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Homilía de Monseñor Luis Stöckler

- Catedral de Quilmes, domingo 3 de diciembre de 2006 -

 


VEN, SEÑOR JESÚS

 

 
 

         En el centro de la eucaristía, inmediatamente después de la consagración cuando Cristo se ha hecho presente bajo los signos del pan y el vino, lo invocamos con la exclamación “Ven, Señor Jesús”. “Maranathá” , este grito en arameo, el idioma que hablaba Jesús, puede significar una afirmación: “Nuestro Señor está aquí”, como también la expresión de un anhelo: “¡Señor nuestro, ven!” En el tiempo del adviento la Iglesia pone el acento sobre la segunda acepción, para despertar en nosotros el deseo de la última y definitiva venida de Cristo.

 

        Las expresiones del evangelio sobre la vuelta de Jesús hablan de un cataclismo del universo. El fin de los tiempos tiene dimensiones cósmicas como el inicio, cuando el libro el Génesis habla de la creación del mundo. Hoy, frente a la teoría del gran estallido hace catorce mil millones de años, y de la evolución de las especies en nuestro planeta tierra, el creyente sabe que todo fue creado por el Hijo eterno de Dios, la Palabra cuya lógica se revela en todo lo que existe. La creación no es resultado de un principio irracional, sino de un ser inteligente  que trasciende la creación de un modo infinito. El universo es la primera manifestación el Hijo de Dios. 
 

       Frente a las condiciones extraordinarias que hacen posible que en nuestro pequeño planeta tierra exista vida y, sobre todo, el ser humano que es capaz de preguntar por el origen y el fin de la existencia, no nos extraña que Dios se haya acercado a nosotros para dar la respuesta a nuestros interrogantes y a nuestro anhelo de felicidad. Él confirmó esta su presencia entre nosotros en la encarnación del Hijo y dio un sentido profundo a la muerte del hombre cuando resucitó a Jesús. Fue ésta la manifestación con la cual se inicio el fin de los tiempos. Comenzó desde entonces la participación nuestra en la vida del Hijo de Dios. Creemos que en nuestro bautismo se ha iniciado este camino, pero estamos concientes de que el paso definitivo hacia nuestra transformación total no lo hemos dado todavía. Ni los que nos han precedido y han dejado este mundo después de una vida ejemplar en el seguimiento de Jesús, gozan todavía de la gloria plena. Y con nosotros el mundo entero está aguardando la perfección que no será el resultado de la evolución sino obra de la intervención de Dios, como cuando lo creó todo de la nada y cuando se encarnó. La última venida de Cristo completará esta obra, en la cual participarán quienes creen y esperan en él.

 

        El adviento es tiempo de esperanza de los que aguardan la llegada de Cristo en su gloria, para que el cielo baje a la tierra y se instaure definitivamente el Reino de Dios entre los hombres. Expresemos este anhelo con todo nuestra alma cuando aclamamos “¡Maranathá, ven Señor Jesús!”

 

 

Luis T. Stöckler

Obispo de Quilmes

 

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