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Homilía de Monseñor Luis Stöckler 

 

Catedral de Quilmes, domingo 18 de febrero del 2007.-

 

 

 

AMAR AL ENEMIGO

 
 

                Toda la enseñanza moral de Jesús está resumida en el mandamiento del amor. Para saber, si uno realmente lo vive, tiene que preguntarse, si incluye en su amor también a sus enemigos. Amar al enemigo es la piedra de toque de la autenticidad del amor. Porque el verdadero amor mana del corazón del mismo Dios, quien deja salir el sol sobre buenos y malos.  La historia de los hombres es la historia de la paciencia de Dios para con ellos. Cristo, en su máxima humillación en la cruz, pidió perdón por sus enemigos. Con su muerte pagó el precio de la reconciliación. Sus discípulos, por eso, se saben amados por Él y comprenden que el amor no es una sugerencia, sino una necesidad y una exigencia, según la palabra del Señor: “Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso”.

 

                Veamos cómo debemos entender y practicar esta enseñanza.

 

              Lo primero que Jesús nos dice es que recemos por nuestros enemigos: “Bendigan a los que los maldicen, rueguen por los que los difaman”. De esta manera no sólo se renuncia a la ira y la venganza, sino se expresa la voluntad de querer amar con el amor de Dios. El amor cristiano se distingue del amor de los paganos que aman solamente a los que los aman a ellos.

 

            Viene después la famosa frase: “Al que te pegue en una mejilla,  preséntale también la otra”. Cuando el mismo Jesús fue pegado en el sanedrín por uno de los guardias, no se quedó mudo, sino le preguntó: “ ¿Por qué me pegas?”  Si la paciencia  es interpretada como cobardía, o como aprobación del maltrato que afirma el atrevimiento del enemigo, no se debe presentar la otra mejilla. Sí, hay que presentarla, cuando esto sirve para la conversión del otro.

 

           Quizás la frase que más nos cuesta entender y aceptar, sea: “Dale a todo el que te pida, y al que tome lo tuyo no se lo reclames”. Un proverbio del Antiguo Testamento dice algo similar: “Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber. Haciendo esto, amontonarás carbones encendidos sobre su cabeza”. San Pablo cita este dicho y agrega:”No te dejes vencer por el mal. Por el contrario, vence el mal, haciendo el bien” (Ro 12, 20-21). Corremos el peligro de contagiarnos con el odio del enemigo. Por eso debemos activar todas las fuerzas del amor para contrarrestar esta tendencia. Es mejor quedarse sin nada, pero guardar  el amor de Dios, que salvar los bienes y perderse en las redes del maligno, que es el verdadero enemigo.

 

           Pero la Palabra de hoy no habla solamente de cómo reaccionar frente a la agresión, sino nos inspira a tomar la iniciativa en la convivencia. La regla de oro es: “Hagan por los demás lo que quieren que los hombres hagan por ustedes”. El que se guía por esta regla, tiene los ojos abiertos y presta atención a cualquier persona con que se encuentre, sin prejuicios. “Si aman a aquellos que los aman, ¿qué mérito tienen? Si hacen el bien a aquellos que se lo hacen a ustedes..., eso lo hacen también los pecadores”, dice Jesús. La predisposición de ayudar al prójimo crea un clima de confianza y familiaridad, y anima a los demás a ser también sensibles y generosos.

 

         Por encima de esta máxima de oro, Jesús nos invita a superar el principio de la justicia y hacer el bien sin esperar nada a cambio. Porque así seremos verdaderamente hijos del Altísimo que es bueno con los desagradecidos y los malos. “Entonces la recompensa de ustedes será grande”, promete Jesús. “La medida con que ustedes midan también se usará para ustedes”.

 

        Esto no vale solamente para la persona individualmente o en el interior de la Iglesia, sino también para la sociedad. Dijimos ya el domingo pasado que la doctrina social por si sola no puede garantizar la convivencia pacífica entre los hombres, si no estamos motivados  por el amor, por el espíritu de las Bienaventuranzas. “La experiencia del pasado y de nuestros tiempos”, decía Juan Pablo II en su segunda encíclica sobre la misericordia divina, “demuestra que la justicia por sí sola no es suficiente y que, más aún, puede conducir a la negación y al aniquilamiento de sí misma, si no se le permite a esa forma más profunda que es el amor plasmar la vida humana en sus diversas dimensiones. Ha sido ni más ni menos la experiencia histórica la que entre otras cosas ha llevado a formular esta aserción: summum ius, summa iniuria (es decir, la justicia extrema lleva a la extrema injusticia). Tal afirmación no disminuye el valor de la justicia ni atenúa el significado del orden instaurado sobre ella; indica solamente, en otro aspecto, la necesidad de recurrir a las fuerzas del espíritu, más profundas aún, que condicionan el orden mismo de la justicia” (DIM 12). Repetimos: sin el evangelio el mundo no tiene salvación.

 

        Para celebrar la eucaristía dignamente, el Señor nos indicó que no pongamos  nuestra ofrenda sobre el altar, si hay un hermano que tiene algo en mi contra. “Vete y reconcíliate con tu hermano primero. Después vuelve para entregar tu ofrenda”. Entonces también podemos rezar con sinceridad: “Perdónanos nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.

 

 

Luis T. Stöckler

Obispo de Quilmes

 

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