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PRIMERA PARTE:
NUESTRA HISTORIA

3 Una meditación profunda sobre la vida de nuestro pueblo nos conduce necesariamente a considerar el pasado, a auscultar con atención el presente y así vislumbrar el futuro y su destino.

Es una tarea difícil, que con frecuencia no llega a juicios ciertos y a evaluaciones claras del pasado. A veces sólo presenta interrogantes; pero también los interrogantes sirven para prevenirnos y orientarnos en la construcción del futuro.

I.- LA EPOCA Española

1.- Espíritu cristiano de nuestra cultura

4 Desde los orígenes de la Asamblea española, la Iglesia, con la predicación y el bautismo y los demás sacramentos, contribuyó a comunicar un espíritu cristiano y evangélico que penetró la raíz misma de la cultura en gestación. Cooperó así a humanizarla en la medida de las limitaciones de toda obra humana. Fue el aporte de la fe cristiana a la naciente cultura. La misma Iglesia estuvo entonces presente adoptando un modo de estrecha unión con el Estado español, que tuvo sus luces y sus sombras.

2.- Identidad y unidad cultural latinoamericanas

5 El espíritu cristiano que la Iglesia sembró en el momento que el elemento autóctono enfrentaba al llegado desde Europa, contribuyó a crear un dinamismo general de un nuevo tipo cultural y de una particular unidad espiritual a escala latinoamericana.

6 La Iglesia, en efecto, al predicar la fe e impartir el bautismo al indígena, reconocía su carácter racional y humano. Procediendo así, cultivaba en él la conciencia de la propia dignidad del hombre, hijo de Dios, e impulsaba al europeo al reconocimiento de esa dignidad. Por eso, la fe y el bautismo recibidos por la mayoría, fueron semilla de una básica conciencia de igualdad y de la posesión de derechos comunes al blanco y al indio.

Ello coadyuvó a fortalecer una tendencia integradora de culturas a través del mestizaje, que se manifiesta claramente en estos territorios desde los inicios de la conquista. Prácticamente en el término de un siglo nace una nueva cultura, fruto de la integración del indígena, el negro y por el conquistador hispano-lusitano que desemboca en un hondo e integrador mestizaje cultural.

7 Además de la nueva identidad cultural, que surge del encuentro de las razas, comienza a gestarse la integración de los pueblos americanos que se saben vinculados por una misma fe, una misma lengua, un idéntico estilo de vida que muestra valores y rasgos comunes, conservando sus particularidades regionales.

América, integrada políticamente a España, no fue una mera repetición cultural, ni de España ni de las culturas precolombinas. Nació y se formó un nuevo pueblo. Y así, en la conciencia de esta nueva y propia identidad, en la conciencia común y solidaria de una propia dignidad que se expresa en el espíritu de libertad, se preparó, ya desde entonces, el principio de la futura independencia.

8 A partir de estos inicios de la América hispana, en cuyo seno germinó nuestra Nación, se nos plantean grandes interrogantes e inquietantes alternativas: ¿Perseveraremos en partir de la base de un humanismo impregnado de espíritu cristiano? Y, ¿cómo mantener un espíritu cristiano abierto, acogedor y pluralista? ¿Continuaremos en la unidad cultural que nos marcó en los comienzos y recomenzaremos desde otro nacimiento? En todo caso ¿cómo ser fieles a nuestra identidad, sin dejar de asimilar creativamente l os valores que aportan otras culturas y la misma evolución de los tiempos? Y, ¿cómo abrirnos a lo universal sin caer en cómodas subordinaciones o en fáciles imitaciones?.

Del amplio ámbito de aquella unidad cultural surgieron la Nación argentina y otras Naciones hermanas. El pueblo argentino nace en el espacio fraterno de la solidaridad latinoamericana que no puede ser borrado de la memoria histórica.

3.- Instituciones y actitudes de la vida

9 El espíritu cristiano, si bien ha otorgado una íntima conciencia de la dignidad humana, de la igualdad de los hombres y de los pueblos entre sí, no ha llegado a expresarse plenamente en las instituciones y en las actitudes de la vida.

Es así como en esta primera época aparece lo ambiguo y lo contradictorio. Aun cuando una cultura arraiga en la fe, se desarrolla, sin embargo, como historia del bien y del mal, de la gracia y del pecado.

