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Cruce Varela, 25 de noviembre de 2006.-

 

Misa de la Esperanza

LA TIERRA ES DE TODOS

 

 1. El hecho de que celebremos la Misa de la Esperanza no en un templo sino aquí en un espacio público, y la tierra que pisamos sea de todos los ciudadanos, indica de por sí ya un mensaje. Esta convocatoria tiene que ver con el mundo que nos rodea, no por tomarlo como modelo, sino por el contrario, para renovar frente a él nuestra mentalidad y “discernir cuál es la voluntad de Dios, lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto”(Ro 12, 2). El lema de este año se hace eco de un documento que los obispos argentinos presentaron bajo el título “Una tierra para todos”. Lo que ahí  se dice sobre una justa distribución de la tierra, y de manera especial sobre el acceso a la titulación de terrenos y viviendas urbanas y suburbanas como también la preservación del medio ambiente, nos parece de gran actualidad entre nosotros.

2. La tierra fue entregada por Dios al hombre para que la cultive y cuide. Y desde que  Dios mismo la habitara y la asumiera definitivamente en su Hijo, la tierra es el lugar donde se instaura el Reino de Dios entre los hombres. Recordemos la antigua enseñanza de la Iglesia católica, puntualizado por el Concilio Vaticano II sobre el destino universal de los bienes. Se dice al respecto: “Dios ha destinado la tierra y todo cuanto hay en ella para el uso de todos los hombres y pueblos, de modo que los bienes creados deben llegar a todos en forma equitativa, bajo la guía de la justicia y el acompañamiento de la caridad”(GS 69). Este principio del destino universal de los bienes va junto al derecho de la propiedad privada. Tener un espacio suficiente para vivir con libertad, es una necesidad y un derecho indeclinable para la autonomía personal y familiar y debe ser considerado como una prolongación de la libertad humana. La propiedad privada es un modo de aplicar el principio de la universalidad de los bienes. Pero siempre “el  hombre debe considerar las cosas externas que posee legítimamente, no sólo como suyas, sino también como comunes, en el sentido de que han de aprovechar no sólo a él, sino también a los demás”.

3. Esta enseñanza de la Iglesia quiere iluminar a los ciudadanos y sus autoridades para implementar una distribución y administración más justa de la tierra. En el interior de nuestro país enorme queda pendiente todavía la asignatura de las “posesiones rurales extensas y aún extensísimas, mediocremente cultivadas o reservadas sin cultivo para especular con ellas, mientras la mayor parte de la población carece de tierras o posee sólo parcelas irrisorias” (GS 71). La afluencia en las urbes de tantos provincianos como asimismo de muchos hermanos de países vecinos, se debe en gran parte a estas situaciones de injusticia. Ellos tuvieron que cambiar la pobreza digna del campo por la precariedad de las villas. Es triste constatar cómo grandes sectores viven en condiciones de enorme pobreza, donde la irregularidad de las relaciones y la marginación no permiten hablar de verdaderos hogares. Después del éxodo del campo a la ciudad se ha creado muchas veces la situación del hacinamiento que produce “el grave fenómeno de quienes construyen su vivienda en terreno ajeno, ya sea público o privado. Muchas veces, estas personas se ven abocados casi a la desesperación, no hallando otra posibilidad de contar con una vivienda, aunque sea precaria. Estas situaciones exigen una solución urgente que responda al derecho de toda persona a tener una vivienda digna. Es claro que el problema no se resuelve simplemente mediante traslados forzosos y la destrucción de acampados enteros. Una justa solución exige que se afronten seriamente las raíces del problema de las migraciones interiores” (Pontificia Comisión ‘Justicia y Paz’: Qué has hecho de tu hermano sin techo? Cap.III, 3). La regularización de los títulos de propiedad es una necesidad para que las familias puedan mejorar la vivienda que será suya y vivir sin la zozobra de la incertidumbre.

4. En este contexto debemos también decir una palabra sobre la amenaza del desalojo judicial. El cobro de los impuestos a aquellos vecinos que por la crisis de nuestro país no han podido responder a sus obligaciones, no debe llevarlos a mayores angustias todavía, y las autoridades deben impedir que terceros quieran lucrar con este sufrimiento. Aunque fuera legítimo desde el punto de vista jurídico, el desalojo judicial no responde al interrogante ético, cuando están en juego personas que no tienen verdaderamente otra vivienda.  En la tradición cristiana, la casa, el hogar cristiano, tiene su origen en el sacramento del matrimonio, y es el templo en el cual la familia, “iglesia doméstica”, desarrolla su vida cotidiana. A esta luz se puede comprender mejor la gravedad y la profunda injusticia que padecen quienes carecen de vivienda o vivienda decente.

5. Sin duda es alentador que el Gobierno de la Nación trate de responder a las necesidades habitacionales con planes de viviendas, y que, en los partidos que conforman nuestra diócesis, una parte de las familias tenga la esperanza de tener acceso a una casa digna. Es significativo también el esfuerzo de Cáritas, aunque exiguo en cantidad, que construye viviendas con los propios habitantes, que de esta manera no solamente levantan paredes, sino se van construyendo a sí mismos como familia.

6. La consigna que “la tierra es de todos” debe entrar cada vez más en la conciencia de los hombres. Cuando se talan indiscriminadamente los bosques, cuando se usan nuestros ríos y arroyos para deshacerse de todo tipo de residuos; cuando se descuida el control de las napas de agua; cuando se ubican las subestaciones eléctricas en medio de los barrios; cuando abusamos de las calles y  plazas como si fueran basurales y destrozamos lo que es de todos, estamos atentando contra la vida y la convivencia. Debemos agradecer a nuestros queridos cartoneros que nos ayuden a reciclar los desperdicios para que no se envenene cada vez más nuestra tierra. Y  todos los que trabajan en nuestras comunas y retiran permanentemente los desechos de nuestras casas, se merecen nuestro respeto y cariño.

7. El problema de una vivienda digna no lo es solamente para los que lo padecen, ni es un problema sólo de las instituciones; lo es también para cada hombre y mujer que posee una casa y descubre o toma conciencia más clara de la dimensión del drama. Cada uno de nosotros debe sentirse, por eso obligado a hacer lo que esté a su alcance. Cuando el Señor vino a este mundo, no había lugar para ellos en el albergue. Él nos advirtió que en el último juicio nos preguntará, qué hemos hecho por el hermano que buscaba alojamiento. Nuestro propio destino final, en el encuentro con Dios después de la muerte, es expresado con el concepto de la casa o morada: “En la casa de mi Padre hay muchas moradas ... voy a prepararles el lugar”(Jn 14, 2). Ojalá que podamos escuchar entonces lo que el Rey dirá a los que tenga a su derecha: “Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo”(Mt 25, 42).

 

Luis T. Stöckler

Obispo de Quilmes

 

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