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Homilía de Monseñor Luis Stöckler, Obispo de Quilmes,

en Pentecostés, domingo 4 de junio de 2006

"La Nueva Alianza en el Espíritu"
 


Lo que llama la atención en los comienzos de la Iglesia, es que los hechos fundantes estén relacionados con la celebración de dos fiestas judías: la Pascua y Pentecostés. Debemos interpretar esta coincidencia como la voluntad de Cristo, quien eligió estos días de la tradición de su pueblo para hacernos descubrir el sentido profundo de esta misma tradición, y al mismo tiempo que la historia avanza hacia horizontes más amplios.

En tiempos antiguos, Pascua habría sido la fiesta de la primavera con el sacrificio de los primerizos y Pentecostés el fin de la cosecha, pero el pueblo judío aprovechó estos días para recordar la manifestación de Dios en su historia: Pascua para recordar su liberación de Egipto, Pentecostés para renovar anualmente la Alianza del Sinaí. Sobre todo los profetas insistían en el cumplimiento de esta alianza, cuando recriminaban a los reyes, a los sacerdotes y al pueblo su infidelidad en el cumplimiento de los mandamientos que habían recibido por Moisés en el Sinaí.  

Jeremías anunció que llegarían los días en que el Señor establecería una nueva alianza con Israel y que pondría su Ley dentro de ellos, que la escribiría en sus corazones. Y Joel profetizó que iba a llegar el día en que el Espíritu se derramaría sobre todos los hombres y que ellos profetizarían. El apóstol Pedro explicó a los que habían concurrido a Jerusalén en Pentecostés, que esta profecía se había cumplido. Les habla de Jesús al que habían crucificado, pero al que Dios resucitó y "exaltado por el poder de Dios, él recibió del Padre el Espíritu Santo, y lo ha comunicado como ustedes ven y oyen" (Hch 2, 33). Y cuando le preguntan: "¿Qué debemos hacer?", les contesta Pedro: "Conviértanse y háganse bautizar en el nombre de Jesucristo para que les sean perdonados los pecados, y así recibirán el don del Espíritu Santo" (Hch 2, 38).

Sin la presencia del Espíritu no se podría entender lo que sucedió en este día, y sobre todo, no tendría explicación la difusión tan rápida del Evangelio en el mundo conocido de aquel entonces. Los apóstoles estaban concientes que ni su palabra y menos los prodigios que la acompañaban eran obra de ellos, sino que estaban impulsados por el Espíritu de Dios que actuaba en ellos. El fenómeno asombroso que la gente de diversas lenguas comprendiera la predicación del apóstol Pedro que hablaba en arameo, anticipaba ya en los primeros comienzos de la Iglesia que Dios quería  hacer la Alianza con los pueblos del mundo entero.

Lo que se espera de nosotros en esta fiesta de Pentecostés, no puede ser otra cosa que atender la intención de nuestro Señor: dejarnos impulsar por el Espíritu para vivir la nueva Alianza. Tomar conciencia que "sin su ayuda divina no hay nada en el hombre, nada que sea inocente". Invocar al Espíritu para que "lave nuestras manchas, riegue nuestra aridez, sane nuestras heridas". Lo que hemos prometido en la Noche de Pascua, cuando renovamos las promesas bautismales, podemos cumplir con la ayuda del Espíritu. Con él, podemos atrevernos a decir como San Pablo: "Todo lo puedo en aquel que me reconforta" (Flp 4, 13). "Déjense conducir por el Espíritu de Dios, y así no serán arrastrados por los deseos de la carne", dice el mismo apóstol. La lucha entre la carne y el espíritu nuestro es inevitable, pero si nos dejamos conducir por el Espíritu Santo, ya no estamos sometidos a las pasiones.

Pentecostés es además día de envío misionero. "Como el Padre me envió, Yo también los envío a ustedes", dijo y dice el Señor. La paz que Él nos trasmite, la guardamos mientras la trasmitimos a otros. Apoyemos la misión de la Iglesia con nuestra oración, con nuestro testimonio y también con nuestra colaboración material.

Así nuestro sacrificio será agradable al Señor, cuando elevamos ahora la copa sobre la que Jesús pronunció en la última cena  la palabra: "Esta copa es la Nueva Alianza sellado con mi Sangre, que se derrama por ustedes".
 

Luis T. Stöckler
Obispo de Quilmes

Quilmes, 4 de junio de 2006

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