10 La condición política y fundamental en esta época está determinada por la conquista española. Es innegable que todo el espíritu cristiano de la España descubridora se vuelca generosamente en la evangelización de las nuevas tierras. Este espíritu cristiano aflora en todas las instituciones que lentamente se van creando, en las mismas leyes que surgen de una discusión que comprometía desde el principio la misma soberanía de la Corona. Quizá fuera importante reconsiderar desde nuestra perspectiva aquella lucha gigantesca por la libertad de pensamiento y de palabra en un momento en que los intereses del Estado aparecieron comprometidos por las ideas en pugna.

11 Es cierto, por otra parte, que aquellos buenos propósitos han sido contradichos en gran medida por los hechos. En efecto, en el mismo espacio y tiempo español, se produce un primer y gran cuestionamiento: se pregunta por el derecho a la conquista y se discute acerca de la capacidad de los pueblos amerindios, poniendo así la base del futuro derecho internacional, que reconoce la igualdad de todos los pueblos, el derecho de cada cultura a aportar libremente a la cultura universal, así como la negación de l derecho de un pueblo a dominar sobre otro. Pero al mismo tiempo se desbaratan las élites conductoras de los pueblos indígenas y se reconoce como justo el sistema de la encomienda, que por otra parte confía al indio encomendado al español como mano de obra, y al mismo tiempo preceptúa que se le trate humanamente y se lo instruya en la fe.

12 En estas primeras épocas se ejerce una política que ofrece amplios espacios de libertad y participación; éstos permitieron a los organismos intermedios hacer frente a los excesivos privilegios de los conquistadores y contrarrestar el abuso de poder de representantes de la misma Corona.

13 En Hispanoamérica, el problema social involucra un conflicto directo entre la teoría jurídica y la presión de los intereses creados; entre las buenas intenciones de la Corona y el espíritu de explotación que, a veces, aparece en la nueva sociedad colonial. Se reconoce al indio como persona, sin que se le permita el acceso a los estrados superiores de la sociedad.

Estas situaciones reales ni empalidecen ni quitan mérito a la misión desarrollada por la Iglesia, quien, a través de la acción social de la caridad y de la educación que le son propias, contribuye a formar todas las instituciones públicas. Desde el inicio influye eficazmente en las leyes de Indias, crea casi todo lo que existe en orden a la educación de la niñez y de la juventud de ambos sexos. Ampara al huérfano y al anciano, cuida a los enfermos y defiende al indio, al esclavo y al pobre.

14 También en estos primeros tiempos la Iglesia fue herida en sus fibras más íntimas. Entonces hubo momentos dolorosos, y de éstos no puede callarse la expulsión de los jesuitas. Los acontecimientos de este tipo, no sólo han ido contra la Iglesia, son golpes asestados al cuerpo mismo de la sociedad, en especial contra los hijos más pequeños y necesitados, con la consiguiente proyección negativa en todo el territorio.

15 Hispanoamérica, ligada a la economía española, pasa posteriormente a estar condicionada por el proceso industrial iniciado en otras Naciones. Tuvo cierta autonomía en materia económica que le permitió proveer a sus necesidades más elementales, pero quedó desamparada y sin los medios técnicos que le permitieran hacer frente al nuevo desarrollo industrial.

II.- LA ÉPOCA INDEPENDIENTE

1.- Nuevas circunstancias históricas

16 A partir de la independencia, nuestra Nación se encuentra abocada a nuevos cometidos. Mirando globalmente los acontecimientos, la Nación procura integrarse al moderno proceso occidental.

17 Esta voluntad de asimilarse al nuevo proceso se concretará en la necesidad de procurar una nueva estructura política y en la búsqueda de una nueva ubicación de Europa. Además, en otra vertiente, se nota el ensayo más radical de dar una nueva inspiración al propio ser y cultura nacionales.

En todos estos campos, la Nación se vio obligada a un discernimiento sumamente difícil. En ella, corrientes diversas se cuestionan recíprocamente, imponiendo la mayoría de las veces victorias unilaterales que en su momento imposibilitaron la reconciliación de los argentinos.

18 También la Iglesia se encontró enfrentada a nuevos problemas y obligada a discernirlos no sin dificultad.

19 A partir de los momentos iniciales de la emancipación, la Iglesia vio disminuir sensiblemente sus fuerzas evangelizadoras. Como causa de ello puede mencionarse: las dificultades de relación con la Santa Sede y la consiguiente falta de nombramientos de Obispos; la intromisión estatal en la vida y régimen en los conventos y seminarios; la actitud de personas consagradas que, a veces, dejando las tareas pastorales, se dedicaron por entero a la afirmación y organización política del nuevo Estado.

