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Homilía de Monseñor Luis Stöckler, Obispo de Quilmes

Domingo 24 de setiembre de 2006


La Gracia de Servir
 


A partir de cierto momento, según el evangelio de San Marcos, Jesús deja de predicar públicamente y se dedica a la formación del pequeño grupo de los apóstoles. Porque ellos tendrían que seguir su obra en el futuro y trasmitir e instaurar la enseñanza del Reino. Los discípulos estaban lejos de comprenderla, sobre todo cuando Cristo les hablaba de su muerte y resurrección. Intuían, esto sí, el peligro que avanzaba sobre el Maestro y no se animaban a preguntarle. Se quedaron a distancia, mientras caminaban detrás de él, y discutían sobre quién era el más grande entre ellos. Una vez que llegaron a Cafarnaúm y estuvieron en casa, Jesús les preguntó, de qué habían estado hablando en el camino, y ellos se callaron. Entonces, Jesús se sienta para enseñarles solemnemente una de las reglas fundamentales del Reino: "El que quiere ser el primero, debe hacerse el último de todos y el servidor de todos".

No solamente los apóstoles en aquel entonces tenían dificultades para comprenderlo. Lo que hemos escuchado de la carta de Santiago, refleja las riñas que se producen en todos los ambientes: "Ustedes ambicionan .. y envidian, y al no alcanzar lo que pretenden, combaten y se hacen la guerra". ¿A quién le cabe en la cabeza la consigna de que "quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos"? A nadie le gusta ser el último. Ni tener que servir a los demás. Eso de buscar los primeros puestos y ser "el más importante"", no pasa sólo en política, sino también en las relaciones entre familias o dentro de la comunidad cristiana. Tampoco nosotros "entendemos" la cruz y "nos da miedo" que se nos hable de este modo.

Jesús, para hacernos entender la importancia de su enseñanza,  realizó una acción simbólica con la que dramatiza la frase que acabó de pronunciar: se levantó y toma a un niño y lo pone en el centro del grupo, abrazándolo. En la sociedad judía y greco-romana el niño no poseía derechos, pertenecía a la categoría de "los últimos". De ahí que sea símbolo de Jesús, el Mesías pobre, frágil, pequeño. Desde esta perspectiva, el sentido de la primacía y la superioridad, a nivel religioso y social, cambian absolutamente. La grandeza auténtica ante Dios no se mide a partir del prestigio o el rango social, sino a partir de la acogida y la solidaridad con los últimos y los excluidos. El que había comprendido este evangelio, fue San Francisco de Asís, quien ordenó en su primera regla, que "nadie sea llamado Prior, mas todos sin excepción llámense hermanos menores. Y lávense los pies el uno al otro". Con el gesto de lavar los pies a los apóstoles, Jesús había culminado su enseñanza entre ellos. Y sabemos que aún en este último momento, les costaba a ellos aceptar el servicio de su Maestro que invertía el orden de su concepto verticalista del Reino.

La verdad, nos cuesta entender y aceptar que el camino que lleva a la resurrección de Jesús y a la vida para nosotros pasa primero por la pasión, el dolor y la muerte; y todavía sabemos demasiado ‹individualmente y como comunidad humana y cristiana‹ de querer destacar y ser los primeros. Necesitamos aprender cada día un poco más y permitir que Jesús sea nuestro Maestro, sentarnos a sus pies y dejar que resuenen otra vez, en nuestros oídos y sobre todo en nuestro corazón, sus palabras: "Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos".             

Cuando comulgamos ahora, no sólo recibimos a Cristo que nos da consuelo y paz a nosotros, sino que comulgamos con "el Cuerpo entregado por" y "la Sangre derramada por". Para que vayamos asimilando esta lección insistente de Jesús de la entrega generosa por los demás. Cuando salgamos de aquí, no nos faltará la oportunidad de abrazar a Jesús en los pequeños. En ellos lo recibimos a él y al Padre.     

                                          
Luis T. Stöckler
Obispo de Quilmes

Quilmes, 25 de setiembre de 2006

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