración que escribió el Santo Padre Benedicto XVI en su mensaje para esta Jornada:

Oh Padre, haz surgir entre los cristianos
numerosas y santas vocaciones al sacerdocio,
que mantengan viva la fe
y conserven el grato recuerdo de tu Hijo Jesús
mediante la predicación de su palabra
y la administración de los sacramentos,
con los que renuevas continuamente a tus fieles.

Danos ministros santos de tu altar,
que sean custodios
atentos y fervorosos de la Eucaristía,
sacramento del don supremo de Cristo
para la redención del mundo.

Llama a ministros de tu misericordia, que,
mediante el sacramento de la Reconciliación,
difundan la alegría de tu perdón.

Haz, oh Padre, que la Iglesia acoja con alegría
las numerosas inspiraciones
del Espíritu de tu Hijo
y, dócil a sus enseñanzas,
promueva las vocaciones
al ministerio sacerdotal
y a la vida consagrada.

Sostén a los obispos, a los sacerdotes,
a los diáconos, a los consagrados
y a todos los bautizados en Cristo,
para que cumplan fielmente su misión
al servicio del Evangelio.

Te lo pedimos por Cristo, nuestro Señor. Amén.

María, Reina de los Apóstoles,
¡ruega por nosotros!
 

Luis T.Stöckler
Obispo de Quilmes

Quilmes, 07 de mayo de 2006.
 

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