Sin embargo, el esfuerzo de la Santa Sede logrará, mediante la reconstrucción de la Jerarquía eclesiástica, salvar la unidad en la fe y la religiosidad del pueblo.

2.- Espíritu cristiano e identidad cultural

20 La preocupación de promover, por medio de la inmigración, el crecimiento demográfico del país, implicaba para algunos el deseo de cambiar su identidad cultural, subordinación a la ideología del mero progreso material y económico.

La Iglesia se inquieta frente al riesgo de sustituir la inspiración cristiana de la cultura por otras ideologías.

La inmigración que llega al país, preponderantemente de origen latino y católico, la afirmó en sus raíces más genuinas y permitió a los inmigrantes y a sus hijos una integración que llevará a éstos a contribuir activamente en la formación del país de los argentinos con todas las características que nos son propias. Pero tampoco se trataba de una unidad cultural monolítica y cerrada. El advenimiento de minorías provenientes de diversas culturas ayudó a incrementar un espíritu pluralista y de comprensión.

21 Obviamente, enfrenta nuevas y difíciles circunstancias, que la llevan a una mayor tolerancia religiosa, aun en situaciones que ciertamente no aprobó, como el caso de la unión civil para los católicos y la ley de enseñanza laica.

La Iglesia no verá en esto la concreción de una mera neutralidad confesional procurada por el Estado, ni una forma de encauzar un legítimo pluralismo religioso, sino la voluntad legalmente disimulada de impedir la inspiración cristiana de la cultura nacional.

22 El laicismo educativo procuró erróneamente desvincular la cultura impartida oficialmente de su raíz religiosa y de la tradición defendida y mantenida por muchos libertadores y próceres (San Martín, Belgrano, etc.). Al educar excluyendo positivamente a la religión, también a la religión natural, desarraiga a la cultura de toda opción religiosa, fundamento determinante de otras opciones. Y, lo que es peor aún, crea una división entre la cultura popular, que es religiosa, y la cultura pretendidamente neutra de la escuela oficial.

Los rasgos característicos de la ideología liberal fueron encarnados por muchos hombres de fines de siglo. Cuestionamos las consecuencias fácilmente presupuestas de su accionar, dado que muchos males que nos afectan hoy a los argentinos, encuentran su origen también en ese pensamiento.

23 A pesar de estos intentos, nuestro pueblo ha mantenido un espíritu y valores profundamente cristianos. La institución familiar se constituyó en la principal transmisora de la fe y de los valores evangélicos, pero la escasez de sacerdotes y religiosos no ha permitido un desarrollo más maduro y evolucionado de esa fe en el plano del conocimiento y la práctica de la religión; así aparece el problema de la ignorancia religiosa, que padecen muchos estratos de nuestra sociedad.

3.- Niveles político, social y económico

24 El ideal de emancipación alimentado por nuestro pueblo tiene su base en el espíritu cristiano. Teólogos españoles, como Victoria y Suarez, propusieron este ideal de libertad a todos los pueblos. Lo propuesto tiene su raíz en la filosofía escolástica, aunque luego se lo formulara con los conceptos de la modernidad.

Este ideal de libertad estuvo siempre e indefectiblemente sostenido por la presencia de la Iglesia en la tarea de organizar la República desde sus fundamentos. La misma Iglesia alentó a sus hijos sacerdotes y laicos en el labor de la organización política del país, y estuvo presente en el momento de proceder a la creación de las instituciones básicas de la nacionalidad. La Iglesia está unida a la Nación en un mismo ideal de libertad e independencia.

25 Este ideal ha significado muchas veces un proceso doloroso en el andar de la Iglesia junto a la Patria, y así la recia responsabilidad de Fray Mamerto Esquiú, a pesar de los reparos doctrinales que con respecto a la Constitución tenía, consiguió, con la eficacia de su palabra, la aceptación de nuestra Carta Magna en un momento difícil de la organización nacional.

Ante el espectro de nuestras luchas civiles, se impusieron la paz y la cordura, gracias al prestigio del virtuoso franciscano, que sería luego Obispo de Córdoba, y quien no dudo en hacer una opción por encima de todas las banderías políticas, sin más meta que el bien de la Nación, superando grandes males y consiguiendo el don inapreciable de la paz.

26 Inmediatamente se abre el auge y la consolidación del sistema ideológico liberal con sus múltiples contradicciones, con su desprotección del hombre frente al Estado, con los sistemas previsionales confiados a la buena voluntad y a la caridad de los particulares.

