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Catedral de Quilmes, 26 de noviembre de 2006.-

 

 

NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO

TESTIGO DE LA VERDAD

 


Cuando Jesús comenzó su misión pública, “proclamaba la Buena Noticia de Dios, diciendo: ‘El tiempo se ha cumplido, el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia” (Mc 1, 14). La instauración del Reino ha sido la causa central de su vida, desde su nacimiento como hijo de David en Belén hasta la cruz, donde la inscripción “Jesús Nazareno Rey de los Judíos” indicaba el motivo de su condena. En el tribunal de Pilatos, en el momento de su humillación extrema, Jesús declaró abiertamente su realeza. Cuando después de la multiplicación de los panes querían proclamarlo rey, lo había  rehusado. Recién cuando estaba desprovisto de ningún apoyo humano, lo aceptó para hacernos entender que su realeza no es de este mundo. Jesús no quería ser confundido con un Judas Macabeo o con los celotes que confiaban en el poder de las armas para defender la autoridad de Yahvé sobre su pueblo. El Reino de Dios no se instala bajo la presión del poder, sino solamente por la aceptación libre de la verdad. “Para esto he nacido y he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad”, responde Cristo en el interrogatorio. En el Reino entran, por eso, los que  escuchan su voz, creyendo en él, siguiendo a él, y asumiendo su misma actitud de humildad y entrega.
 

La incompatibilidad entre la verdad impuesta por coacción y aceptada en libertad, ha sido el meollo de la exposición, que el Papa Benedicto XVI dio en septiembre pasado  en la universidad de Ratisbona, y que tanto revuelo ha causado en el mundo musulmán. Decía ahí el Papa: “La violencia está en contraste con la naturaleza de Dios y la naturaleza del alma”,  y completó su pensamiento con una cita del emperador bizantino Manuel II Paleólogo, del siglo XIV, quien dice: “Dios no se complace con la sangre; no actuar según la razón es contrario a la naturaleza de Dios. La fe es fruto del alma, no del cuerpo. Por tanto, quien quiere llevar a otra persona a la fe necesita hablar bien y razonar correctamente, y no recurrir a la violencia ni a las amenazas. Para conversar a un alma razonable no hay que recurrir al propio brazo ni a instrumentos contundentes ni a ningún medio con el que se pueda amenazar de muerte a una persona”. Es este el mensaje de la Iglesia en medio de la confrontación de las diversas culturas y religiones, que en el mundo globalizado están urgidas a buscar juntos la justicia y la paz, sin traicionar  la verdad. Era significativo que la inscripción “El Rey de los judíos” en la cruz de Cristo haya sido en tres idiomas, en hebreo, latín y griego. Pilatos no aceptó la sugerencia de los sumos sacerdotes de agregar: “Este ha dicho: Yo soy el rey de los judíos”. “Lo escrito, escrito está”, fue su respuesta, como una afirmación profética, sin que él mismo lo supiera. Cristo como Rey debe ser anunciado en todos los idiomas. “Vayan hasta los confines de la tierra y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos”, es su mandato. “La relación con las otras religiones”, dijo el Papa ahora a pocos días de su viaje a Turquía, “sólo se revela constructiva su se evita toda ambigüedad que debilite el contenido esencial de la fe cristiana en Cristo, único Salvador de todos los hombres y en la Iglesia, sacramento necesario de salvación para toda la humanidad”.
 

En esta Misa de Cristo Rey en nuestra iglesia Catedral, la Acción Católica oficializa sus miembros nuevos, quienes manifiestan públicamente su compromiso de ser testigos de Cristo en medio de los hombres. Ciertamente hay muchas formas de asociarse en la Iglesia para dar cumplimiento a su cometido principal de evangelizar. Si colaboran con el apostolado jerárquico, deben considerarse como Acción Católica, aunque no tengan este nombre, dice el Concilio. Con esta ceremonia queremos afirmar esta institución que tanto bien ha hecho a nuestra Iglesia argentina. En realidad, los que son oficializados concretan la promesa de los confirmandos, cuando les preguntan si están dispuestos a dar testimonio de Jesús en todas partes, aunque tengan que sufrir por eso desprecio y persecución.
 

Les doy la bienvenida a los aspirantes y a los que se oficializan y a todos los miembros que en este día renuevan sus promesas. Los comprometo ya ahora a participar  como Discípulos y Misioneros de Jesucristo en la Gran Misión que los obispos de América Latina y el Caribe quieren emprender a partir de la 5ª Conferencia en La Aparecida en Brasil, para que nuestros pueblos en Él tengan vida.

 

Luis T. Stöckler

 

Obispo de Quilmes

 

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