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Homilía de Monseñor Luis Stöckler,
 Obispo de Quilmes

 

- Domingo 29 de octubre de 2006 -

 

"Ver el Camino"
 



La curación del ciego de Jericó es, en el evangelio de Marcos, el último relato antes de la entrada de Jesús en Jerusalén. Bartimeo, al enterarse de la cercanía de Jesús, estaba consciente de que ésta era su oportunidad que no debía perder.  Él estaba convencido de que era el Mesías el que pasaba, y se puso a gritar: "¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!" Cuando lo reprendían para que se callara, su fe lo motivaba para gritar más fuerte todavía: "¡Hijo de David, ten piedad de mí!"   Y el Señor responde a los gritos del ciego.

Lo que el evangelista dice después en muy pocas palabras resume, como un paradigma, el proceso de la conversión.  Primero el Señor pregunta: "¿Qué quieres que haga por ti?" Bartimeo. el ciego, pidió a Jesús poder ver. En seguida comenzó a ver. Pero el Señor no solamente le aclara: "Tu fe te ha salvado", sino le dice: "Vete", como indicándole su capacidad y responsabilidad para desenvolverse en adelante por sus propios medios. Con la curación le regaló la libertad para elegir el proyecto de su vida.. El texto finaliza con la determinación de Bartimeo con la expresión concisa: "lo siguió por el camino". Es decir, se encaminó con Jesús hacia Jerusalén, donde iba a morir por el pueblo.

La pregunta "¿Qué quieres que haga por ti?" que le hizo a Jesús a Bartimeo, es la que dirige a cada uno de nosotros. En el primer libro de los Reyes, cuando el Señor apareció a Salomón en el sueño, durante la noche, y le dijo: "Pídeme lo que quieras" (1 R 3, 5), Salomón pidió el don de discernir entre el bien y el mal para poder conducir al pueblo. Y Dios lo alabó por no haber pedido para él una larga vida, ni riqueza, ni la vida de los enemigos; y le dio un corazón sabio y prudente. En el libro del Deuteronomio Dios urge la decisión de nuestra parte: "Hoy pongo delante de ti la vida y la felicidad, la muerte y la desdicha. Elige la vida" (Dt 30, 15.19). La respuesta no se puede aplazar indefinidamente. . ¿Qué contestamos? ¿Cuál es mi dificultad por la cual tendría que invocar al Señor? ¿Qué considero como central para mí vida?

El ejemplo del ciego de Jericó puede iluminarnos en la opción fundamental y en las grandes decisiones de la vida; y también de las pequeñas de cada día. Antes de dar ningún paso deberíamos saber quién es Jesucristo para mi. Si estoy convencido de que de Él depende mi existencia, voy a procurar por todos los medios posibles encontrarme con Él para que me ayude en mi búsqueda y en mis oscuridades. Si creo en Él y en su cercanía, no voy a dejar pasar la oportunidad, como el ciego, e invocarlo con insistencia, aunque mi entorno quiera desalentarme. Si estoy convencido de que yo, como todas personas y cosas, fui creado por Él y para Él, entonces Él conoce el designio de mi vida; Él sabe para qué he venido al mundo y cuál es mi camino hacia la felicidad. Por eso, ante todo debo ser una persona orante y dirigirme a Jesucristo como mi Señor, Maestro y Salvador.

"¿Qué quieres que haga por ti?" preguntará el Señor. Y mi respuesta debería descubrirle el defecto mío que me quita la libertad para ver y caminar. Si no me he dado cuenta todavía de esta traba, pedirle a Señor que me la revele y rogarle que me la saque. El pecado ciega y hace buscar las tinieblas. Debo pedir un rayo de luz a Dios para que pueda verme por dentro. El descubrimiento religioso de la falta es el primer fruto del reencuentro con el Señor. Y voy a experimentar lo que Cristo le dijo a Bartimeo: "tu fe te ha salvado". El que confiesa su debilidad con confianza, en seguida comienza a ver y puede caminar con libertad.

¿Qué hago con esta libertad? ¿Por dónde va mi camino? ¿Qué pretendo? Debería ahora animarme a pedirle al Señor lo que considero lo más importante en mi vida. Seguirle a Cristo tiene para cada uno una connotación propia. Todos estamos llamados a la santidad. Pero cada uno debe descubrir el lugar donde debe vivirla. "Como el Concilio explicó, este ideal de perfección no ha de ser malentendido, como si implicase una especie de vida extraordinaria, practicable sólo por algunos Œgenios¹ de la santidad. Los caminos de la santidad son múltiples y adecuados a la vocación de cada uno" (NMI 31). Juan Pablo II en su largo pontificado ha beatificado y canonizado a muchísimos cristianos y, entre ellos a muchos laicos que se han santificado en las circunstancias más ordinarias de la vida. Él decía que es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción este alto grado de la vida cristiana ordinaria.

Cuando Jesús salía de Jericó yendo a Jerusalén, estaba acompañado de sus discípulos y de una gran multitud. Pero el camino no terminó ahí. Jerusalén no era sólo punto de llegado, sino también punto de partido a todo el mundo. Acá y hoy el Resucitado nos da la fuerza que necesitamos para seguir caminando hacia nuestra propia Pascua.

 

Luis T. Stöckler
Obispo de Quilmes

Quilmes, 30 de octubre de 2006.
 

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