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HOMILÍA DE MONS. LUIS T. STÖCKLER,
Obispo de Quilmes

Domingo 19 de noviembre del 2006

 

 

 

SE VERÁ AL HIJO DEL HOMBRE

 

 

           Cuando llegamos al final del año de la Iglesia, la liturgia trae en el evangelio los textos apocalípticos que nos hablan de la gran tribulación de los últimos tiempos. Una nación se levantará contra otra, habrá terremotos y hambre, los discípulos de Cristo serán perseguidos, las familias se desintegran,  la desolación se instala hasta  en los lugares sagrados, y la tribulación afectará a todo el cosmos. No solamente el individuo tiene la muerte insoslayable por delante, sino el universo entero está destinado a la destrucción, que coincidirá con la vuelta del Señor.  Estas prevenciones impactan en nuestra sensibilidad, y no faltan nunca voces que presagian con ansiedad la fecha de este día. El Señor lo dijo con claridad que nadie lo conoce.

 

         El discípulo verdadero, en vez de dejarse llevar por el miedo, presta su atención a la promesa de que “se verá al Hijo del hombre venir sobre las nubes, lleno de poder y gloria”. Es decir, que Cristo se manifestará definitivamente en la plenitud del Hijo eterno, que en su persona inició la transformación de la humanidad, y que dará participación a su gloria a todos los elegidos. Frente al horizonte oscuro de los presagios amenazantes, el cristiano levanta la cabeza y mira hacia arriba, donde el Señor está sentado a la diestra del Padre. La profesión de fe que “Jesucristo es el Señor”, le da ya ahora una protección infranqueable contra las invectivas del maligno. Aunque el Día del Señor no haya llegado todavía, el cristiano no duda de que Cristo detenta todo el poder desde que ha resucitado y vuelto al Padre.

 

       Mientras caminamos en la historia, no hay ninguna seguridad permanente, ni en la naturaleza, ni entre los hombres. Apenas hemos aprendido algo del pasado, pero nos cuesta entender lo que está pasando en el presente, y no sabemos lo que nos deparará el futuro. Pero, así como sabemos que se está acercando el verano cuando en la primavera brotan las hojas en los árboles, debemos saber interpretar los signos de los tiempos. Las calamidades son un estímulo para  estar siempre sobre aviso.

 

      La advertencia de Cristo “que no pasará esta generación, sin que suceda todo esto”, evidentemente no estaba dicha solamente para sus contemporáneos, sino despierta el alerta en cada generación que surge en la tierra. Está dicha hoy para nosotros. “Mis palabras no pasarán”. Esta afirmación de Cristo es un gran consuelo. Aunque todavía no lo podamos ver, pero sí lo podemos escuchar. Leer sus palabras, rumiarlas como la Virgen que las guardaba en su corazón, cantarlas con la comunidad, compartirlas con los hermanos, anunciarlas a los que todavía no las conocen; nos producen una alegría profunda y nos propulsan por el camino que nos lleva al encuentro definitivo con el Señor.

 

     Los elegidos que en el día final serán convocados desde un extremo al otro del horizonte, se preparan ya ahora en todos los lugares donde se congregan en el nombre del Señor, especialmente en la Asamblea dominical. Si celebramos bien la Eucaristía, la llegada del Señor no nos tomará de sorpresa. A los que se adhieren con fidelidad a la comunidad de los hermanos, reciben ya ahora una gran fortaleza y los momentos de prueba se transforman en momentos de paz.

¡Vayamos al encuentro del Señor!

 

 

Luis T. Stöckler

 

Obispo de Quilmes

 

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