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Homilía de Monseñor Luis Stöckler,
Obispo de Quilmes
 
 - Domingo 15 de octubre de 2006 -


"Un Tesoro en el Cielo"
 


El evangelio del joven rico plantea una cuestión nunca acabada con respecto al valor  de las riquezas. La palabra de Jesús que "es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de Dios",  inquieta a los que, con sincero anhelo, quieren vivir según su enseñanza. La reacción asombrada de los discípulos que preguntaban: "Entonces, ¿quién podrá salvarse?", reflejaba no solamente la convicción de los judíos en aquel entonces, sino también de ciertos predicadores sectarios hoy, quienes dicen que el favor de Dios se reditúa en el éxito de las empresas y el bienestar. Jesús jamás ha dicho esto.

¿Cómo entonces debemos entender la palabra de Cristo? Hay quienes piensan que Jesús estaba poniendo el énfasis en la justa distribución de los bienes, y que en esto existe el Reino de los cielos. El rico le respondió al Señor que desde su juventud siempre había respetado la segunda tabla de la ley de Moisés que Jesús le citaba ,y que dice que no se debe robar y no perjudicar a nadie. "Jesús lo miró con amor", comenta el texto, cuando el hombre le contestó así. Sin embargo le dijo: "Te falta una cosa: "Ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres". Hablando en términos del Magisterio de la Iglesia actual significa esto, que tampoco la aplicación del Compendio de la Doctrina Social es una garantía de que uno entre en el Reino de Dios.

¿Qué, entonces, quiere decir Jesús? Para seguirle, hay que descubrir y tener "un tesoro en el cielo". "Sólo Dios es bueno", advierte Jesús. O sea, todos los tesoros que tenemos en la tierra, nos pueden obstaculizar el acceso al Reino. El que descubre el verdadero tesoro, que es Cristo mismo, en el cual Dios se ha manifestado, debería desligarse de todo lo que le impide seguir a Cristo y asumir su modo de vivir. Estos tesoros terrenales no son solamente el dinero y los bienes. Cristo dice que no se puede ser discípulo suyo, si uno da más importancia a su padre o a su madre o a sus hijos. Son múltiples los afectos que nos dificultan poner nuestra confianza totalmente en el Señor. Son tan fuertes estos afectos que el mismo Señor dice que para los hombres es imposible liberarse de las ataduras que significan estas riquezas. Pero para Dios todo es posible.

¿Qué nos queda entonces? Pedir a Dios mismo que nos dé esta libertad. San Ignacio de Loyola comienza los Ejercicios Espirituales con esta indicación: "Es necesario hacernos indiferentes, a todas las cosas creadas. De tal manera que, de nuestra parte, no queramos más salud que enfermedad; riqueza que pobreza; honor que deshonor; vida larga que corta y así en todo lo demás. Solamente deseando y eligiendo lo que más conduce al fin para el cual hemos sido creados". La indiferencia ignaciana no significa insensibilidad afectiva, sino disponibilidad a la voluntad de Dios. Nace de la convicción que sólo Dios nos puede adjudicar el lugar que nos hace felices. San Agustín lo resume en la oración dirigida a Dios: "Dame lo que pides, y pide lo que quieras".

Esta nuestra fe en el amor providente de Dios manifestamos hoy especialmente por el agradecimiento y los pedidos por nuestras madres. Los vínculos que nos unen se fortalecen,  cuando sabemos valorar que ser madres y ser hijos e hijas es un regalo que hemos recibido sin ningún mérito personal. Queremos ofrecer esta misa especialmente por aquellas madres que fueron despojadas de sus hijos y encuentran consuelo solamente en la comunión que establece el Señor de la vida por su propia Pascua.
 

Luis T. Stöckler
Obispo de Quilmes

Quilmes, 16 de octubre de 2006.
 

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