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Homilía de Monseñor Luis Stöckler, Obispo de Quilmes
 
Domingo 16 de julio de 2006
 

"Pautas Misioneras"



La novedad que trae Jesús no se da solamente en Él, sino debe manifestarse también en sus discípulos con quienes comparte su vida. En la misión los gestos son tan importantes como el mensaje verbal. Por eso hay que prestar atención a los signos con que Cristo marca pautas para la misión y criterios para la instauración del Reino.

Jesús elige doce, no diez o veinte, para indicar que con ellos se convoca la asamblea del pueblo de Dios. Los Doce representan las doce tribus de Israel. Ellos son enviados para anunciar que había llegado la hora decisiva. Y los manda de a dos, porque según el derecho judío para iniciar una causa siempre debe haber dos testigos. Los apóstoles debían testimoniar que el Reino de Dios había comenzado.

Los doce testigos que Jesús envía son laicos. No son expertos en teología los que anuncian la Buena Nueva, sino pescadores y publicanos, gente realista acostumbrada a mirar las cosas como son. La primera lectura del Antiguo Testamento ilumina esta faceta en la figura del profeta Amós que tampoco no era egresado de una escuela de profetas, sino pastor y quintero. Él conocía mejor que los sacerdotes y profetas ligados al gobierno la situación del pueblo de Dios y profetizaba la muerte del rey y la destrucción de su reino, por lo cual lo querían expulsar.

El anuncio del Reino de Dios no se hace solamente por palabras. Los Doce tenían que liberar a los poseídos y curar a los enfermos. La expulsión de los demonios tenía un significado especial, porque en ellos se refleja la resistencia de la sociedad contra el cambio mesiánico. Lo demoníaco es un poder que no se vence con la apelación a la buena voluntad de la persona para que se convierta, sino solamente por un poder superior que viene de Dios mismo. Jesús dio este poder a los apóstoles para quebrar la influencia del diablo.

¿Cómo envía Jesús a los Doce? Fuera de un bastón no debían llevar ninguna otra cosa, ni pan, ni alforja, ni dinero, ni una muda de camisa, solamente calzados con sandalias. Todo estaba reducido a lo más necesario y prescindía de cualquier medida prevencional. El equipamiento precario de los discípulos es un signo que provoca en las ciudades y los pueblos la novedad del Reino. El anuncio despierta la amistad y la colaboración entre los que están dispuestos a escucharlo. La gente de paz recibe a los discípulos en su casa y les proveen lo que necesitan para su trabajo evangelizador.

Los Doce no se quedan solos, sino juntan alrededor suyos a los que son el verdadero Israel. No poseen nada, sin embargo nada les falta. Son pobres, sin embargo son ricos. Hombres y mujeres dispersos por todo el país, compañeros que confían uno en el otro, que comparten y se preocupan por los demás: ésta es la reserva inagotable. La razón de la insistencia de Jesús  en la austeridad de los misioneros, se manifiesta cuando la solidaridad propia del pueblo de Dios no solamente hace posible el anuncio del Reino, sino que ya es comienzo del mismo.

Biblistas conocedores de aquella época advierten, que los apóstoles tenían que largarse a los caminos sin absolutamente ninguna protección. Esto los diferenciaba de los zelotas que iban también de casa en casa para organizar la resistencia armada contra los romanos. Jesús no quería que se confundieran sus discípulos con ellos. Porque sabía que los verdaderos enemigos del pueblo de Dios no eran los romanos, sino la falta de fe, la desconfianza y la desobediencia a Dios.

Jesús instruye a sus enviados que se quedaran en las casas donde los recibían, y que sacudieran el polvo de sus pies en lugares donde no los recibían, en testimonio contra ellos, como lo hacían los judíos observantes, cuando tenían que atravesar tierra pagana. Donde el pueblo de Dios rehúsa el evangelio, se convierten en paganos, y los enviados del Reino testimoniarán contra ellos en el día del juicio.

La misión de los apóstoles fue paradigmática después de la resurrección de Jesús. Las casas que se abrían a ellos, se transformarían en centros de una comunidad. Los tiempos de hoy, en que la transmisión de  la fe se da cada vez menos por un entorno cristiano, se están asemejando a la situación de la iglesia de los primeros siglos, cuando se formaban las iglesias domésticas entre los que por decisión personal abrazaban la fe, en medio de un ambiente hostil. Lo que nos debe inquietar es el mandato de Jesús de exhortar a la conversión no solamente por palabras, sino con signos. Queriendo eliminar la expulsión de demonios y la sanación de los enfermos como expresiones obsoletas de la antigüedad, quitaría al evangelio su fuerza. "Nuestra lucha no es contra enemigos de carne y sangre, sino contra los espíritus del mal" (Ef 6, 12).

Hemos comenzado con la preparación de la 5ª Conferencia del Episcopado Latinoamericano y del Caribe que se celebrará el próximo año en Brasil. "Discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos en Él tengan vida" es su tema. Para la Gran Misión que esta Conferencia tiene como fin, debemos volver a los orígenes y ser fieles a las enseñanzas de Jesús. Pidamos al Señor que nos ilumine y nos dé la audacia necesaria en esta misión.
 

Luis T. Stöckler
Obispo de Quilmes

Quilmes, 16 de julio de 2006
 

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