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Homilía de Monseñor Luis Stöckler

LA ALEGRÍA EN EL SEÑOR

3er domingo de Adviento

 

           Este domingo lleva el nombre “Gaudete” , palabra latina que significa “Alégrense”, que viene de la carta de san Pablo a los Filipenses. En tiempos de los primeros cristianos, según nos cuentan los Hechos de los Apóstoles (2, 46), había una característica que llamaba poderosamente la atención de todos: la alegría. No es difícil comprender por qué estaban alegres en esos primeros tiempos. Estaba muy cercano el paso de nuestro Señor Jesucristo entre ellos. Cuando se reunían en la Eucaristía, algunos de ellos todavía tendrían el recuerdo de Jesús bendiciendo el pan y repartiéndolo. También estaban alegres porque habían visto grandes prodigios. Los que habían vivido antes bajo el yugo de sus pecados, experimentaron la libertad que trajo su conversión.

 

          El apóstol insiste en la exhortación de alegrarnos y de contagiar a los demás con nuestra bondad, que junto a la alegría es fruto del Espíritu Santo. Si ya los discípulos de Juan el Bautista sentían el alivio de una conciencia tranquila al recibir el bautismo con el agua, cuanto más  los discípulos de Cristo quien nos bautizaría con el Espíritu que envió como fuego sobre nosotros. Por eso, ninguna circunstancia debe angustiarnos. La alegría es una fuerza poderosa en los contratiempos que nos llegan de diversas formas: dolor, enfermedad, contradicción, cambio de planes, humillaciones. La cercanía de Cristo nos anima y nos preserva de la tristeza, que hace mucho daño en nosotros y en los demás.

 

        Es cierto, que las adversidades existen. Las cruces no faltan. No podemos hablar de la alegría sin hablar de la Cruz. El cristiano sufre, llora, tiene momentos amargos y siente dolor como cualquier otro ser humano. Sin embargo, encontramos un sentido en nuestros sentimientos de dolor y en nuestras dificultades. Este sentido es Cristo. Alégrense en el Señor , dice el apóstol. El sentido está en cargar nuestra propia cruz, y seguir el ejemplo de Jesús que es nuestra fuerza. Él transforma el dolor en gozo, la pena en júbilo, la muerte en resurrección.

 

       Cuando Pablo se dirigía a los Filipenses, ellos se acordaban de la escena, cuando al apóstol y a Silas habían puesto en el calabozo de la ciudad, sujetos los pies en el cepo. Y cómo cerca de la medianoche, los dos oraban y cantaban las alabanzas de Dios, mientras los otros prisioneros los escuchaban. Y cómo de pronto, la tierra comenzó a temblar tan violentamente que se conmovieron los cimientos de la cárcel, y en un instante, todas las puertas se abrieron y las cadenas de os prisioneros se soltaron. Los cristianos de Filipos sabían que Pablo hablaba desde su propia experiencia, cuando les decía: “En cualquier circunstancia recurran a la oración y a la súplica, acompañadas de acción de gracias, para presentar sus peticiones a Dios.” La alegría es la expresión de la libertad, aún cuando alguien está encadenado, y da “la paz que toma bajo su cuidado los corazones y los pensamientos en Cristo Jesús”.

 

      En estos días de adviento, además de Juan el Bautista, la Iglesia nos presenta a la Virgen como la mujer de la espera. No podemos encontrar un ejemplo más hermoso de alegría que el que nos da la Santísima Virgen en el Magníficat: “Proclama mi alma la grandeza del Señor; se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador”. Pidámosle a ella, Santa María causa de nuestra alegría, que nos enseñe, en la espera de su llegada en la Navidad, a impregnar nuestra alma, nuestro semblante, nuestros actos y nuestras palabras con la alegría que nos trae nuestro Señor Jesucristo.

 


Luis T. Stöckler
 

Obispo de Quilmes

 

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