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Homilía de Monseñor Luis Stöckler, Obispo de Quilmes

Domingo 20 de agosto de 2006
 

"Mi carne es la verdadera comida"


La enseñanza de Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm, después de la multiplicación de los panes, que hemos escuchado los domingos pasados, culmina hoy con una clara alusión a la Eucaristía. Anteriormente el Señor se había presentado como el pan bajado del cielo, que uno recibe por la fe. El que cree en Jesús como el enviado del Padre, entra en una relación  profunda que satisface el hambre y la sed espirituales. Hoy como en aquel entonces hay personas que aceptan a Jesús como  profeta que habla en nombre de Dios e incluso están dispuestos a considerarlo como ejemplo a imitar, como pan que da vida.

Pero, hoy Cristo no habla de una comida metafórica sino verdadera, y dice que es necesario comer su carne y beber su sangre. El evangelista repite este lenguaje fuerte de Jesús, en contra de gente muy espiritualista que despreciaba todo lo que tenía que ver con lo material y corporal. La identificación con Cristo no se limita a la aceptación de su palabra, sino en algo físico, visible y palpable y abarca toda la persona con cuerpo y alma. Así como tenemos necesidad de comer y beber para no perecer físicamente, es necesario alimentarnos con la carne y la sangre de Jesús para tener vida eterna. El Señor profundiza esta exigencia corporal de comunión, cuando remarca que esta comunión culminara en la resurrección en el último día. Es decir, la eucaristía inicia ya ahora lo definitivo. "El que me come vivirá por mí. La vida eterna no es solamente una promesa del futuro sino comienza ya ahora. Lo que comenzó con el Verbo eterno de Dios, cuando se hizo carne para siempre, que fue transformado por su muerte y resurrección, se prolonga y amplía en los hombres y mujeres que lo reciben.

"El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él".  Sabemos por experiencia que mantener inalteradamente nuestras convicciones y, sobre todo, vivirlas coherentemente resulta difícil. A pesar de nuestras buenas intenciones, no alcanzan las fuerzas para resistir las tentaciones que vienen de adentro y de afuera. Para mantener la comunión con Cristo es imprescindible que el Señor nos asuma y cobije nuestro corazón en el suyo. Es eso lo que sucede cuando recibimos su cuerpo y su sangre. Para que nosotros permanezcamos en él, es necesario que él esté en nosotros. Esta compenetración mutua no es el resultado de nuestro esfuerzo, sino un don inmerecido. Un don que recibe ya un niño que sabe diferenciar el pan común del pan eucarístico. Basta creer en la presencia real de Cristo en la eucaristía para que se dé la simbiosis misteriosa.

Pero recordemos lo que Juan  Pablo II nos dijo en su última carta apostólica (Mane Nobiscum Domine, 20 y 21), que la especial intimidad que se de en la comunión eucarística no puede comprenderse adecuadamente ni experimentarse plenamente fuera de la comunión eclesial. La Iglesia es el cuerpo de Cristo: se camina "con Cristo" en la medida en que se está en relación "con su cuerpo". Es precisamente el único pan eucarístico el que nos hace un solo cuerpo. La comunión fraterna nos mueve a sentimientos recíprocos de apertura, afecto, comprensión y perdón.

La celebración de la misa debe, por lo tanto, prolongarse fuera del templo, donde la comunión con los hermanos se vive de modo concreto. La comunión es esencialmente misionera. Es el mismo Cristo en nosotros quien busca a los demás, para que ellos también formen parte de su cuerpo y reciban el pan que da la vida eterna.

Luis T. Stöckler
Obispo de Quilmes

Quilmes, 20 de agosto de 2006.
 

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