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Homilía de monseñor Luis T. Stöckler,
obispo de Quilmes
en la Festividad de la Exaltación de la Cruz
(16 de setiembre de 2006)

Desde la Cruz, misioneros de la vida



Con motivo de la Exaltación de la Cruz, que la Iglesia conmemora en estos días, nos hemos reunido para vivir nuestra Fiesta Diocesana, ya que este título es un hecho fundante de la iglesia en Quilmes. Los 30 años de nuestra diócesis son un motivo mayor para celebrar y reafirmar juntos nuestra fe y nuestra acción. "Desde la cruz - misioneros de la vida" es el lema que hemos elegido para animar este día en nuestro caminar.

La cruz
La primera reacción que sentimos, cuando escuchamos hablar de la cruz, es más bien una aversión o temor; sentimientos que desalientan y que no parecen adecuados para celebrar una fiesta.  Exaltar la cruz, gloriarse de la cruz, no es algo que nos surge espontáneamente. Todo lo contrario. Muchos sienten el mensaje de la Iglesia como moralizante, y no como una propuesta de vida apasionante. En su homilía del Domingo de Ramos de esta año, dirigida cara a cara a los jóvenes Benedicto XVI reconoce que la Cruz nos habla de sacrificio y produce repulsión a quienes quieren la vida sin restricciones ni renuncias. "Queremos vivir, nada más que vivir..., queremos riqueza y plenitud", decía el Papa, interpretando el grito de nuestro mundo de hoy, que recela del cristianismo. Una difundida cultura de lo efímero, que asigna valores sólo a lo que parece hermoso y a lo que agrada, quisiera hacernos creer que hay que apartar la cruz. Esta moda cultural promete éxito, carrera rápida y afirmación de sí a toda costa; invita a una sexualidad vivida sin responsabilidad y a una existencia carente de proyectos y de respeto a los demás. Sin embargo, con este grito "queremos vivir, nada más que vivir" el hombre en el fondo reclama el sentido de la vida y rechaza, aunque inconscientemente, la idea absurda de que nacemos porque sí, para morir y nada más. Necesitamos que alguien nos explique el porqué y el para qué de las cruces. Porque la cruz está inscrita en la vida del hombre. Querer excluirla de la propia existencia es como querer ignorar la realidad de la condición humana. ¡Es así! Hemos sido creados para la vida y, sin embargo, no podemos eliminar de nuestra historia personal el sufrimiento y la prueba. Hermanos, ¿no experimentan también ustedes diariamente la realidad de la cruz? Cuando en la familia no existe la armonía, cuando aumentan las dificultades en el estudio de los chicos, cuando los sentimientos no encuentran correspondencia, cuando resulta casi imposible encontrar un puesto de trabajo, cuando por razones económicas los jóvenes se ven obligados a sacrificar el proyecto de formar una familia, cuando deben luchar contra la enfermedad y la soledad, y cuando corren el riesgo de ser víctimas de un peligroso vacío de valores, ¿no es, acaso, la cruz la que nos está interpelando? Y surge el interrogante: ¿Qué hago con mi vida?

La cruz de Cristo
El Papa Benedicto explicaba a los jóvenes: "No alcanzamos la vida apoderándonos de ella, sino dándola", haciéndose eco de la palabra de Cristo: "El que quiera salvar la vida la perderá; el que la pierda a causa mía la encontrará" (Lc 9, 24). Pero esta palabra necesita de una explicación, para que no se entienda que el sufrimiento tenga un valor en sí, y que el seguimiento de Cristo signifique buscar la cruz. "Aunque entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, no me sirve para nada", dice el apóstol (1 Co 13, 3). Cuando Jesús invitaba a los que querían seguirle que cargaran con la cruz, los invitaba a compartir su misión que él definió en la sinagoga de Nazaret, al comenzar la vida pública: "El Señor me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor". Es decir, compartir la vida misionera de Jesús significa querer amar a los demás y ayudarles a vivir dignamente; crear lazos de hermandad; estar dispuesto a cargar con la incomprensión  como Jesús y si fuera necesario, dar la vida por amor. El evangelio de Lucas presenta la vida de Jesús como una larga caminata que él emprendió decididamente  desde Galilea hasta Jerusalén (Lc 9, 51). Mientras se acercaba al lugar donde lo iban a crucificar, el Señor levantaba al paralítico, devolvía la vista al ciego, sanaba a los leprosos, enseñaba a la multitud y les daba de comer, resucitó al joven en Naím y la hija del jefe de la sinagoga; es decir hacía vivir a los demás, mientras iba caminando hacia su propia muerte.

Desde la cruz - misioneros de la vida
Pero el camino no terminó en la cruz. Los discípulos que se dirigían hacia Emaús, desorientados y tristes, se transformaron en misioneros para anunciar que Cristo estaba vivo. El Maestro les había abierto los ojos para que comprendieran el sentido del sufrimiento del Mesías. Al consentir dar su vida por amor, llevado por la certeza de una comunión inquebrantable con su Padre, Cristo quitó a la muerte su «aguijón» (1 Corintios 15,55), el miedo a la nada: «por su muerte ha liberado a todos los que, durante toda su vida, se encontraban asediados por el miedo a la muerte» (Hebreos 2,14-15). Él, aceptando la condición y el destino del hombre venció el pecado y la muerte y, resucitando, transformó la cruz de árbol de muerte en árbol de vida. Los discípulos, a partir de su encuentro con el Resucitado comprendieron que en compañía de Cristo, morir puede llegar a ser entonces un lenguaje capaz de expresar el don total de sí. Por su existencia Jesús nos enseña «la ley del grano de trigo»: «Si el grano de trigo que cae en tierra no muere, permanece solo; pero si muere, da mucho fruto» (Juan 12,24). Jesús no nos engaña. Con la verdad de sus palabras, que parecen duras pero llenan el corazón de paz, nos revela el secreto de la vida auténtica.
quienes tenemos que ser Su amor, Su compasión en el mundo de hoy. Pero, para poder amar, debemos tener fe, pues la fe en acción es amor, y el amor en acción es servicio. Por eso Jesús se
Es eso lo que celebramos con gozo y convicción profundos. Y con gratitud recordamos hoy a todos los hermanos que han vivido en los 30 años de nuestra diócesis la entrega del amor junto a los obispos Jorge y Gerardo: los centenares y miles de catequistas, de voluntarios de Cáritas, de los que acompañan desde Pastoral Social al pueblo en situaciones en conflicto, y de tantos agentes pastorales que con amor cargan con las cruces de nuestros hermanos, siguiendo a Jesús. Él es el Dios con nosotros. Es el amor fiel, que no abandona y sabe transformar las noches en albas de esperanza.  
Porque él nos manifestó que vale la pena morir, por eso afirmamos con fe que vale la pena vivir y ser misioneros de la vida.


Mons. Luis T. Stöckler,
obispo de Quilmes

Quilmes, 24 de setiembre de 2006
 

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