En este momento difícil de la historia de la Iglesia en la Argentina, ella no cesará de revitalizar, en la medida de sus posibilidades, las asociaciones intermedias, insistiendo en las libertades municipales y domésticas <4>, y alentando un renovado espíritu de caridad a través de las congregaciones religiosas, de los vicentinos, y del compromiso evangelizador por medio de laicos de destacada labor en la cátedra y el Parlamento, como Frías, Estrada y otros; y de iniciativas como los Círculos Católicos de Obreros y los congresos de católicos argentinos.

III.- LOS ÚLTIMOS TIEMPOS

1.- Factores positivos

27 En el período que va desde fines del siglo pasado hasta nuestro tiempo, se hace evidente la tensión constante entre el espíritu cristiano y el ideario laicista. Hay que reconocer que el mismo programa educativo que obstaculizó la transmisión de la tradición religiosa en los establecimientos escolares oficiales, llevó a la población a un grado de instrucción importante.

28 La época de la organización nacional dio una estructura material al país que le permitió avanzar durante muchos años en aspectos económicos. Este crecimiento fue también hecho posible por la fuerte corriente inmigratoria antes mencionada que, a su vez atraída por las condiciones del país, se integra a la vida y a la historia del mismo, realizando a la Nación un aporte de características verdaderamente relevantes. Ese aporte nos dará a los argentinos una fisonomía especial que, si bien nos distingue de los países que tienen una preponderante población de origen precolombino, no nos separa de ellos, porque por encima de todo nos une una misma fe, una idéntica historia y una lengua común.

29 El proceso histórico ahondará los valores políticos de orientación democrática y participativa, que quedan definitivamente incorporados a los rasgos de nuestra nacionalidad.

En una primera etapa se logró que en la mayoría de nuestro pueblo arraigará la voluntad de participar políticamente en los destinos de la Nación.

Con el correr de los tiempos, en distintas etapas y de maneras diferentes, se fue realizando una intensa incorporación de los trabajadores a la vida pública llevada a cabo con espíritu nacional.

La justicia social, enseñada por los Papas, se fue integrando al proyecto social de los argentinos y constituyó un valioso aporte para la difusión y profundización de estas tendencias en nuestro pueblo, desde el ya lejano 1891, en que León XIII publicaba la Encíclica Rerum Novarum.

Destacamos la presencia de la Iglesia, en cada uno de sus Obispos y sacerdotes dispuestos en las ciudades y en los campos inmensos, haciendo posible la presencia del Señor en el corazón de tantos argentinos. La vemos en los religiosos y religiosas, en los catequistas y en las familias, que entregan con generosidad sus vidas a la difusión del Reino de Dios, y en tantos laicos que actúan en los diversos campos del quehacer público y privado.

2- Factores negativos y problemas

30 Aquellos factores positivos, definitivamente incorporados a la Nación, no ocultan nuestras falencias, que han dificultado el afianzamiento y desarrollo de los principios citados en el corazón de las personas y de las instituciones.

El gran problema aún subsistente radica en que las características que reconocemos como propias no han sido traducidas adecuadamente por las estructuras políticas, económicas, sociales, educativas.

31 Desgraciadamente con frecuencia, cada sector ha exaltado los valores que presenta y los intereses que defiende, excluyendo los de otros grupos. Así, en nuestra historia se vuelve difícil el diálogo político.

Esta división, este desencuentro de los argentinos, ese no querer perdonarse mutuamente, hace difícil el reconocimiento de los errores propios y, por lo tanto, la reconciliación.

No podemos dividir el país, de una manera simplista, buenos y malos, justos y corruptos, patriotas y apátridas. No queremos negar que haya un gravísimo problema ético en la raíz de la crítica situación que vive el país, pero nos resistimos a plantearlo en los términos arriba recordados.

32 El Occidente, en la buena medida y desde hace tiempo, se apartó de la fe cristiana de sus mayores. Ese debilitamiento, amargo fruto de la filosofía europea de los siglos XVIII y XIX, provocó las ideologías que hoy se disputan el mundo. Coinciden en desconocer y rechazar a Dios, como fundamente necesario y último del orden moral y jurídico. Como consecuencia, se acentúo el culto de los nuevos ídolos, triste deformación de la religiosidad.

Algunos de éstos fueron denunciados por los Obispos reunidos en Puebla, como la riqueza y el poder cuando son transformados en valores absolutos <5>; y en general todo lo relativo que constituye en absoluto y se pospone los valores evangélicos que proceden de Jesucristo.

