Y es ahí, donde se les abre el horizonte. Jesús se transformaba
delante de ellos de una manera deslumbrante, y ellos veían a los dos
profetas más grandes del pasado, Moisés y Elías. Estos hablaban con el
Maestro sobre su muerte en Jerusalén, y sin embargo, no había nada de
desasosiego o angustia. Los apóstoles tenían el deseo de prolongar esta
vivencia y quedarse en la montaña. Sin comprenderlo todavía, fueron
testigos de la resurrección por venir. No sabían cómo expresar el gozo que
sentían. En vez del miedo a la muerte, con que el demonio quiso
esclavizarlos totalmente, como dice la carta a los Hebreos, les entró el
santo temor de Dios. Cuando una nube los cubrió con su sombra y ellos
oían: “Éste es mi Hijo, el Elegido, escúchenlo”, esta voz les infundió
confianza para seguir con Jesús en su camino a Jerusalén.
Pedro recordó esta experiencia después de muchos años, cuando
escribía en su segunda carta: “No les hicimos conocer el poder y la Venida
de nuestro Señor Jesucristo basados en fábulas ingeniosamente inventadas,
sino como testigos oculares de su grandeza. Nosotros oímos esta voz que
venía del cielo, mientras estábamos con él en la montaña santa” (2 Pe 1,
16.18). Es cierto, que esta primera experiencia del señorío de Cristo no
los libró totalmente del miedo. Recién, cuando el Resucitado salió a su
encuentro y les comunicó su Espíritu, los apóstoles se entregaron
definitivamente. La lección de Jesús tantas veces escuchada, que no
temieran ni siquiera a los que maten el cuerpo, fue penetrando finalmente
en su vida. Desde entonces Pedro hablaba como el mismo Señor y nos alienta
diciendo: “Dichosos ustedes, si tienen que sufrir por la justicia. No
teman ni se inquieten: por el contrario, glorifiquen en sus corazones a
Cristo, el Señor. Estén siempre dispuestos a defenderse delante de
cualquiera que les pida razón de la esperanza que ustedes tienen” (1 Pe 3,
14-15).
La esperanza, que va más allá de la muerte, da a nuestra vida
una calidad que no descubren quienes no aprecian sino las cosas de la
tierra. El deseo de vivir para siempre, es innato. No podemos concebir la
existencia como algo fortuito sin sentido. Anhelamos la vida en plenitud
y sabemos en el fondo que no lo alcanzamos simplemente acumulando años.
“Somos ciudadanos del cielo, y esperamos que venga de allí como Salvador
el Señor Jesucristo. Él trasformará nuestro pobre cuerpo mortal,
haciéndolo semejante a su cuerpo glorioso”. Así nos habla hoy San Pablo, y
agrega: “Hermanos, les advertí frecuentemente y ahora les repito llorando:
hay muchos que se portan como enemigos de la cruz de Cristo. Su fin es la
perdición, y su dios es el vientre”.
La Cuaresma es el tiempo que nos motiva para poner
nuestras personas y nuestras cosas bajo el dominio del Señor. Ahora ya
comienza nuestra transformación. La autodisciplina activa y el sufrimiento
pasivo nos purifican y facilitan que el esplendor de la presencia de
Cristo en nosotros pueda traslucir. La eucaristía es el medio por
excelencia que produce este efecto y que nos anima a dar testimonio de
nuestra esperanza.
Luis T. Stöckler
Obispo de Quilmes