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Homilía de Mons. Luis T. Stöckler

Corpus Christi 2006
 

TE ADORAMOS CRISTO PARA SERVIRTE EN LOS HERMANOS


Lo que hacemos hoy es la exteriorización clara de nuestra fe en Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, y en su palabra: "Esto es mi cuerpo". Doblamos nuestras rodillas delante del tres veces Santo, que no se manifiesta solamente a través de sus obras en la creación, sino se ha hecho parte de la misma; entró en nuestra historia y se hizo visible en Jesús, para que al mirarlo a él, podamos ver al Creador, que está en todo y más allá de todas las cosas.

El Cuerpo de Cristo en la hostia consagrada centra las miradas y los afectos y nos hace uno solo con Él. Somos su pueblo, y Él es nuestro Dios. La conciencia de su cercanía que nos permite hablarle de tú a tú, es el aporte más característico de la Iglesia católica a las diversas devociones de los cristianos. Como los hermanos protestantes nos ayudan a valorar la Palabra, y los hermanos ortodoxos nos recuerdan de modo particular la acción del Espíritu en la Iglesia, así los católicos damos a todos el testimonio de nuestra fe en la presencia real y permanente de Jesucristo, la Palabra encarnada, en la Eucaristía.

La respuesta a la búsqueda del  hombre  para encontrar la felicidad sin fin, es Jesucristo. Los sagrarios son un lugar privilegiado para estar con Él. Su presencia silenciosa en la Eucaristía nos estimula permanentemente a buscar y encontrarlo. Mirar lo que recibimos y recibir lo que somos, al decir de San Agustín, es la invitación gozosa en esta Fiesta de Corpus. La adoración nos hace tomar conciencia de que Cristo siempre es mayor, y que la comunión sacramental no agota la riqueza que nos tiene reservada. La adoración y la comunión son como sístole y diástole del corazón que mantienen con su alternancia nuestra vida espiritual. La adoración es la expresión de que amamos a Dios realmente por encima de todas las cosas. Lo primero del mandamiento principal es el amor a él, que no se puede sustituir por la segunda parte. El amor al prójimo es más bien la prueba de que el amor a Dios se vive con autenticidad. Porque es a Cristo al que servimos en los hermanos.

La adoración y la fraternidad deben estar unidas. Una no puede ser sin la otra. La fraternidad se forma alrededor de Jesús, él es el centro. Al contemplarlo delante de la Eucaristía, Él mismo nos presenta los rostros de los hermanos, por los cuales entregó su vida. La Eucaristía es la síntesis sacramental de las dos expresiones del amor. El último Concilio decía:  "Cristo hizo suyo este mandamiento del amor al prójimo y lo enriqueció al querer identificarse Él mismo con los hermanos como objeto único de la caridad, cuando decía: Cuantas veces hicieron eso a uno de estos hermanos menores, a mí me lo hicieron (Mt 25, 40).

Cristo, pues, al asumir la naturaleza humana, unió a sí con cierta solidaridad sobrenatural a todo el género humano como una sola familia y estableció la caridad como distintivo de sus discípulos con estas palabras: En esto conocerán todos que son mís discípulos, si tienen caridad unos con otros (Jn 13, 35). En sus comienzos, la santa Iglesia, uniendo el "ágape" a la cena eucarística, se manifestaba toda entera unida en torno a Cristo por el vínculo de la caridad; así en todo tiempo se hace reconocer por este distintivo del amor y, sin dejar de gozarse con las iniciativas de los demás, reinvindica para sí las obras de caridad como deber y derecho propio que no puede enajenar." (Apostolicam actuositatem, 8).

Nuestra solidaridad no se basa simplemente en la coincidencia de intereses comunes, como en un gremio laboral o en una colectividad nacional. La iglesia como fermento de fraternización, como germen de humanidad nueva, en el encuentro con el mundo aplica los criterios y métodos de Jesús, para ir transformando el mundo hacia su plenitud en el Reino de Dios. El tiempo pasado en nuestro país ha mostrado, que en la evaluación de nuestra sociedad no podemos aplicar cualquier tipo de análisis sin aplicar después también los métodos correspondientes, que muchas veces no coinciden con los métodos de Jesús. Si hemos aprendido algo de esta experiencia dura, entonces esto: que como iglesia perdemos toda eficiencia en nuestro testimonio, si no estamos unidos en solidaridad fraternal con todos los hombres, especialmente con los indefensos y marginados de la sociedad.

Pero como cristianos, debemos también introducir el principio del amor y del perdón hasta en el campo de la política, aún cuando esto signifique recibir una bofetada en las dos mejillas. "El programa del cristiano ­ el programa del buen Samaritano, el programa de Jesús ­ es un corazón que ve", dice el Papa Benedicto en su primera encíclica; "este corazón ve dónde se necesita amor y actúa en consecuencia". Y no nos olvidemos: la ayuda a los hermanos abarca tanto el sustento material como el cuidado del alma. El hombre no vive sólo de pan.

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:
Santo Tomas de Aquino, quien escribió los himnos de este fiesta, antes de morir dijo que había aprendido más sobre Jesús en una hora santa ante el Santísimo Sacramento que en todos los libros que había leído. Y que todo lo que había escrito y dicho era tan insignificante como la paja, en comparación con el valor de un solo encuentro personal con Jesús en la Eucaristía. Estamos aquí en la comunidad de los padres salesianos. Don Bosco llevaba a los muchachos a la Eucaristía. El joven Domingo Savio llegó así a ser santo.

Les repito la invitación que les hiciera en la misa crismal: que entre todas las comunidades de la diócesis la adoración diaria en la iglesia Catedral sea un signo de nuestro amor a Cristo y a los hermanos.

Luis T. Stöckler
Obispo de Quilmes

Quilmes, 18 de junio de 2006
 

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