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HOMILÍA DE MONSEÑOR LUIS H. VILLALBA,
 ARZOBISPO DE TUCUMÁN,
EN LA MISA DE LA VIGILIA PASCUAL

15 de abril de 2006

Queridos Hermanos:

1. Después de haber acompañado a Jesús el Viernes Santo en su Pasión y en su muerte en la Cruz, esta noche la Iglesia celebra con gozo la Resurrección del Señor.
Esta noche hemos escuchado el anuncio del Ángel a las mujeres y que la Iglesia nos recuerda a todos: "Yo sé que ustedes buscan a Jesús, el Crucificado. No está aquí porque ha resucitado".
La Iglesia nos anuncia la resurrección de Cristo también con la riqueza de los signos litúrgicos: con la bendición del fuego y el rito de la luz, con el cirio que se enciende en medio de la oscuridad, con el canto del Pregón pascual que nos narra las maravillas obradas por Dios, con las lecturas bíblicas, con el aleluya. Así hemos escuchado y lo hemos expresado a través de gestos y símbolos el anuncio fundamental: Cristo vive y es nuestra vida.

2. Cristo resucitó realmente en su misma e idéntica humanidad. Jesús resucitó con el mismo cuerpo nacido de María Virgen, pero en condiciones nuevas, espiritualizado. Jesús está vivo, con sus ojos, con sus manos, con sus llagas, como lo mostró a sus discípulos cuando entró en el Cenáculo y les dijo: "Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo. Tóquenme y vean. Un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que yo tengo. Y diciendo esto, les mostró sus manos y sus pies" (Lc. 24,39-40).
La Pascua es la fiesta de la vida, la fiesta de la Resurrección, la fiesta de la victoria sobre la muerte.
La Pascua, ¿constituye solamente la fiesta de Cristo resucitado o es también nuestra fiesta?
Con la Resurrección de Cristo comienza un orden nuevo para la humanidad. La Resurrección no es sólo un hecho personal de Cristo. Nosotros no podemos contemplar el drama personal de Cristo como si se tratara de algo que le atañe solamente a él y fuera ajeno a los hombres, a nosotros mismos.
El misterio pascual, el misterio de la muerte y resurrección de Cristo, no es un acontecimiento aislado, sino que es un acontecimiento entrelazado con nuestro destino, con nuestra salvación.
El Señor ha resucitado para cada uno de nosotros, que estábamos muertos por el pecado. Fuimos creados para vivir eternamente. El pecado introdujo la muerte en el mundo.
Cristo ha resucitado y nosotros, que creemos en él, también resucitaremos. El hecho milagroso de la resurrección de los muertos tendrá lugar al final de los tiempos, es decir, cuando el Señor lo haya establecido, cuyas disposiciones desconocemos. Pero ese momento llegará. Y ¿ahora? Ahora tenemos ya en anticipo la prenda de la resurrección. No somos solamente hombres de carne y hueso. Tenemos un principio, una semilla, en nuestro ser. Este principio es la gracia, la vida divina que se nos ha comunicado, que nos garantiza la vida eterna.

3. Nuestra resurrección se realiza a través de tres fases.
La primera es el Bautismo. La vida cristiana tiene su origen en el Bautismo, que es el sacramento de la iniciación, de la nueva vida, cuando se infunde en nuestra alma, el Espíritu Santo, la gracia. Es algo que el cuerpo no ve, pero sí el alma por la fe. El Bautismo reproduce en nosotros mística, pero realmente, la muerte y la resurrección del Señor. ¿No saben ustedes - dice San Pablo en la carta a los Romanos que acabamos de escuchar - que todos los que fuimos bautizados en Cristo Jesús, nos hemos sumergido en su muerte? Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que así como Cristo resucitó por la gloria del Padre, también nosotros llevemos una vida nueva" (Rom. 6,34).

Por el Bautismo llevamos una vida nueva. San Pablo nos dice: "El que vive en Cristo es una nueva criatura: lo antiguo ha desaparecido, un ser nuevo se ha hecho presente" (2 Cor. 5,17). Para San Pablo, el bautizado, el cristiano, tiene una "vida nueva", "un espíritu nuevo", "una mentalidad nueva".

La segunda fase es la que debemos emplear en el período de nuestra existencia en el tiempo. Es vivir conforme al Evangelio. Es vivir como discípulos, seguidores del Señor cada día. Esta es la fase de la vida cristiana, de la vida nueva. Preguntémonos ¿Nuestra vida es cristiana? ¿Vivimos conforme al Evangelio de Jesús? ¿Somos conscientes de la novedad, de la originalidad de la vida cristiana?  ¿Nos damos cuenta de que celebrar la Pascua, es decir, participar de la muerte y resurrección de Cristo, exige de nosotros una fidelidad, una coherencia en nuestro modo de pensar, de sentir, de vivir conforme a las enseñanzas y ejemplos de Jesús? El Bautismo nos hace hijos de Dios. Nos toca a cada uno de nosotros ir creciendo en esta vida a lo largo de nuestra historia.
Con el Bautismo, la resurrección de Cristo, la vida nueva entra en nuestro corazón, en nuestro cuerpo, en nuestra vida; como semilla deberá ir creciendo y desarrollando, hasta culminar un día con la resurrección de nuestro cuerpo.
Por eso, hoy, la Iglesia nos pide que renovemos las promesas bautismales, ratificando nuestra adhesión a Cristo. Nuestro compromiso de vivir una vida nueva.

La tercera fase de nuestra resurrección es al final después de la muerte temporal. Es la fase de la plenitud de nuestra salvación, la inmersión completa de nuestra vida en la vida infinita de Dios en el más allá.

Queridos hermanos:
Sean realmente en el mundo de hoy, testigos de la resurrección de Cristo, con una fe sólida y con el compromiso de vivir auténticamente el cristianismo. Les deseo que anuncien, adonde quiera que vayan, que "el Señor verdaderamente ha resucitado".
 

MONSEÑOR LUIS H. VILLALBA
 ARZOBISPO DE TUCUMÁN

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