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Homilía de Monseñor Luis Stöckler
Obispo de Quilmes


- Domingo 5 de noviembre de 2006 -

 

"Amor como Mandamiento"


Lo primero  que llama la atención en la respuesta de Jesús al escriba es la vinculación del concepto del mandamiento con el amor. El amor es un mandamiento, no una sugerencia. Nosotros solemos asociar el amor con el nivel emocional de la persona, mientras los mandamientos para nuestra sensibilidad se dirigen a la esfera volitiva del hombre. Lo último tendría que ver con el deber y la disciplina, lo primero en cambio con los sentimientos y la espontaneidad. Con esto Jesús nos hace entender que el amor, si bien es algo vivo y movido  como el agua, sin embargo necesita de un cauce que lo contenga y guíe, para que no se diluya y empantane. El verdadero amor es la coincidencia de dos voluntades. En nuestra relación con Dios el amor se afirma  a medida en que el hombre se adecue con todo su corazón, con toda su alma, con todo su pensar y con todas sus fuerzas a la voluntad de Dios.

Esto a veces es un proceso difícil y doloroso. El mismo Hijo de Dios tenía que pasar por la dura experiencia de buscar y aceptar la voluntad del Padre. Él tenía que defender el proyecto de Dios contra las invectivas de Satanás, primero en el desierto después de su bautismo, y al final en el huerto de olivos cuando la angustia lo hacía transpirar sangre. El amor como sentimiento de paz y gozo se apodera de nuestro corazón en la misma medida en que aceptamos la voluntad de Dios. Él siempre dispone las cosas para el bien de los que lo aman. Si observamos que nuestros sentimientos no nos acompañan en la oración, no nos alarmemos tanto. Dios purifica así nuestro amor; nunca nos pondrá a prueba por encima de nuestras fuerzas. El Papa Benedicto dice en su primera encíclica: "El reconocimiento del Dios viviente es una vía hacia el amor, y el sí de nuestra voluntad a la suya abarca entendimiento, voluntad y sentimiento en el acto único del amor. No obstante, éste es un proceso que siempre está en camino: el amor nunca se da por concluido y completado; se transforma en el transcurso de la vida, madura y, precisamente por ello, permanece fiel a sí mismo" (DCE 17).

Lo segundo que llama la atención en el evangelio de hoy es, que Jesús a la pregunta cuál es el primero de los mandamientos, marque la ligazón insoslayable de una doble lealtad: la del amor a Dios y al prójimo. Las dos citas se encuentran, uno en el Deuteronomio, y el otra en el libro Levítico. Jesús las une en una sola frase y resume así toda la Ley de Moisés en una sola actitud: amar. Esto no significa que el amor al prójimo pueda reemplazar el amor a Dios, o al revés que el amor a Dios sustituya el amor al prójimo. Más bien los dos amores se condicionan mutuamente. "Ambos están tan  estrechamente enlazados, que la afirmación de amar a Dios es en realidad una mentira si el hombre cierra al prójimo o incluso lo odia. El amor del prójimo es una camino para encontrar también a Dios, y cerrar los ojos ante el prójimo nos convierte también en ciegos ante Dios (DCE 16).

La veracidad de estas afirmaciones podemos observar en aquellos hermanos nuestros que han vivido la enseñanza de Jesús y que Dios mismo aprobó después de la muerte con milagros fehacientes. Los santos, que hemos recordado en estos días, han sido coherentes en el amor. Su heroicidad en la entrega a Dios y en la atención de los necesitados, ya en vida hacía vislumbrar cómo el amor transforma las personas. Para nosotros es un gran consuelo poder contar con su cercanía. La comunión de los santos es uno de los misterios más maravillosos que la Iglesia debe ofrecer a nuestro pueblo. Pidámosles a ellos que nos animen y ayuden con su intercesión a vivir el amor con todo nuestro corazón y con todas las fuerzas que Dios nos ha dado.
 

Luis T. Stöckler
Obispo de Quilmes

Quilmes, 6 de noviembre de 2006.
 

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