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Homilía de Monseñor Luis Stöckler, Obispo de Quilmes,
en la Fiesta de la Santísima Trinidad,

- Domingo 11 de junio de 2006 -


"El Triple Amor de Dios
"



La fórmula del bautismo que invoca al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, resume la fe cristiana y actúa sobre la persona transformándola en hijo o hija de Dios. Desde entonces la vida del cristiano se realiza por su identificación con Cristo que vive en nosotros por el Espíritu y nos lleva al Padre en su entrega de amor. El mandamiento principal de amar a Dios con todo el corazón y al prójimo como a nosotros mismos, es consecuencia del amor que Dios nos ha manifestado primero: con su amor providente de Padre, con el amor sufriente del Hijo y con el amor vivificante del Espíritu.

El amor del Padre
San Pablo nos recuerda hoy: "Ustedes han recibido el espíritu de hijos adoptivos, que nos hace llamar a Dios "¡Abbá!", es decir, "¡Padre!" La espiritualidad providencial nos lleva a ver el amor de Dios en todo lo que sucede. Una serena confianza caracteriza el corazón de los cristianos. Pase lo que pase. Nuestra vida está en las manos de Dios que nos ama, y que todo lo gobierna. Él conoce nuestras necesidades, y hasta el número de nuestros cabellos. Vivimos tranquilos y confiados, aunque tengamos que pasar por valles oscuros, seguros de que él va con nosotros. Este amor del Padre nos motiva fuertemente para devolverle nuestro amor con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con todas nuestras fuerzas.

El amor del Hijo
Si el mal en el mundo quiere confundirnos y hacernos dudar de la bondad de Dios, miremos a Jesús que es Dios mismo. Desde la cruz nos revela que Dios está compartiendo el sufrimiento que aqueja al hombre, y con su resurrección reafirma la validez de su predicación que nos abre ya aquí el horizonte del Reino, donde terminará el dominio del pecado y de la muerte. Dios no es espectador distante de nuestro mundo, sino forma parte del mismo e inicia su transformación en su propia carne. ¡Cómo no amar con todo nuestro corazón al que ha dado su vida por nosotros!

El amor del Espíritu Santo
La cercanía de Dios es superada más todavía por la inhabitación del Espíritu en nosotros. Si al Padre podemos sentir como la mano invisible del Dios providente encima nuestro, y al Hijo como el Dios que se hizo visible delante nuestro, el Espíritu es el amor de Dios dentro nuestro, como principio vital de nuestra humanidad. En realidad, son las tres personas de Dios que habitan en nosotros. Los primeros cristianos todavía frecuentaban el templo, pero en seguida comprendieron que el nuevo templo eran ellos mismos. En efecto, Dios habita en la Iglesia y en cada uno de los cristianos. Crece en nosotros el amor a la Iglesia cuando comprendemos que la gracia suprema de la inhabitación se nos da por ella y en ella. La presencia de Dios no se nos da como algo privado, sino como algo que es a un tiempo  comunitario, eclesial, y estrictamente personal.

Cuando nos persignamos con la señal de la cruz, marcamos primero la dimensión vertical que indica al Padre en el cielo y al Hijo que bajó a la tierra, y después las dos puntas horizontales que señalan la dimensión del Espíritu que está en y entre nosotros. Es un modo de sentirnos tocados por la presencia real y física de las Santísima Trinidad. Tan real como la presencia del Señor en la Eucaristía que por su humanidad corporal nos hace partícipes de su divinidad. Comprendemos así que la vida cristiana es puro don, y que el mandamiento del amor, más que una obligación, es una necesidad para poder vivir en plenitud.
 

Luis T. Stöckler
Obispo de Quilmes

Quilmes, 12 de junio de 2006.
 

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