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Homilía de Monseñor Luis Stöckler, Obispo de Quilmes,

el Domingo 30 de julio de 2006
 

"Vida en abundancia"



El Evangelio de la multiplicación de los panes y peces nos presenta a Jesús como el dador de vida. Las multitudes que le seguían al ver los signos que hacía sanando a los enfermos, fueron destinatarios del milagro impresionante, cuando el Señor satisface con cinco panes y dos pescados a miles de  personas. Dios da la vida en sobreabundancia. Pasó lo mismo, cuando Jesús en su primer milagro en las bodas de Caná convierte seiscientos litros de agua en vino. El lenguaje de Dios es así en toda la naturaleza, donde las especies de plantas, flores, animales son incontables, y sobre todo los seres humanos, cada uno con su identidad inconfundible, son un reflejo de la riqueza inagotable del mismo Dios. Los milagros de Jesús son en realidad un modesto atisbo de su verdadero poder, que su humanidad más esconde que revela. Pero desde su resurrección sabemos que Jesucristo es el Señor de la historia y del universo.

Sin embargo, Jesús no se prestó a solucionar todos los problemas de la sociedad. Cuando la gente quería apoderarse de él para hacerlo rey, se retiró a la soledad. El gesto de multiplicar los modestos aportes del pan y del pescado indica, que nosotros debemos contribuir nuestro propio esfuerzo para contar con la ayuda de Dios. Para tener la vida en abundancia, primero nosotros mismos debemos defenderla, y liberarnos del egoísmo de buscar solamente la propia seguridad. Somos personas a medida que nos integramos en la comunidad y buscamos el bien común.

En la larga historia de la Iglesia, esta ley de la abundancia de Dios se ha comprobado cada vez que aparecía alguien que aceptaba las condiciones que ponía Jesús. "No se preocupen por lo que van a comer o beber o vestir. El Padre en el cielo sabe bien que ustedes necesitan estas cosas. Busquen primero en Reino y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura" (cf. Mt, 6, 31-33). Cuando San Francisco de Asís moría a los 44 años, ya había diez mil frailes en el mundo. En nuestros días, el ejemplo de la entrega confiada de la Madre Teresa del Calcuta produjo un efecto vocacional similar. Y no sólo que no les falta nada a los que siguen a Cristo, sino que sus seguidores provocan la generosidad de otros que les proporcionan lo que necesitan en la atención de los pobres.

En estos días somos testigos, tanto en nuestro ámbito cercano como a nivel internacional, de las consecuencias nefastas que trae el mal entendido derecho a la defensa propia. Me refiero por un lado a la promoción del aborto en el caso de una joven, violada en su propia familia. Fue justamente la Madre Teresa que públicamente enfrentó al presidente de los Estados Unidos, por justificar el crimen de la matanza de los seres totalmente inocentes. Y pedía a las madres que le confiaran a su hijo a ella, si no lo podían mantener, y que iba a darles lo que necesiten para vivir dignamente. Nosotros mantenemos la misma actitud, y no dudo que se encontrarán familias generosas que recibirán estos niños en su hogar. Por el otro lado, vemos las consecuencias desastrosas del así entendido derecho a la guerra preventiva, donde la población civil en ambos lados está involucrada indiscriminadamente. Se trata, aquí y ahora, de respetar los principios fundamentales en la convivencia de los pueblos. No tomar posición frente a estas conflagraciones, establece antecedentes que pueden repetirse en cualquier lugar del planeta, también acá.

Juan Pablo II, en su encíclica "El Evangelio de la Vida", dice (N° 87): "En el servicio de la caridad, hay una actitud que debe animarnos y distinguirnos: hemos de hacernos cargo del otro como persona confiada por Dios a nuestra responsabilidad. Como discípulos de Jesús, estamos llamados a hacernos prójimos de cada hombre (cf. Lc 10, 29.37), teniendo una preferencia especial por quien es pobre, está solo y necesitado...La vida humana es sagrada e inviolable en todas sus fases y situaciones. Es un bien indivisible. Por tanto, se trata de hacerse cargo de toda la vida y de la vida de todos".

Con la experiencia amarga de nuestra propia historia reciente, los argentinos deberíamos ser protagonistas en la lucha por los indefensos. En estos días recordamos la muerte violenta de Mons. Angelelli, hace treinta años. Difícilmente podríamos invocarlo como testigo de nuestras propias causas, si no nos identificamos, como él, con la defensa de aquellos que no tienen voz. "Nunca más" no puede ser solamente el título de un libro, sino debe ser el reclamo permanente frente a cualquier atropello a la vida y dignidad del hombre.

Que la participación en la mesa del Señor de la vida nos dé la clarividencia y la fortaleza en este compromiso.
 

Luis T. Stöckler
Obispo de Quilmes

Quilmes, 30 de julio de 2006

 

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