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Homilía de Monseñor Luis Stöckler, Obispo de Quilmes,

- 25 de junio de 2006 -



Con el propósito de preparar a sus discípulos para las pruebas, Jesús, sin mayores recaudos, "así como estaba" en la barca, desde la cual había enseñado a la gente en la orilla, les dijo a sus discípulos: "Crucemos a la otra orilla". Y lo llevaron en la barca. Ya estaba atardeciendo, cuando comenzaron la travesía que duraría varias horas. Se había hecho de noche, cuando se desató un vendaval, que espantaba hasta a los pescadores experimentados por el miedo a hundirse. Tanto más les impresionaba que Jesús en medio de la tormenta estuviera placidamente durmiendo sobre una almohada, mientras las olas entraban en la barca.

Cuando le despiertan y le increpan, si no le importaba que se estaban ahogando, Jesús les reprocha su miedo y su falta de fe. Cuando él calma el viento y el mar, por su sola palabra, el miedo de los discípulos es desplazado por el temor al que tiene tal poder que hasta las fuerzas de la naturaleza le obedecen. San Crisóstomo comenta este episodio diciendo: "Que el Señor podía mandar al mar estando despierto, lo sabían los discípulos; pero no que podía hacerlo también mientras dormía. El cansancio y el sueño indicaban que Jesús era hombre; pero cuando calmaba el mar y el viento se reveló como Dios". Con su reproche Jesús quiso enseñar a los discípulos y a nosotros, que la confianza es verdadera, cuando en medio de la tormenta no dudamos de su presencia y su protección, aún cuando Dios al parecer se desentiende de nuestras angustias.

El episodio en el mar de Galilea había quedado en la memoria de los apóstoles y lo trasmitieron con su predicación, para alentar a las comunidades que estaban expuestas a las persecuciones. Pedro  probablemente ha sido el autor de este relato que nos trae el evangelista San Marcos. Había sido largo y difícil el aprendizaje al lado del Maestro, quien en muchas oportunidades le hizo ver su autoridad, pero que le hizo ver también que aquel que ejerce el poder al modo de Jesús, debe estar dispuesto a servir y sufrir. Cuando sobrevino la persecución de Nerón sobre la comunidad de Roma, Pedro no dudó de que el Señor estaba con él en la tormenta violenta que esta vez le exigió la vida, y el dio el testimonio máximo con su martirio. El sabía que el Señor ya lo estaba esperando en la otra orilla. La certeza de la fe en Jesucristo, sobre todo a partir de su resurrección, ha sido  la fortaleza de los apóstoles en las pruebas. Todos ellos siguieron las huellas de su Maestro.

El programa en la Escuela de Jesús no ha cambiado. Es en las pruebas que  presenta la vida, donde aprendemos el seguimiento de Cristo. Hay que dudar de todas las ofertas aparentemente religiosas que prescinden del sufrimiento y prometen la solución de todos los problemas. ¿Qué respuesta nos dan, cuando en un tsunami doscientas mil personas pierden la vida? ¿Qué dicen frente a la angustia de nuestros hermanos en el caribe, cada vez que se está acercando un huracán que amenaza con destrozar sus hogares y lo que han construido durante toda una vida? ¿Qué consuelo hay para los que se enteran de una enfermedad incurable? ¿Qué motivación puede haber para alguien que en medio de los desbarajustes de la sociedad quiere jugarse limpiamente, sin contagiarse con las prácticas de la corrupción?

Los agnósticos y los fatalistas no encuentran ningún sentido frente a estas situaciones. Otros que hablan de un ser supremo, pero que está lejos de los problemas del mundo, no dan ninguna respuesta al hombre en su búsqueda. Menos todavía aquellos quienes quieren hacernos creer que la existencia misma sea absurda.  La enseñanza del cristianismo nos hace descubrir que Dios, que tiene todo el poder, es amor y se ha involucrado con este mundo sufriente; que él mismo forma parte de este mundo; y que este mundo a partir de Cristo ha entrado en la transformación. Todo lo que existe debe dar el paso por la muerte, como él,  para entrar en la plenitud. Y en este camino no estamos solos. Cristo está con nosotros. Él es el camino, la verdad y la vida. Si creemos esto de verdad, entonces no debemos extrañarnos que el Señor calme las tormentas, aunque no le gritemos para despertarlo. Porque él es el Señor, aún cuando se queda en el silencio. Profesar: "Jesucristo es el Señor, es mi Señor", ahuyenta los demonios, y  proporciona la paz.

El mismo que despertó en los apóstoles un santo temor, cuando el mar y el viento se calmaron, ahora entra en nuestra comunidad. Él viene para quitarnos los miedos.
 

Luis T. Stöckler
Obispo de Quilmes

Quilmes, 25 de junio de 2006.
 

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