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Homilía de Monseñor Luis H. Villalba,
arzobispo de Tucumán
,
en la Misa crismal

-13 de abril de 2006-

 

Queridos hermanos:

 

1.   “Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír” (Lc. 4,21).

Resuena fuerte este “hoy” que el evangelista Lucas pone en una serie de “hoy” que marcan su Evangelio, desde el nacimiento de Jesús hasta su muerte en la cruz.

Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre (Lc. 2,11-12).

Hoy ha llegado la salvación a esta casa” (Lc. 19,9).

Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc. 23,43).

Para nosotros este “hoy” es encontrarnos juntos en este Jueves Santo para revivir el origen de nuestro sacerdocio.

Saludo cordialmente a todos: sacerdotes diocesanos y religiosos, diáconos, seminaristas, consagradas y fieles laicos.

Un saludo especial a los sacerdotes enfermos que no pueden acompañarnos, pero que están presentes en esta Eucaristía.

 

2.   En esta Misa Crismal  quiero reflexionar con ustedes sobre algunos puntos que hacen a nuestra vida sacerdotal.

Lo primero que deseo expresar es que siempre demos el primado al Evangelio.

Esto se puede manifestar de mil maneras diferentes, como ser: proclamar el amor de Dios por el hombre; proclamar el misterio del Verbo hecho carne, llegando a la alegre noticia del perdón de los pecados y del don de la filiación divina. Es fundamental que la realidad del primado de Dios y del Evangelio sea la raíz de toda nuestra vida y de todo nuestro ministerio, de todo lo que hacemos y de todo lo que decimos. Se trata de reconocer el primado de la iniciativa divina. Primado que aparece en todo su esplendor en la vida, pasión, muerte y resurrección de Jesús, que actualizaremos en estos días. Este primado que nosotros, sacerdotes, tenemos la gracia de proclamar cada día en la celebración Eucarística.

Podemos también hablar del primado de la fe en nuestra vida.

Es cierto, los sacerdotes no están inmunizados de las repercusiones de la cultura  del mundo de hoy. Como todos los hermanos en la fe, experimentan también horas de oscuridad en el camino hacia Dios. Hoy la fe es insidiada por el pensamiento moderno. La desconfianza acerca de la validez de los principios fundamentales de la razón ha sacudido nuestro modo de pensar la verdad. Estamos tentados de historicismo, de relativismo, de subjetivismo, de positivismo.

La situación actual debe invitar al sacerdote a profundizar en la propia fe, esto es, a tomar conciencia cada vez más clara de quién es él, de qué poderes está investido y qué misión le ha sido confiada.

El Concilio ha dado una espléndida definición sobre el sacerdote: “Educadores en la fe (PO 6). Puesto que el sacerdote vive de la fe, ha de saber comunicarla a los demás.

La fe es la base, la raíz, la fuente, la primera razón de ser de la Iglesia.

La fe es como la raíz, el fundamento de nuestra vida cristiana y sacerdotal. Todo el valor de nuestra vida brota de la fe: “Sin la fe es imposible agradar a Dios” (Heb. 11,6).

Ser cristiano es ser creyente. San Pablo nos dice: “Es necesario que ustedes permanezcan firmes y bien fundados en la fe” (Col. 1,23).

La fe, lo sabemos, no es solamente creer en las verdades, es una unión de vida con Jesucristo. Ser sarmientos vivos en comunión vital con Cristo-Vid. Los sarmientos no son autosuficientes, dependen totalmente de la vida. En ella se encuentra la fuente de la vida.

Darse a Cristo por la fe personal no es un paso que se da de una vez para siempre; es un paso progresivo, debe ir creciendo.

Contemplemos a los Apóstoles:

Desde su primer contacto con el Maestro quedan conquistados: “Hemos encontrado al Mesías” (Jn. 1,41). Y, sin embargo, ¡qué caminos tendrán que recorrer para intensificar su fe!

La fe de los Apóstoles crecerá en Caná: “Así manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él” (Jn. 2,11). En Cesárea de Filipos: “Tomando la palabra Simón Pedro respondió: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” (Mt. 16,16).

En la resurrección de Lázaro: “Entonces les dijo abiertamente: «Lázaro ha muerto y me alegro por ustedes de no haber estado allí, a fin de que crean»“ (Jn. 11,14-15).

En la Última Cena alardean de su fe: “Sus discípulos le dijeron: «Por fin hablas claro y sin parábolas. Ahora conocemos que tú lo sabes todo y no hace falta hacerte preguntas. Por eso creemos que tú has salido de Dios»“ (Jn. 16,29-30).

Jesús sacudirá esa seguridad: “¿Ahora creen? Se acerca la hora, y ya ha llegado, en que ustedes se dispersarán cada uno por su lado y me dejarán solo” (Jn. 16,31-32).

Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes, y ¿todavía no me conocen?” (Jn. 14,9).

También nuestra fe está sometida a la ley del progreso.

Por eso la fe debe ser alimentada constantemente.

La fe se nutre de la Palabra de Dios: “Es tan grande la fuerza y el poder que hay en la Palabra de Dios, que es sustento y vigor de la Iglesia, firmeza de la fe para los hijos de la Iglesia, alimento del alma, fuente pura y permanente de vida espiritual” (DV 21).

La fe se nutre, también, con la oración, con la lectura espiritual, con la vida sacramental.

