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CUARESMA 2007

Carta Pastoral de Mons. Luis T. Stöckler,
Obispo de Quilmes
 

 

Mis queridos hermanos y hermanas:

Cuando comienza la Cuaresma, tenemos la sensación de tener que empezar de nuevo en el seguimiento de Jesús. Somos cristianos desde siempre, y sin embargo falta mucho para comprender lo que esto significa. La Iglesia nos propone hacer el recorrido con Jesús, a partir de su preparación en el desierto para su misión pública hasta su muerte y resurrección. El Miércoles de Ceniza nos recuerda que somos polvo y que al polvo volveremos, y nos exhorta a convertirnos y creer en el evangelio. San Ignacio de Loyola recomienda a los que deben definir el camino de su vida: “Considerar que me encuentro a punto de morir; el estilo de proceder y la norma – que en aquel momento querría haber vivido – la aplicaré en el momento de concretar la elección; y rigiéndome en todo por ella, tomaré mi decisión”(E.E. 186). Es lo mismo cuando le pedimos a la Virgen en cada Avemaría, que ruegue por nosotros ahora y en la hora de la muerte. En la Cuaresma tomamos conciencia de nuestra condición de mortales.  Lo que cuenta, finalmente, es el último paso hacia el más allá. Cristo nos precedió y nos invita a dejarnos alcanzar  para poder llegar donde él.

 

Salir de la mediocridad

Estamos llamados a la santidad. Cuando como cristianos hablamos de la autenticidad de la persona, queremos decir que Dios tiene para la vida de cada uno un  proyecto; y lo que importa es descubrirlo y vivir según su voluntad. Es algo personalísimo.  Nadie nos puede reemplazar en este plan. Por eso debo conocer y reconocer con humildad dónde estoy parado, para saber por dónde tengo que empezar en este esfuerzo cuaresmal. El examen de conciencia y el propósito de enmienda es el primer paso en este camino. San Vicente de Paúl decía: “El que tiene en poca estima las mortificaciones corporales con el pretexto de que las interiores son mucho más perfectas, muestra bien a las claras no ser mortificado ni interior ni exteriormente”.  La palabra de Cristo de arrancarnos el ojo y cortarnos la mano, si son motivo de escándalo para nosotros, van en esta misma dirección. “Si no nos determinamos a tragar de una vez la muerte y la falta de salud”, decía Santa Teresa, “nunca haremos nada”.

 

Comenzar por uno mismo

Un buen ejercicio en la cuaresma sería prescindir de la crítica a los otros y apuntar a las propias falencias. Tratar de comprender a los demás antes de juzgar y condenarlos. “¿Por qué te fijas en la paja que está en el ojo de tu hermano y no adviertes la viga que está en el tuyo?” (Mt 7, 3), nos pregunta Jesús. Muchas veces solemos atribuir los defectos personales a los condicionamientos externos y reclamamos el cambio de las  estructuras. En verdad formamos parte de las mismas, y  si no estamos dispuestos a comenzar por nosotros mismos, nunca va a cambiar nada. Si queremos seguir a Cristo, debemos – como él – cargar con la cruz. En realidad, cuando se la impusieron a él forzadamente, también en nuestro nombre,  el Señor la cargó con libertad y la transformó en instrumento de salvación. De un cristiano se espera que sea menos llorón y más vital. El rezo del tradicional Víacrucis es un buen medio para adquirir esta virtud. Es un ejercicio espiritual sencillo, pero eficaz. Lo recomiendo para la praxis tanto individual como de las comunidades en este tiempo. Si lo hacemos por las calles, sería a la vez un testimonio y una invitación para los vecinos. Es una forma de ocupar los espacios y ahuyentar a los maleantes y al maligno.

 

Identificarnos con Cristo

No estamos solos en esta empresa. Asumir la cuaresma no es un acto voluntarista, sino es vivir la presencia misteriosa de Cristo en y entre nosotros. Somos su Cuerpo,  en el cual cada uno ocupa su lugar y ejerce una función irreemplazable. Cristo se vale de nosotros y nos dio la capacidad de responder para el bien de la Iglesia. Cuando nos acercamos en este tiempo con mayor frecuencia a la Eucaristía - si fuera posible diariamente -, se fortalece esta simbiosis; si compartimos en este tiempo con otros la Palabra de Dios, se nutre nuestro espíritu de las enseñanzas del Maestro; si  nos acercamos en este tiempo a los que están necesitados de nuestra ayuda, nos encontraremos con el mismo Señor. No hace falta buscar cosas extraordinarias, sino solamente hacer lo cotidiano con toda el alma. La satisfacción y la alegría que nos causa esta experiencia de Cristo, irradia y puede contagiar a los demás, que quieren conocer el secreto de nuestra felicidad.

 

Amar con obras y de verdad

Las oraciones de la liturgia cuaresmal hablan permanentemente del esfuerzo nuestro que ofrecemos a Dios. El sacerdote las dice en nombre de la comunidad; y el obispo en nombre de toda la diócesis.  Nuestra oración debe ser sincera; es decir, nosotros los pastores y las comunidades debemos hacer realmente este esfuerzo. Para que este compromiso compartido sea más concreto, propongo que al comenzar la cuaresma cada parroquia decida hacer una obra de caridad, y que los ahorros personales de este tiempo se pongan en una alcancía para este fin. Mientras damos solamente lo superfluo, todavía no amamos en serio. Amemos de verdad.

 

Estoy contento de poder acompañarlos. Los bendigo de corazón y les pido su oración.

 

Luis T. Stöckler

Obispo de Quilmes

 

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