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Homilía de Mons. Luis T. Stöckler,
 Obispo de Quilmes
 

Catedral de Quilmes, 4 de febrero del 2007

 


LOS MEDIOS POBRES

 

 

 

         En este año leemos en las misas dominicales el Evangelio según San Lucas. Domingo por domingo vamos a seguirle la pista a este autor que provenía del mundo pagano y que recalca la obra salvadora de Cristo a favor de todos los pueblos. Lo presenta a Cristo como el centro de la historia de la humanidad. La intención del evangelista a lo largo de los 24 capítulos de su libro se comprende, cuando se tiene presente el desenlace final, es decir, la resurrección y la ascensión del Cristo, que revelan que él es el Señor. Sabiendo esto, nos asombra tanto más el modo cómo Jesús evangeliza. Pareciera que prefería  ocultar su poder en vez de manifestarlo. Tenía una preferencia por lo pequeño y humilde. Así, con San Lucas, vamos descubriendo las consecuencias de la verdad fundamental de nuestra fe cristiana, que Dios se ha hecho hombre.

 

      Los textos bíblicos de hoy nos hacen tomar conciencia de que la Palabra con mayúscula, por la cual todo fue creado y cuyo efecto repercute hasta el último límite del universo, se ha sometido totalmente a las condiciones del ser humano. Para comunicarse, lo hace de manera tan pobre que su voz alcanza apenas a los que están cerca de él. “La multitud se amontonaba alrededor de Jesús para escuchar la Palabra de Dios”. Impresiona esta imagen de la gente que asediaba al Señor ávidamente para no perderse ni una palabra que salía de su boca. Se daban cuenta de que su enseñanza era importante, y solamente escuchándolo a él podían recibirla. Cristo respondía a esta necesidad con las posibilidades de su tiempo, hablándoles desde una barca y aprovechando el aumento de su voz por el reflejo del agua, para que la multitud lo pudiera oír. Evidentemente, lo que importa no es el volumen de su voz que se apagaba cuando “terminó de hablar”, sino la fe con que el oyente  guarda la palabra en su corazón, y por sobre todo la pone en práctica. El Señor no impone su voluntad, sino apela a la colaboración. El prefiere la debilidad de la sugerencia, la invitación suave que respeta la libertad del otro. Y es cuando es aceptada su propuesta que  la palabra manifiesta su poder.

 

     Lo que puede pasar entonces, lo vemos en el episodio que sigue en el relato de hoy.“Navega mar adentro, y echen las redes”, le dijo Jesús a Pedro. Un entendido de la pesca como Pedro sabe que a la luz del sol no se echan las redes. Pero Pedro lo hizo igual, porque confiaba en la palabra  del Maestro. El resultado impresionante provocó en él y sus compañeros el santo temor; ellos percibían que estaban en presencia del Señor. Pedro se echó a los pies de Jesús y le rogaba que se alejara de él que era un pecador. Nos asombra la reacción de Cristo quien no solo no se alejó de ellos, como lo pedían, sino los invitó a no temer y ser pescadores de hombres. Y ellos, confiando nuevamente en su palabra, “abandonándolo todo, lo siguieron”.  La encarnación de la Palabra llega hasta la consecuencia de abandonarse y esconderse en la palabra de estos hombres pecadores, haciéndolos participar en su misión. Cristo opta aquí de vuelta por lo pequeño, por lo que aparentemente no tiene valor. Lo que se lee en nuestras asambleas es precisamente la enseñanza de los apóstoles, redactada bajo la guía del Espíritu Santo. Y  ha sido la voluntad del Señor que a partir los apóstoles su palabra fuera trasmitida a través de los tiempos hasta el día de hoy por sus sucesores, que son hombres tan débiles como ellos.

 

    Por eso, cuando nos reunimos en la misa dominical, tenemos la certeza de que la palabra anunciada es “Palabra de Dios” y “Palabra del Señor”. Y tenemos la seguridad que esta palabra manifiesta su poder si es aceptada con fe, como en aquel entonces, cuando Pedro echó las redes. El Señor produce portentos llamativos también hoy, donde hay gente realmente creyente. Las múltiples canonizaciones de los tiempos recientes son una prueba fehaciente de ello.

 

      Pidamos a Dios que nos haga dóciles a su palabra y  nos anime a abandonarlo todo lo que impide en nuestra vida el verdadero seguimiento de Jesús.

 

 

Luis T. Stöckler

Obispo de Quilmes

 

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