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MENSAJE DE CUARESMA 2006
 

DE MONSEÑOR CARLOS JOSÉ TISSERA

 

Revístanse de nuestro Señor Jesucristo” 

(Rm. 13,14)

 


Hermanas y hermanos:

 

1. Comenzamos con toda la Iglesia el camino cuaresmal. Cuarenta días durante los cuales, de modo más intenso, deseamos convertirnos a Dios. “Ustedes saben en qué  tiempo vivimos y que ya es hora de despertarse, porque la salvación está ahora más cerca de nosotros que cuando abrazamos la fe. La noche está muy avanzada y se acerca el día. Abandonemos las obras propias de la noche y vistámonos con la armadura de la luz”(Rm. 13, 11-12). 
 

En medio de las tinieblas de la soledad y falta de cariño, de la indiferencia y egoísmo, de la desintegración familiar y el desamparo,  de los resentimientos y rencores; en las oscuridades de la pobreza y la miseria, de las injusticias y la discriminación, del trabajo precario y la explotación, de las desigualdades y ambiciones mezquinas; en la noche de las drogas y la violencia, del hedonismo y el consumismo materialista, del olvido de Dios y de los valores trascendentes…, brilla una luz de esperanza: “¡Dios es amor! Dios te ama así como eres”. Este es el rostro de Dios que atraerá a todos: Dios-Amor.

 
 

2. Al comienzo del milenio, escuchamos la voz de la Iglesia que grita al mundo: “Dios es amor”, en la reciente carta del Papa Benedicto XVI.

Volvámonos al amor del Padre Dios que nos espera, como en el relato de la parábola del  hijo arrepentido y perdonado por el padre misericordioso (Lc. 15, 11-32).
 

La cuaresma es la invitación de Dios misericordioso a volvernos a Él. ¡Qué confianza despierta en nosotros al saber que Él me busca, simplemente porque me ama!
 

Cuando nos decidimos a emprender ese camino de volvernos a la voz del Señor que llama, marchamos al encuentro del regalo más grande y valioso, un don tan rico y bello que hizo que San Pablo dijese: “Les suplicamos en nombre de Cristo: déjense reconciliar con Dios” (2 Cor. 5, 20).
 

Es allí donde comienza nuestro camino de regreso a casa, la conversión.
 

Un obispo y teólogo italiano, Mons. Bruno Forte, meses pasados escribía una carta a sus fieles sobre la Reconciliación, y decía:
 

“Mediante la toma de conciencia de tus culpas, te das cuenta de estar en el exilio, lejano de la patria del amor: adviertes malestar, dolor, porque comprendes que la culpa es una ruptura de la alianza con el Señor, un rechazo de su amor, es “amor no amado”, y por ello es también fuente de alienación, porque el pecado nos desarraiga de nuestra propia morada, el corazón del Padre. Es entonces cuando hace falta recordar la casa en la que nos esperan: sin esta memoria del amor, no podríamos nunca tener la confianza y la esperanza necesarias para tomar la decisión de volver a Dios. Con la humildad de quien sabe que no es digno de ser llamado “hijo”, podemos decidirnos a ir a llamar a la puerta de la casa del Padre: ¡qué sorpresa descubrir que está en la ventana mirando el horizonte, porque espera desde hace tiempo nuestro retorno!. A nuestras manos abiertas, al corazón humilde y arrepentido, responde la oferta gratuita del perdón con el que el Padre nos reconcilia consigo, “convirtiéndonos” de alguna manera a nosotros mismos: “Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente” (Lc. 15,20). Con extraordinaria ternura, Dios nos introduce de modo renovado en la condición de hijos, ofrecida por la alianza establecida en Jesús”.
 

Es por eso que, sobre todo en este tiempo cuaresmal, les invito a descubrir, de modo más profundo, el regalo que Dios nos hace en el Sacramento de la Penitencia, al que sabiamente el Papa Pablo VI llamó: “Sacramento de la alegría cristiana”.


 

3. “Revístanse, pues, como elegidos de Dios, santos y amados, de entrañas de misericordia…” (Col. 3, 12).
 

Revestidos por el amor misericordioso, que nos devuelve la alegría de ser hijos muy amados, “imitando su generosidad… los creyentes queremos ser instrumentos de su vida para los demás. Por eso, venciendo la tentación del egoísmo, intentamos salir de nosotros mismos, revistiéndonos de entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre y paciencia (Col. 3, 12) para procurar la felicidad de nuestros hermanos” (NMA 10).
 

“Toda la actividad de la Iglesia es una expresión de un amor que busca el bien integral del ser humano: busca su evangelización mediante la Palabra y los Sacramentos, empresa tantas veces heroica en su realización histórica; y busca su promoción en los diversos ámbitos de la actividad humana. Por tanto, el amor es el servicio que presta la Iglesia para atender constantemente los sufrimientos y las necesidades, incluso materiales, de los hombres”(Benedicto XVI, Deus caritas est, 19)

 
 

4. Iniciemos la Cuaresma, de la mano del Plan Pastoral Diocesano, promoviendo la espiritualidad de comunión y el fervor misionero.
 

Al comenzar el milenio, Juan Pablo II nos decía que hace falta promover una espiritualidad de la comunión, que parte de nuestra comunión con Dios, antes de programar cualquier acción pastoral en concreto.
 

Somos misioneros porque hemos recibido un bien que no queremos retener en la intimidad. Es lo que todo ser humano necesita encontrar. Lo que hemos visto y oído reclama que lo transmitamos a quienes quieran escucharnos. La Iglesia existe para evangelizar. Tiene como centro de su misión convocar a todos los hombres al encuentro con Jesucristo. (NMA 12 – 16).

 
 

5. Hace 800 años, Francisco de Asís, vivió una experiencia profunda en su camino de conversión. En la vieja iglesia de San Damián, mientras rezaba delante del crucifijo puesto sobre el altar, tuvo una visión del Cristo crucificado que le traspasó el corazón, hasta el punto que ya no podía traer a la memoria la pasión del Señor sin que se le saltaran las lágrimas. Y sintió que el Señor le decía: “Francisco, repara mi iglesia; ¿no ves que se hunde?”. De allí nace su misión de reconstruir, no sólo el templo casi destruido de San Damián, sino de renovar la Iglesia de los creyentes. Fue en 1206, cuando se “revistió de Jesucristo”, abandonando su pasada vida de lujos y placeres, para abrazar la vida pobre y sencilla del Evangelio. Y así gritó al mundo entero, con su vida, que “Dios es amor”.

 
 

“Francisco: Tú que te acercaste tanto a Cristo en tu época, ayúdanos a acercarnos a Él, hoy. Tú, un hombre siempre bueno, nunca has dejado de prestar auxilio a quien te lo pidiera. Ayúdanos a ser servidores alegres de Dios, capaces de encender, en todo lugar, la luz de la esperanza y de la confianza, del optimismo y la alegría, de la bondad y del amor. Amén” (Juan Pablo II).
 

 

María, Madre del amor hermoso, ruega por nosotros.

 

A todos los bendigo de corazón

 

                                                          + Carlos José Tissera

Obispo de San Francisco

 

San Francisco, 28 de febrero de 2006

 

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