 

3.   Lo segundo que quiero trasmitirles es la necesidad de crecer en la fraternidad sacerdotal.

Precisamente este año trabajaremos el tema de la fraternidad. La Carta que escribí: “Todos ustedes son hermanos” se propone ayudar a vivir la fraternidad.

Frente a la fragmentación de la vida se hace cada vez más necesario sostenernos mutuamente en nuestra vocación, que ciertamente es muy exigente. Hace falta reforzar los lazos de la comunión, de la fraternidad. Tenemos que revalorizar los encuentros del Decanato, los retiros en Belén, los Ejercicios Espirituales anuales, la Semana de Formación.

La dificultad de vivir el celibato en una sociedad permisiva, es otra razón para acrecentar la fraternidad entre los sacerdotes.

Pero todas estas razones, aunque válidas, son exteriores con respecto al misterio de nuestra comunión presbiteral.

Al hablar de fraternidad sacerdotal, no se trata simplemente de tener buenas relaciones, de mutua comprensión, de una colaboración sincera en la tarea común. Se trata de un misterio de unidad que tiene sus raíces en la Santísima Trinidad. Se trata de hacer cada vez más real en nuestras vidas esa unidad sacramental de la que nos habla el Concilio.

Por eso debemos reflexionar sobre las raíces profundas de nuestra comunión que encontramos en el misterio que estamos celebrando en estos días, en este “hoy” a que hace referencia el Evangelio de la Misa, esto es, en el misterio pascual de la muerte y resurrección de Jesús, actualizado en cada Eucaristía.

En la medida en que penetremos cada vez más en este misterio pascual, consolidaremos nuestra comunión presbiteral.

La comunión presbiteral está fundada en el misterio pascual al cual nos introducimos mediante el bautismo. La Constitución sobre la Liturgia del Concilio Vaticano II dice: “Por el bautismo los hombres son injertados en el misterio pascual de Jesucristo: mueren con Él, son sepultados con Él y resucitan con Él, reciben el espíritu de hijos adoptivos, por el cual clamamos Abba, es decir, Padre (Rom. 8,15), y se convierten así en los verdaderos adoradores que busca el Padre” (SC 6).

Pero nuestra comunión presbiteral está fundamentada, también, en el sacramento del Orden, por el cual, como dice el Decreto Presbyterorum Ordinis del Concilio Vaticano II: “Los presbíteros, constituidos por la ordenación en el orden del presbiterado, están unidos todos entre sí por la íntima fraternidad sacramental, y forman un presbiterio  especial en la diócesis a cuyo servicio se consagran bajo el obispo propio. Porque, aunque se entreguen a diversas funciones, desempeñan con todo, un solo ministerio sacerdotal para los hombres” (PO 8).

La Eucaristía es la raíz de nuestra comunión presbiteral. Como dice la Constitución sobre la sagrada liturgia: “En esta obra tan grande por la que Dios es perfectamente glorificado y los hombres santificados, Cristo asocia siempre consigo a la Iglesia, su amadísima esposa,  que invoca a su Señor y por Él tributa culto al Padre Eterno” (SC 7).

Aquí encontramos la llave para comprender la verdadera naturaleza de nuestra comunión presbiteral: ser, de modo especial, asociados en Cristo para rendir, en Él y por Él, el culto a Dios. La alabanza a Dios, anticipo de la alabanza eterna, es el fin del ser de la Iglesia y esto es lo que da fuerza y alegría a nuestra fraternidad.

 

4.   Lo que venimos reflexionando se vive y se realiza no sólo en algunas circunstancias privilegiadas, sino “hoy”, en todo momento, aquí y ahora.

            “Este es el tiempo favorable, este es el día de la salvación” (2 Cor. 6,2). Estas palabras de San Pablo pueden considerarse como un eco apostólico de las palabras de Jesús con que comenzamos estas reflexiones: “Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír” (Lc. 4,21).

Hoy, no mañana, no cuando hayamos resuelto este o aquel problema, cuando hayamos realizado este o aquel cambio.

            Pienso que nuestra mayor dificultad no está en aceptar en abstracto el misterio del primado del Evangelio, sino en creer y estar convencidos que él actúa siempre, aquí y ahora, cualquiera sea el momento de oscuridad o de dificultades por las que estemos atravesando.

Si Dios permite que su Iglesia viva en medio de tantas pruebas y dificultades, estemos seguros que en el plan de salvación es para nuestro bien, para nuestra santificación, para que “se manifiesten”, como dice Jesús “las obras de Dios” (Jn. 9,3).

 

Queridos sacerdotes:

 Hemos intentado buscar el fundamento de nuestra unidad, de nuestra fraternidad, no en las contingencias presentes ni en las dificultades externas, sino en el misterio pascual y en la misma raíz de nuestro sacerdocio que se manifiesta y actualiza en cada Eucaristía.

Hoy le pedimos al Señor proteger y consolidar nuestra comunión presbiteral. Nuestra comunión en la fe, en los sacramentos, en la oración, en el servicio pastoral y en la amistad fraterna serán el sostén y el apoyo de nuestro ministerio.

Encomendemos estos deseos a la Santísima Virgen, la Madre del Señor y Madre de los sacerdotes.

Mons. Luis H. Villalba
Arzobispo de Tucumán

 

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