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Homilía de Monseñor Luis Stöckler,
Obispo de Quilmes


-Domingo 22 de octubre de 2006-
 

"Dar la Vida en Rescate"


Adónde puede llevar la pretensión de los hombres por querer ocupar los primeros puestos, aunque sea simplemente al lado de un muerto famoso, lo pudimos observar con espanto en estos días. Este episodio lamentable puede ayudarnos a comprender la enseñanza de Jesús en el evangelio de hoy.

La prepotencia nace en el corazón de la persona que no pregunta por el lugar que Dios ha pensado para ella, sino que cree que la felicidad está en estar arriba de los demás. Los dos hermanos Santiago y Juan, igual que los otros diez apóstoles, tenían esta idea. Cuando Jesús los había llamado, mientras estaban ocupados con su oficio de pescadores, creían probablemente que su invitación: "Síganme y los haré pescadores de hombres", les abría la perspectiva de participar en un proyecto político del Mesías, y que su futuro estaba asegurado a su lado. Y aunque Jesús ya tres veces les había avisado que él tenía que sufrir y morir en Jerusalén, los apóstoles seguían con su idea.  

"Jesús los llamó", dice el texto, usando la misma expresión como cuando había encontrado a los hermanos con su padre Zebedeo en la barca; y les advirtió a los apóstoles sobre la actitud de los poderosos, que dominan a los demás "como si fueran sus dueños". El Señor caracterizaba así el comportamiento de los que se consideran gobernantes. Las estructuras sociales y políticas están hechas de tal forma que los gobernantes tienen la tendencia de instalarse en el poder absoluto. Una patología que en la antigüedad llevaba a los césares a dejarse venerar como dioses que no tenían que rendir cuentas a nadie. Si eran justos, eran justos por su decisión; si eran explotadores en beneficio propio ­ lo que era lo normal ­ nadie podía reclamarles nada en un sistema de miedo y opresión. Los que gobiernan en tal sistema reciben el  reconocimiento de sus pares y el sometimiento de los súbditos. Porque era esto lo que se consideraba ser gobernantes; es así como "los poderosos hacen sentir su autoridad", decía Jesús.

El Reino de Dios, es esto lo que Jesús nos hace ver, es este mundo al revés. "Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga el servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos". Los dos hermanos no sabían qué estaban diciendo, cuando contestaban "sí, podemos" a la pregunta, si podían beber el cáliz y recibir el bautismo de Jesús. Cuando el Maestro entró triunfalmente en Jerusalén, todavía podían soñar con los primeros puestos, pero cuando pocos días después se consumó el bautismo, a la derecha y la izquierda del Rey crucificado estaban dos ladrones. "Porque el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar la vida en rescate por una multitud".

El crucificado que es considerado un delincuente y muere bajo el poder político, es el que rompe el espiral de la violencia y de la opresión, y erige el nuevo Reinado, donde el poder se define como servicio. Para Dios no es grande el que tiene fama y  poder, sino el que sirve. "Con bondad miró la pequeñez de su servidora", dice María. La cruz de Cristo no es el fracaso del Reino de Dios sino, por el contrario, su comienzo. La cuestión del poder es una cuestión central en la Iglesia. Nos lastima la incomprensión que tenían que sufrir hombres y mujeres dentro de la misma Iglesia,  que posteriormente fueron reconocidos como santos. Y la historia nos ha enseñado que el poder del Estado es incompatible con la autoridad del Reino, que no se puede imponer por la fuerza. La verdad del Evangelio se impone solamente por si misma; y por la cruz que hay que asumir por ella.

Dentro del Estado, los cristianos tienen la misión de advertir sobre el abuso del poder y despertar la conciencia que reinar debe ser un servicio. La división de los poderes dentro de un sistema democrático es una forma de acotar la omnipotencia y limitar la instalación en el poder. De los cristianos se espera que se hagan valer como ciudadanos respetuosos de las instituciones republicanas, que si bien no son el Reino, pero sí son el ámbito donde "los laicos cumplen su propia función con la luz de la sabiduría cristiana"(GS 43). Es en la política bien entendida, donde los llamados, a su modo, han de  dar la vida en rescate por una multitud.

Los hijos de Zebedeo, más tarde bebieron realmente el cáliz de Cristo. Santiago, ya  pocos años después fue ajusticiado por Herodes. Nosotros fuimos bautizados y nuestra participación en el cáliz compromete a dejarnos conducir por el que se hace uno con nosotros.
 

Luis T. Stöckler
Obispo de Quilmes

Quilmes, 23 de octubre de 2006.
 

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