33 El mal de la violencia no es extraño a nuestra historia. Se hizo presente en diversas épocas políticas, pero nunca en forma tan destructora e inhumana como en éstos últimos años.

La violencia guerrillera enlutó a la Patria. Son demasiadas las heridas infligidas por ella y sus consecuencias aún perduran en el cuerpo de la Nación. Y así, como es dificultoso dar un diagnóstico de sus causas, no es menos difícil acertar con una verdadera terapia que cure sus efectos.

Resulta imprescindible el discernimiento sobre las fuentes que la alimentaron, tanto en orden interno como externo, para evitar su resurgimiento, con su consecuente caudal de muerte, atropello e injusticia.

Distorsiones ideológicas, principalmente las de origen marxista, desigualdades sociales, economías afligentes, atropellos a la dignidad humana, serán siempre, en cualquier parte del mundo, caldo de cultivo para extremismos, luchas y violencias.

También se debe discernir entre las injusticias de la lucha contra la guerrilla, y la de los métodos empleados en esa lucha.

La represión ilegítima también enlutó a la Patria. Si bien en caso de emergencia pueden verse restringidos los derechos humanos, éstos jamás caducan y es misión de la autoridad, reconociendo el fundamento de todo derecho, no escatimar esfuerzos para devolverles la plena vigencia.

No es confiado en que el tiempo trae el olvido y el remedio de los males como podemos pensar y realizar ya el destino y el futuro de nuestra patria.

34 Porque se hace urgente la reconciliación argentina, queremos afirmar que ella se edifica sólo sobre la verdad, la justicia y la libertad, impregnadas en la misericordia y en el amor.

35 Presupuesta la necesidad de la reconciliación de los argentinos, por lo menos como intención de los gobernantes y del pueblo, será necesario ponernos de acuerdo en aceptar un estado de derecho, que el país juró hace más de un siglo, dentro de una República federal y representativa.

Desde hace cincuenta años, casi no se ha logrado un gobierno constitucional estable. Muchos son los que investigan las causas de la inestabilidad institucional argentina. Algunos creen que la antinomia que separaba a federales de unitarios sigue vigente aún hoy. Otros, desconfiando de la democracia, pretenden que sólo gobiernos autocráticos ejercidos por una élite iluminada, por las Fuerzas Armadas, un líder o el proletariado, son la solución a la inestabilidad.

Lo que parece claro es que la Argentina sufre una crisis de autoridad, crisis del estado de derecho, porque no hay voluntad de someterse al imperio de la ley justa y de la autoridad legítimamente constituida, tal vez porque se ha desarraigado la autoridad de su origen último, que es Dios. Se ha olvidado que el acatamiento que se debe a la ley, obliga por igual a todos, a quienes poseen la fuerza política, económica, militar, social, como a los que nada poseen.

36 Se entiende que por ser la reconciliación obra de la caridad y también de la libertad, ésta debe restituirse en el pleno ejercicio de los derechos ciudadanos. Así, en el diálogo fecundo entre todos los sectores de la Patria, podrá encontrarse el modo de convivencia que respete nuestra cultura.

La reconciliación se fundamenta en la caridad y se ejercita en la libertad, pero sólo puede ser perdurable si se edifica sobre la justicia. La afectan ciertamente algunos problemas que en el presente acucian a nuestro pueblo, quien nos los trae a menudo a nosotros, sus pastores, haciéndonos partícipes de sus penas y preocupaciones.

37 Nos permitimos señalar algunos:

·         En el campo económico, aparecen las dificultades cada vez mayores que encuentra nuestro pueblo para satisfacer sus necesidades vitales, alimentación, vivienda digna, salud, educación.

·         Es preocupante el modo como se cuestionan, a veces mediante los medios de comunicación masivos, los valores más hondos de nuestra identidad cultural (familia, respeto a la vida, honestidad y responsabilidad en el trabajo, etc.).

Y de un modo especial, la situación angustiosa de los familiares de los desaparecidos, de la cual ya nos hicimos eco desde nuestro Documento de mayo de 1977, y cuya preocupación hoy reiteramos; así como también el problema de los que siguen detenidos sin proceso o de haber cumplido sus condenas, a disposición indefinida del Poder Ejecutivo Nacional. Esta mención no significa que olvidemos el valor de las víctimas del terrorismo y la subversión. A ellos llegue también nuestra palabra de consuelo y comprensión.

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